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JOSÉ
LUIS RIVERO CEBALLOS
Cecilio Urgoiti publica un libro sobre el poder

Se titule como
se titule, Cecilio Urgoiti ha escrito un libro sobre el poder relacionando
tres ámbitos que frecuentemente actúan cada uno de ellos por influencia de
los otros: el poder sobre la economía, la comunicación y la política. Y lo
refiere a un espacio temporal preciso, el siglo XXI, y a un sistema político
especial, el democrático. Así que las páginas que siguen están dedicadas a
reflexionar sobre el poder en los sistemas democráticos a principios del
siglo XXI. La tarea no es nada fácil porque hay que reflexionar limitados
por la inmediatez de los hechos, la opacidad de las relaciones de poder, la
multiplicidad de poderes, el sutil juego de las hegemonías de los grupos y
las ideas, la contundencia de los procesos electorales y las alternancias
políticas. Demasiados escenarios, muchos personajes, diferentes libretos,
públicos que son actores y actores que son público, en este teatro, porque
como dice el maravilloso bolero: la vida es puro teatro. Claro está que para
esta difícil tarea Cecilio Urgoiti ha contado con algunos aliados
intelectuales.
El primero y más importante es la radical libertad de pensamiento. Cuando se
emprende la tarea de reflexionar sobre los tres ámbitos claves de nuestra
época, hay que ser radicalmente libre y, por tal, entiendo la persona que se
enfrenta a la tarea intelectual dotado de un amplio bagaje de lecturas, pero
sin ataduras. Esto no es nada más y nada menos que un ejercicio de
responsabilidad, porque sólo desde la plena conciencia de que la cultura
heredada es un aliado fundamental para entender el presente y orientar el
futuro y desde el reconocimiento humilde de que toda ella es insuficiente,
podemos aspirar a crear procesos intelectuales para interpretar hechos
nuevos y sorprendentes, algunas veces felices y otras desgraciados. Así que
observarán ustedes en estas páginas referencias intelectuales múltiples,
unas explícitas y otras implícitas, que trasladadas desde sus referencias
temporales, sirven a la reflexión sobre nuestro mundo. De suerte que el
tiempo cronológico pasa a tener una importancia secundaria y el tiempo
lógico es el espacio en el que la reflexión se desarrolla. Permítanme pues
un primer sombrerazo para el autor por esta libertad suya para reflexionar y
escribir.
Mientras iba leyendo estas páginas, tenía la impresión de estar asistiendo a
una tertulia de ateneo. Por aquí va el razonamiento sobre el segundo aliado
intelectual del autor. Creo que Cecilio ha escrito un libro conversando con
varios cecilios. En realidad, ha hecho una tertulia culta con cecilios, la
ha escrito y ahora nos la ofrece para que también participemos. Esto le
concede una total libertad, al estilo ateneístico, para desarrollar ideas,
mezclar ámbitos distintos que vienen al pelo, cambiar de lo general a lo
concreto y volver a lo general cuando le da la real gana. Tanto es así, que
mientras iba leyendo, a cada paso, me entraban ansias de intervenir e
incluso de interrumpir, como si de una sobremesa se tratara, para acentuar
un aspecto tratado, ofrecer una visión complementaria o crítica, según el
caso. Así que les recomiendo que lo lean después de una buena comida,
fumando un puro como el dios del buen vivir manda y con un güisqui a la
altura de la ocasión. Por tanto, segundo motivo de sombrerazo.
El tratamiento de la mundialización, la comunicación y la política tiene
siempre presente una concepción holística. El autor nunca olvida las
interconexiones de los hechos y las ideas y la percepción del todo. Se trata
de que el mundo es uno y, sólo por la limitación de nuestra mente, lo
troceamos convencionalmente para poderlo estudiar. Así creamos modelos y
suponemos que aquello que deducimos es lo que ocurre y, en realidad, es como
si ocurriera. La teoría de la complejidad nos ha enseñado que debemos
integrar en nuestro razonamiento los hechos que ocurren aunque no sepamos
por qué ocurren. De ahí que nunca debemos perder de vista lo complejo, el
todo, cuando analizamos nuestra vida. El autor no pierde en ningún momento
la visión holística, el todo y lo complejo. Así pues, tercer sombrerazo para
el autor.
Estos son los tres maravillosos aliados de Cecilio Urgoiti. Permítanme ahora
algunas reflexiones en el ámbito de los tres términos que se contienen en el
título: mundialización, comunicación y política.
Es frecuente en los últimos años hacer referencia a un proceso complejo,
aparentemente novedoso, que se denomina globalización. Es un término de gran
éxito, todo el mundo lo ha aceptado inmediatamente como etiqueta que define
un contenido preciso y del que al invocarlo todos sabemos de qué estamos
hablándonos. Sin embargo, hay tantas definiciones como autores. Llegué a la
conclusión, siempre provisional claro, de que no vale la pena dedicar
esfuerzos al término globalización, simplemente debemos esperar a que pase
la moda. La segunda conclusión a la que llegué me la brindó Vázquez
Montalbán. Mi admirado autor repitió muchas veces que el mundo se dividía
ahora en globalizadores y globalizados. Perfecto. La aguda inteligencia de
Vázquez Montalbán me hizo ver un hueco en la defensa y por ahí me meto cada
vez que se habla de globalización dispuesto a conseguir gol o a que me hagan
penalti. A la globalización le ha salido un hijo no querido, la
mundialización. En realidad, los dos términos se refieren un proceso tan
antiguo como la vida misma. Se trata del proceso de expansión de los
sistemas a costa de otros. En economía a este proceso de expansión de las
relaciones de mercado en el mundo se le ha denominado “desarrollo del
capitalismo” y en algún tiempo “imperialismo”. Desde el siglo XVII, cuando
aparecieron las primeras empresas con capital fraccionado y responsabilidad
limitada, el capitalismo se ha ido extendiendo por el mundo y cada vez un
número mayor de personas organizan el doble proceso de producir y distribuir
de acuerdo con los principios de funcionamiento del mercado. Hay muchas
visiones sobre el cómo se realiza ese proceso de extensión del capitalismo.
Hay teorías que lo explican poniendo el acento en la saturación progresiva
de los mercados, en las ventajas del intercambio en la caída de la tasa de
ganancia a medida que la composición orgánica del capital se incrementa,
cuando existen ventajas absolutas y relativas entre los territorios, en la
necesidad de control de materias primas, en la búsqueda de salarios más
bajos… y así podríamos seguir recorriendo la extensa y compleja
bibliografía. No debemos olvidar que desde siempre los economistas se
preguntaron por qué unas regiones eran más ricas que otras y esta pregunta
conectó con las diferentes fases del desarrollo del capitalismo, ¿quién no
recuerda que la obra de Adam Smith, publicada en 1776, se titula
Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones?
Pero en la búsqueda de términos que no recuerden la carga ideológica de los
sistemas, el capitalismo ha perdido su nombre y el imperialismo también.
Este ha sido un cambio relevante. Ahora al capitalismo se le denomina
economía de mercado y al desarrollo del capitalismo se le designa como
globalización. Sea, no tengo problema alguno. Permítanme una broma. Estos
debates me recuerdan el comienzo de las fiestas de un pueblo del interior de
la provincia de Almería que consiste en que la gente se reúne en la plaza
frente al ayuntamiento y grita: ¡Queremos ser puerto de mar! El alcalde sale
al balcón y pregunta: Pueblo mío ¿qué queréis? El pueblo repite: ¡Queremos
ser puerto de mar! Y el alcalde entonces contesta: concedío. Y comienza la
fiesta. Así que si la gente quiere utilizar el término globalización, yo no
seré aguafiestas: concedío y a divertirse. Ya en serio, siempre es
conveniente estos asuntos apoyarlos con una opinión de autoridad, así que
les remito al último libro de John Kenneth Galbraith, La Economía del Fraude
Inocente.
Lo que interesa es que estamos en una nueva fase del desarrollo de la
economía de mercado o, si se quiere, de la extensión de la economía de
mercado en el mundo. No es cuestión de algunos años, esta fase se inició
antes de la crisis de principios de los setenta. Se combina el cambio de
paradigma de producción con la homogeneización de la política económica. Tal
y como Urgoiti señala, la política económica parece cada vez más uniforme y,
con razón, el autor se alarma ¿pero es esto cierto? La respuesta es
negativa: no existe el pensamiento único, ni en el análisis ni en el
pensamiento económico. En ningún momento como ahora ha sido más falso que
exista un pensamiento único en economía, dicho en la terminología de
Schumpeter, no existe una “situación clásica”, al menos desde principios de
los años setenta. El problema es que lo parece. Nunca hubo mayor cantidad
que ahora de desafectos ilustres entre los economistas académicos y no
académicos, pero parece que no existen, quizás porque muchos construyen su
discurso contra el pensamiento económico conservador, en lugar de construir
el pensamiento progresista. Tienen un público lector amplio, culto e
influyente, dominan medios de comunicación en los que el pensamiento
conservador ni aparece, pero su discurso está construido desde la
perspectiva de la contestación ¿Podemos ignorar la gran influencia de los
institucionalistas, los postkeynesianos, los nuevos keynesianos, los
marxistas, en fin, de las escuelas heterodoxas? ¿Qué es lo que ocurre
entonces, por qué la percepción de un pensamiento único?
La respuesta está en que si bien no existe análisis económico único, sí ha
existido un pensamiento económico hegemónico, esto es, una común visión de
cómo dirigir la política económica entre buena parte de las empresas
transnacionales y los políticos, tanto los conservadores como los
socialdemócratas. Pero, además, el pensamiento heterodoxo, eficaz en la
crítica al análisis conservador, se ha mostrado incapaz de formular un
conjunto de políticas que constituyan un programa creíble. Este pensamiento
hegemónico tiene su paradigma en el denominado consenso de Washington. Tal
paradigma, que ha orientado la política económica en el mundo desde hace más
de veinte años, se fundamenta en tres criterios fundamentales:
privatización, libertad de circulación de capitales y equilibrio
presupuestario. El consenso de Washington ha orientado la actuación de los
gobiernos y de las organizaciones internacionales, y las recetas han sido
aplicadas a todas las situaciones fueran las que fueran las enfermedades de
los países. Por esto la mayor parte son pacientes que empeoran: les dieron
las mismas medicinas y tenían enfermedades diferentes.
La segunda razón por la que percibimos el pensamiento único es que hemos
vivido en los últimos años, desde 1994 hasta el 2000, un ciclo expansivo en
la mayor parte de las economías desarrolladas. Se ha hecho famosa la frase
de Mr. Greenspan, responsable de la Reserva Federal de los Estados Unidos de
América, en la que calificó a este periodo como de “exuberancia irracional”.
Pero el estado de las cosas ha cambiado. Europa no crece a los ritmos de
antes, los Estados Unidos de América han forzado la máquina para provocar
crecimiento económico después del 21 de septiembre de 2001, pero es una
economía sobre la que planean los peligros de los déficits gemelos:
presupuestos y balanza comercial. Crecen, esto sí, países con alta capacidad
potencial como China y países de Asia, al menos, una buena noticia. España
sigue creciendo a un ritmo más que aceptable, creando empleo y manteniendo
mal que bien algunas conquistas del estado del bienestar. En América Latina,
países como Argentina, Venezuela y Brasil impulsan desde hace dos años un
nuevo consenso, denominado el consenso de Buenos Aires.
Cecilio Urgoiti analiza las contradicciones que se producen bajo la
apariencia de que nada se mueve sino lo que el pensamiento único quiere que
se mueva. La globalización o extensión de la economía de mercado implica
contradicciones y esta tienen respuestas, como hemos dicho, en el ámbito del
análisis, pero la percepción es que la economía de mercado ha conseguido
superar las contradicciones y que el análisis económico está unificado. Por
eso el autor dedica buena parte del libro a la comunicación. Incluso, tengo
la impresión, de que algunas veces se desespera, porque observa que el poder
consigue eficazmente difundir la percepción de que el orden actual es el
orden natural de las cosas. Es cierto que los medios de comunicación son
eficaces, pero también hay contradicciones. No nos engañemos. Es cierto que
Internet ha cambiado el espacio relacional y abre preguntas relevantes, como
también es cierto que la toma de decisiones en tiempo real que se produce
por la existencia de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación provoca cambios radicales en la sociedad mundial, como Manuel
Castell ha señalado, afirmando además que este es el cambio que justifica el
término globalización para distinguir la actual fase de la sociedad mundial.
La aceleración del progreso tecnológico es evidente y desarrolla cambios
rápidos en la vida de los ciudadanos. El Profesor Terceiro ha señalado en su
obra Socied@d Digit@l, “Estamos haciendo un viaje nocturno. Hemos dejado
atrás la ciudad analógica y avanzamos veloces en el automóvil de la
tecnología por el amanecer digital, camino de su luminosa y prometedora
mañana. Pero todavía no ha salido el sol, sería imprudente conducir con
luces de cruce. Debemos utilizar las largas y, aún así, si nos quedamos
dormidos, nos saldremos de la carretera. Pensar hoy en los ordenadores
solamente en términos de información es como pensar en el tren en términos
de carbón o en el barco en términos de vela. En el año 2000 el hombre
empezará a dejar de ser homo sapiens. Los antropólogos del año 3000 lo
clasificarán como homo digitalis.”
¿Qué consecuencias sociales podemos advertir derivadas de este proceso de
desarrollo de la ciencia y la técnica? La consecuencia más relevante es la
creación de un tercer entorno, en el que se desarrollan relaciones humanas
de todo tipo. Las características del tercer entorno han inducido al Dr.
Echevarría a detectar un neofeudalismo, liderado por los Señores del Aire.
Tales dramáticas consecuencias se derivan del siguiente análisis: hasta hace
bien poco tiempo el hombre se adaptó a un primer entorno "natural" y,
posteriormente, a un segundo entorno "urbano", pero, en las dos últimas
décadas, debe adaptarse a un tercer entorno caracterizado por la posibilidad
de relacionarse e interactuar a distancia.
Javier Echevarría señala algunas de las características relevantes del
tercer entorno:
a) Es transregional, es decir, desborda las fronteras
jurisdiccionales de los Estados-nación.
b) La noción de ciudadanía cambia. Cuando se dice "ser natural de"
estamos haciendo referencia a la relación básica del primer entorno, define
la pertenencia a un lugar geográfico. A esta primera relación se le puede
añadir la de "residir en", característica ésta que permite precisar y ser
sujeto de derechos y obligaciones en un lugar geográfico en el que el sujeto
ha nacido o reside, así que nos referimos al segundo entorno. Por tanto, en
estos dos primeros entornos la referencia territorial, si se quiere,
geográfica, es el requisito para ser sujeto de derechos y obligaciones.
Recordemos la polémica que en España se ha abierto en relación con la Ley de
Extranjería y la negación del reconocimiento de determinados derechos a las
personas que no residen en el Estado según la norma. En el tercer entorno,
sin embargo, el lugar de nacimiento o el de residencia son irrelevantes. En
este caso, lo importante es estar conectado a la red.
c) Este tercer entorno contiene formas nuevas de poder que carecen de
la referencia geográfica. El poder se manifiesta en la lucha por el control
de las redes, no por el control del territorio.
d) No parece fácil adaptar las estructuras jurídicas que garantizan
el ejercicio de los derechos y obligaciones al tercer entorno.
e) Es posible distinguir un vector democrático en este tercer
entorno, se trata de las comunidades virtuales de Internet o de las
asociaciones de usuarios que se han organizado en redes.
Pero las nuevas tecnologías al servicio de la comunicación no han apagado
los debates sobre las tecnologías de la información anteriores a esta última
oleada de innovación. El debate sobre la función de los medios de
comunicación sigue estando en el centro del debate sobre la democracia. El
autor escribe una hermosa reflexión dirigida a los periodistas y reflexiona
sobre el medio que conoce desde su larga experiencia, la televisión. Sus
opiniones son valientes. Lejos de cerrar filas, como cabría suponer por su
profesión, señala ordenadamente valores y vicios de la profesión y la
televisión. De nuevo en este apartado, Urgoiti es ecuánime y observa el
medio desde los fines, fines que están radicalmente comprometidos con la
democracia y la cultura. La lectura de estos capítulos es sumamente
sugerente. Especialmente llamo la atención sobre la reflexión sobre el
aporte cultural de la televisión a la cultura y su apuesta por la lectura.
En fin, la aportación al conocimiento de nuestro mundo que realiza Cecilio
Urgoiti es una extraordinaria fuente de debate, sugerente y libre. Es en
realidad una defensa de la cultura entendida como la capacidad de reflexión
de los seres humanos para entender este complejo mundo en el que vivimos. En
el caso del autor, esta reflexión se adorna con virtudes fundamentales pero
con frecuencia escasas en la sociedad: solidaridad, humildad, sencillez,
tolerancia, justicia, buena fe. Es bueno recordarlo porque incluso las
palabras virtud o virtuoso están desapareciendo de nuestro lenguaje
cotidiano. Pero una reflexión sobre esto requeriría un nuevo libro y otro
prólogo.
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