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ALFONSO DIEZ


Un año sin Mário Ventura


Mário Ventura interviene en las Jornadas de Ibiza, junto a los otros dos consejeros y el presidente de OPI, Antonio Velluto, Yuness Njaed y Alfonso Diez.
 

Con el programa de unas Jornadas sobre Periodismo en la mano, el Delegado Territorial de RTVE en Baleares me preguntó si el tal Mário Ventura que iba a participar en una de las mesas redondas a celebrar en Ibiza tenía algo que ver con el periodista portugués de la Revolución de los Claveles. Nada más escuchar “Sí, es él”, quiso saber cómo había logrado que viniera. Cuando le respondí: ”fácil, es amigo mío”, sólo acertó a comentar: “¡Eso sí que es nivel!”. 

Nada más cierto. Ahí estaban mis galones. Y es que ser amigo de Mário, para los periodistas y no periodistas españoles que observamos con envidia la Revolución de los Claveles, era y sigue siendo ostentar una condecoración de alto rango. 

El 25 de Abril lo vivió Mário en la cárcel de Casias, una de las prisiones más duras de Portugal que utilizaba la PIDE, la policía política lusa de la época, para encerrar a los prisioneros políticos. La Revolución se despistó con el asunto de las cárceles, y con sus presos, y no abrieron las puertas hasta el día 27, momentos después de que yo lograra llegar allí e incorporarme a la legión de periodistas que ya llevaban muchas horas viviendo todos esos acontecimientos.  

Prácticamente mi primer recuerdo, tras “Grandola Vila Morena”, fue la apertura de las puertas de esa cárcel y del primer preso político que las franqueaba recuperando la libertad; me arrime a él en cuanto pude y le saludé explicándole que era periodista. “Yo también, hola, soy Mário Ventura, periodista”. El abrazo que nos dimos a continuación selló una amistad que ha durado más de tres décadas. 

Cada convulsión que se produjo durante los años posteriores me llevó a Portugal a contar lo que pasaba para Radio Nacional de España. En otras ocasiones aterrizaba en Lisboa, de paso, para enterarme de lo que se cocía allí con la descolonización de sus territorios africanos; siempre, en todos los viajes, me encontraba con Mário Ventura dispuesto para hacer de bastón de ciego del latoso amigo español que le había caído en suerte. Nunca me falló y creo que nunca le fallé, aunque yo no podía hacer el mismo papel con él en España, porque sabía de todo lo que nos concernía más que yo y tenía más contactos y amigos de los que yo podía soñar. 

Durante unos años pararon las vicisitudes portuguesas. Mário siguió dedicándose a fundar y dirigir periódicos y a escribir algún libro. Yo anduve contando otras guerras que desgarraban al mundo, como lo desgarran hoy, dirigiendo programas de radio y de televisión, negociando con consejeros asesores de RTVE y escribiendo algún libro. Hablábamos de vez en cuando y nos veíamos poco, hasta que, de pronto, otro amigo me metió en la aventura de dirigir un festival de cine. Repasando una guía de festivales me llevé la gran sorpresa de descubrir que Mário también en eso se me había adelantado: dirigía el Festival de Cine de Troia. A partir de ahí renovamos la amistad con la frecuencia. 

No me falló, siguiendo su costumbre, y aguantó el tirón de formar parte del jurado de mi festival sin protestar y eso que ese encargo siempre es un latazo inaguantable. Me devolvió “el favor” unos años después, en Setúbal, en el suyo. 

Volvió al año siguiente y yo coloqué en mi agenda la cita de Festrioa en la posición más importante. Se convirtió en intocable. Todos los años acudíamos mi amigo del alma Valentín Álvarez (también se marchó de repente) y yo al reencuentro con el viejo amigo al que Valentín había concedido la misma antigüedad y afecto que yo le profesaba. Mário nos abrió la puerta a nuevos amigos, como Fernanda, su mujer, quien en los últimos años bailó con la dificultad de dirigir el Festival bajo la sombra protectora de Mário; este desenganche de lo ejecutivo, delegando en Fernanda, le permitió tener más tiempo para nosotros lo que agradecíamos sinceramente a la víctima, porque se agrandaba la ración de sabiduría adquirida a su lado que nos llevábamos de regreso a Madrid, y para seguir escribiendo sin parar hasta culminar donde correspondía su faceta de escritor. Magnífico escritor, todavía poco reconocido, lamentablemente, fuera de su tierra. Aunque todo se andará, porque los sueños de los grandes siempre se cumplen después de ellos. 

Mientras tanto nunca abandonó del todo el mundo del periodismo, al que nos sentimos tan atados los que lo llevamos dentro. Hasta incluso aceptó ser consejero de OPI, la organización de periodistas que edita este periódico, y que se abrió a la lengua portuguesa cuando él se incorporó. 

Mário Ventura murió hace un año. 

El póster que anuncia un libro de Mário, A revolta dos herdeiros, preside una pared de mi despacho. Y su recuerdo, junto al de Valentín, preside mi galería personal de los ausentes. 15 junio 2007  


Mário Ventura y Fernanda, en Troia, con Valentín Álvarez y Alfonso Diez, además de José Antonio Gurriarán y su mujer. La foto fue tomada por Tini Álvarez.
 

 


OPI

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