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CECILIO URGOITI


Los fundamentalismos
 

La diferencia entre el hombre al que le gusta soñar continuamente que es Napoleón y el hombre que se cree Napoleón es la diferencia que hay entre el soñador dichoso y el esquizofrénico desdichado.

Orhan Pamuks 

Escasas “terminologías” forjan más galimatías, que el concepto y significado de “fundamentalismo”, que se ha manifestado en los medios de comunicación y, asociado a los adjetivos “religioso” e “islámico”. Cuando la oigo o la formulo me aborda un aforismo que guardo, hace muchos años, “siempre creemos en aquello que queremos creer”. La capacidad expansiva del concepto lo ha vinculado a otros movimientos, como las reiteradas acusaciones realizadas al gobierno de la India, de ser “fundamentalista hindú” o libros sobre el “fundamentalismo judío”. En verdad, la palabra, de cuño intrínsecamente cristiana, milenarista y decimonónica, nació en las primeras décadas del siglo XX. Los orígenes del movimiento están en los milenaristas, evangelistas protestantes, que en el siglo XIX predicaban la llegada del milenio, o sea, los mil años de reino de Cristo. Pero el término saltó a la arena informativa, a través, de una serie de publicaciones, del movimiento, que entre 1910 y 1915, siempre en Estados Unidos, tomaron como título “Los Fundamentos”. Para este movimiento, cinco eran los “fundamentos” de la fe: 1) literalidad e infalibilidad de las Escrituras 2) concepción virginal 3) expiación a través de las obras 4) resurrección corporal 5) autenticidad de los milagros.  

El fundamentalismo se institucionalizó entre 1919 y 1920; contaba con fuerte apoyo y adherentes en altos círculos sociales y gubernamentales, y reaccionó de forma militante contra la modernización, tanto terrenal, como religiosa. El fundamentalismo encontró su detonante en la propagación de las ideas evolucionistas de Charles Darwin, que entraban en directo conflicto con la literalidad del Génesis. También reaccionó fuertemente contra el ateísmo de los pensadores y sindicalistas anarquistas, socialistas y comunistas. En la actualidad, el movimiento todavía cuenta con fuerte presencia en numerosos cuerpos eclesiásticos, instituciones educativas y organizaciones especialmente destinadas a difundir su fe. Cuenta con una nutrida “colonia de adherentes” en Estados Unidos, y como decía anteriormente, con los medios de comunicación, cada día soltando soflamas y llevando confusión, de tal forma, que cuando se habla de fundamentalismo, llegamos a la conclusión que los islamistas lo son y los demás no. Por tanto, hay fundamentalistas islamistas, hay fundamentalistas sionistas, los hay cristianos y lo son todos aquellos que afuera y dentro de las religiones, llevan sus ideales a los extremos y al absurdo.  

Fue a comienzos del siglo XX que surgieron distintos movimientos islámicos, como reacción a la modernización y occidentalización de su cultura, y también como resistencia a la dominación. La doctrina del retorno al esplendor y poder de la civilización islámica se confundió con la convicción de que el declive de ésta, había sido infundado en el abandono de las viejas costumbres. La tendencia restauradora minoritaria, fue la reformista o “evolucionista”. Conocida como salafiyya, que considera que la sharia, código normativo islámico, debe ser interpretada y adaptada de acuerdo a la coyuntura contemporánea, a través, del esfuerzo de interpretación. La tendencia mayoritaria, conocida como conservadora o “fundamentalista”, aboga por el retorno a las raíces del Islam y rechaza la interpretación de la sharia, normativa que debe aplicarse, según esta tendencia, de forma literal. 

Distintos grupos islamistas abogan por la creación de un estado islámico, si bien difieren tanto en las estructuras que deberían conformar el mismo, como también, en las estrategias para alcanzarlos. Hay grupos que abogan por la violencia y entienden, asimismo, que la sharia tiene que ser impuesta verticalmente, desde la cúspide del poder, a toda la sociedad. Hay otros que han entendido que es preciso esperar para que gradualmente la sociedad se islamice. Algunos grupos están abiertos al diálogo político, otros rechazan todo compromiso con los sistemas de los respectivos países. 

Una fuerza de doble arista, respecto a la secularización, es apreciable dentro de la religión judía. De hecho, la fundación del Estado de Israel fue amparada en una ideología secular, el sionismo, que viera origen en el siglo XIX y se cimentara en el libro de Teodoro Herzl, “El Estado Judío”. Al mismo tiempo, abogaba por un estado propio para los judíos, el sionismo procuró asimilarlos culturalmente a los europeos “gentiles”, es decir, aquellos que no participan de la fe judaica. Tanto en Israel como en las comunidades judías de la diáspora, existen grupos nacionalistas-religiosos y también los hay que consideran el Estado de Israel como una nueva desintegración, cuando no plena usurpación, y predican el quietismo, ya que la “verdadera” tierra de Israel será otorgada tras el advenimiento del Mesías. Junto a las Tablas de la Ley del Antiguo Testamento. El Talmud es el código sacro del cual buena parte de los fundamentalistas judíos desencajan las normas que rigen sus vidas. 

Un obstáculo indisputable, que si bien, algunos de estos grupos, en las tres religiones monoteístas, reivindican la literalidad de los textos sagrados, estas mismas, ya está marcada por la interpretación. Interpretaciones son, en sí mismas, las distintas traducciones que han hecho al protestantismo, que se escindió del catolicismo, reivindicando la libre interpretación y, también las de los mismos mulahs, que reivindican la literalidad del Corán, este sí, texto que no admite autoridad de traducciones. Si bien, dentro del fundamentalismo judío, hay puntualitas, los hay también, quienes han buscado un segundo significado a estos textos para justificar la colonización de Palestina. 

De todas maneras, se hace difícil, tratar de dar cuenta de un concepto que comparte rasgos en distintos lugares del mundo, en sentido amplio, el término fundamentalismo daría cuenta de una forma moderna de religión politizada a través, de la cual los “verdaderos creyentes” resisten la marginación de la religión en sus respectivas sociedades. Todas las variantes compartirían su resistencia, cuando no su declarada hostilidad, a la secularización, y buscan reestructurar las relaciones e instituciones sociales y culturales según los preceptos y normas tradicionales. Algunos buscan lidiar el secularismo a través de escuelas, medios de comunicación, universidades; otros se integran en la arena política y, otros abandonan la política convencional y el marco jurídico, y practican la violencia y la guerra religiosa para amedrentar o destituir gobiernos. 

Hay quienes diseñan una distinción entre “restauradores de la fe” y “fundamentalistas”; los primeros serían devotos pero “apolíticos”, y no pretenderían forzar la conversión de los demás; los segundos, serían aquellos que pretenden cambiar la conducta, tanto de aquellos que comparten su fe, como de aquellos que no la comparten. En este sentido, habría que entender que el “fundamentalismo genuino” es a la vez religioso y político; entiende que las circunstancias le exigen actuar políticamente, tal vez de forma violenta, a fin de cumplir con sus obligaciones religiosas. 

Si se lo toma, el fundamentalismo, como una medida de tendencia y conducta religioso-político aplicable a distintas culturas y, no como un conjunto específico de creencias, rituales o prácticas religiosas, se puede encontrar fundamentalistas en toda religión histórica, que tenga escrituras sagradas y cánones básicos. Los fundamentalismos de nueva corte, están sustentados en esos principios, variando muy poco, de los preliminares, nacidos en siglos anteriores. En este sentido, los fundamentalistas son “conservadores practicantes”. Para quienes el mundo, es un campo de batalla, entre el bien absoluto y el mal absoluto. Son guerreros, en espíritu y muchas veces en la sangre, que se oponen tanto a los no creyentes como a quienes dudan, dentro de su propia comunidad religiosa. Sin importar su procedencia, los distintos fundamentalismos estarían hermanados en el hecho de rechazar la sustitución de la divinidad, y la ley divina, por la razón humana y principios políticos seculares como base del orden social y legal. Si bien esta sustitución se dio en Occidente, no sin violencia, pero a partir de ideas occidentales, lo cierto es que en otras zonas, como en el mundo islámico, se dio a través de la colonización y el Imperio. Por ejemplo, los islamistas consideran que fueron extranjeros e infieles los que convirtieron a sus hermanos, hermanas e hijos a las costumbres “ateas”. 

También los vincula el hecho de considerar que sus respectivas religiones son superiores a las demás, su rechazo al pluralismo, y su pertinente convicción, en la superioridad de su fe. A sus ojos, el hecho de ser portadores de la “luz o revelación”, los intima a entablar un “combate cósmico”, contra el mal. Hay analistas que entienden que el marco donde debe ubicarse este combate es la mundialización: según esta visión, la globalización, que en buena medida implica la sumisión a los valores seculares de Occidente, conduce consigo, las simientes de la reacción. Esta reacción, contra el proceso global de secularización, sería la causa de una “reencarnación” que, en muchos casos, toma formas fundamentalistas.19 enero 2007  

 


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