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MOHAMED ABDELKEFI


Recuerdos de lucha
 

Nuestra generación, aquella que vivió en la segunda mitad del pasado siglo, el siglo 20, ha sido una generación de lucha, continua, ardua y sin tregua; una lucha noble con ideales, principios y objetivos claros y determinados; una lucha para conseguir derechos políticos y sociales naturales pero no reconocidos por los mandamás. 

Nuestra lucha era una continuación de movimientos de protesta y de reclamación contra los abusos que sufrían los pueblos por parte de los que llevaban las riendas de sus destinos. 

Era una época de prepotencia, de explotación de toda índole y de injusticias. Era el colonialismo por una parte y el dominio del más fuerte –política, económica o materialmente– que subyugaba al que, por cualquier razón, tuvo la mala suerte de someterse a su autoridad. Países enteros, para no decir continentes, estaban sometidos a la colonización, la explotación, la usurpación, la humillación y muchas veces a la pobreza por parte de la codicia y la ley del más fuerte. 

Ante tales abusos no había sitio para la resignación; había que luchar y se luchó, con decisión, determinación y con sacrificios que empezaban con la humillación y terminaban con la muerte, pasando por el encarcelamiento y la tortura. Pero nada pudo con la voluntad ni la determinación. Partidos políticos, sindicatos –a veces no reconocidos ni legalizados–, asociaciones profesionales y de juventud, agricultores, campesinos y urbanos se encontraron en protestas y manifestaciones desafiando la omnipotencia contraria, que no dudaba en usar las armas contra pacíficos desarmados. No era fácil; pero merecía la pena y lo satisfactorio es que aquellos sacrificios han dado sus frutos. Una rica cosecha que disfruta hoy toda la gente, sin darse cuenta ni pensar en aquellos que hicieron posibles tales realizaciones, que no son pocas. 

Solo como ejemplos cito aquí, sin orden ni cronología, unas pocas ventajas reconocidas y admitidas, por todos y por doquier, como derechos indiscutibles: la limitación de las horas de trabajo diario –máximo 8 horas– cuando antes se trabajaba de sol a sol; el descanso semanal; las vacaciones anuales; la baja, pagada, por enfermedad; la seguridad social; la jubilación a una determinada edad, sin olvidar otros derechos como la educación básica gratuita. 

Me viene todo esto a la memoria hoy –el uno de mayo, día del trabajador–, y sin darme cuenta me he encontrado comparando nuestra generación y su comportamiento con la actual. Y llama mi atención la pasividad y el desinterés de esta última. 

No soy de aquellos viejos –no digo mayores porque este comparativo se emplea fuera de lugar para evitar, no sé por qué, el adjetivo viejo–, no soy como digo de los que ven todo lo de su tiempo bueno o acertado y malo lo de estos tiempos. Pero la realidad y los acontecimientos que nos emergen, y la actitud de las juventudes en todo el mundo para con ellos, obligan a la comparación y la observación del poco interés de los jóvenes, por doquier, en lo que se comete, por todas partes, como injusticia, restricción de los derechos adquiridos, nuevas leyes de arbitrio, libertad de acciones policiales, encarcelamientos sin juicios, torturas y suma y sigue. 

Pensábamos que hubo una descolonización. ¡Pues no! O es que el colonialismo, con todos sus horrores, ha vuelto. Allí tenemos Afganistán, Iraq, Palestina, Chechenia, quizás Kosovo y otros países en vías de colonización

No hay que olvidar el neo-colonialismo, un colonialismo indirecto que es, sin lugar a dudas, peor que su antecesor. 

¿Qué hacen los jóvenes y los menos jóvenes delante de todo esto? Rivalizan en la adquisición de ciertas marcas de camisetas, zapatillas o hasta móviles. Machacan el anzuelo que les han echado para domesticarlos y para que vivan el día a día mirando para otro lado. 

¿Mientras? Que sufran los pueblos y abajo los derechos.1 mayo 2007   

 


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