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JAIME GARCÍA GARCÍA


El acoso escolar y la falta de referentes de los adolescentes

“El juez prohíbe a una niña de Elche acercarse al alumno al que agredió en tres ocasiones”. “Un ex alumno arremete contra un profesor mientras otra alumna grababa la pelea con un teléfono móvil”. “El juez dicta otra orden de alejamiento contra una menor en Alicante”. “1.400 llamadas al Defensor de los Docentes en un año. El 31 por ciento de las llamadas corresponden a insultos o amenazas de los alumnos”.Esta es tan sólo una pequeña muestra de los muchos titulares que se han podido leer en las últimas semanas.  

El acoso, maltrato o bullying escolar es algo que lleva dándose desde hace mucho tiempo, pero la opinión pública no se ha hecho eco de ello hasta ahora. Como respuesta al problema, los sindicatos han pedido castigar con cárcel a quien agreda a un profesor.  

¿Se conseguirá así acabar con el problema? Yo creo que no. Hay que tratar de solucionar el problema desde la raíz, no desde la última consecuencia. Y el principal problema es la pérdida de autoridad de los padres. 

Durante muchos años, los sociólogos han considerado que la familia era la principal institución socializadora. Su misión es inculcar a los hijos valores cívicos y morales, pero no lo consiguen. Los progenitores han vivido una adolescencia con menos libertades y quieren dar a sus hijos todo lo que ellos no tuvieron. Han dejado de ser una referencia para los adolescentes. No encuentran el punto de equilibrio entre la imposición y el diálogo. Además, la familia ha experimentado importantes cambios en las últimas décadas. A la inestabilidad se le suman las nuevas formas de familia monoparentales o la entrada de la mujer al trabajo. Se ven incapaces de educar y delegan en los profesores. A su función básica: formar personas y profesionales, se le añaden las funciones propias de la familia.  

Pero la escuela no interesa a los chavales. Los chicos que protagonizan los casos de violencia coinciden en que no valoran el esfuerzo, el respeto; les da igual el fracaso y exigen derechos sin asumir obligaciones. Los profesores no consiguen inculcar los valores que tampoco han conseguido inculcar los padres. Los chicos carecen de referentes. Los padres y profesores han dejado de serlo. Tampoco lo es la religión. Los referentes son ellos mismos. El adolescente no tiene sentido sin el grupo. Para ser aceptado tienen que asumir el discurso de la mayoría. Quieren ser respetados, y eso lo consiguen a través de la violencia, con la intimidación.  

Los maltratadores suelen ser fracasados escolares que buscan ser respetados por su grupo de iguales. Maltratan a sus profesores, a sus compañeros, a los bedeles. Se divierten con el sufrimiento de los demás. Su manera de actuar se refuerza cuando no reciben ningún tipo de castigo por sus agresiones. Los expertos dicen que la intervención a la primera actuación puede parar el proceso. Pero el silencio de profesores y adultos los ampara. 

Ahora parece que se están empezando a poner medidas para evitar que este fenómeno avance. Se ha solicitado que las agresiones sean castigadas incluso con cárcel. Se quiere recuperar el orden y la disciplina, y se da apoyo psicológico tanto a profesores como alumnos. 

Pero no hay que olvidar que nos encontramos ante un problema mucho más profundo. Las nuevas generaciones crecen sin tener unos valores éticos sobre los cuales puedan cimentar su comportamiento.  

Mientras, la violencia forma parte de la vida cotidiana.29 noviembre 2006  

 


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