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JAIME GARCÍA GARCÍA
Somalia está situado en el Cuerno de África, al este del continente más pobre del planeta. Es un territorio que carece de Estado. Desde el derrumbamiento del régimen de Siad Barre en 1991, hay un vacío de poder que ha sido tratado de llenar mediante numerosos conflictos. El Gobierno Federal de Transición (GFT) apenas goza de legitimidad entre la mayor parte de la población somalí. Las regiones de Somaliland y Puntland se han autoproclamado independientes y gran parte del territorio somalí está controlado por las milicias de los distintos clanes enfrentados entre sí. CÓMO EMPEZÓ En 1960, tras la retirada de Italia y Gran Bretaña, Somalia obtenía la independencia e intentó crear una democracia multipartidista. Sin embargo, en 1969 Siad Barre instauró un régimen militar que se alargó hasta 1991. Implantó el llamado Socialismo Científico basado en un régimen de partido único, la supresión del clanismo y la militarización del régimen que, con el apoyo soviético, consiguió formar uno de los principales ejércitos del continente africano con una clara voluntad expansionista. En 1977 tuvo lugar la guerra del Ogadén. El ejército somalí invadía la región etíope fronteriza entre ambos países. El resultado fue una severa derrota de las fuerzas somalíes que contó cerca de 25000 víctimas, y el inicio de una oposición interna al régimen. Estos enfrentamientos provocaron que unos dos millones de refugiados, somalíes aunque ciudadanos de Etiopía, se desplazaran en 1981 a Somalia. 1988 es el año en el que los movimientos de liberación de base clánica iniciaron un conflicto interno que desembocaría en el derrocamiento del gobierno de Siad Barre en 1991. Se iniciaba entonces un período de anarquía que llega hasta nuestros días. Los enfrentamientos armados entre los distintos clanes no han hecho más que repetirse y ninguno de los dieciséis intentos de negociaciones de paz han conseguido dar una solución definitiva al conflicto. SITUACIÓN ACTUAL Ahora, los principales enfrentamientos se dan entre las fuerzas armadas del Gobierno Federal de Transición (apoyado por el ejército etíope) y las milicias de la Unión de Tribunales Islámicos (UTI), opuestos a la intervención de tropas extranjeras. En el primer trimestre del año se produjeron los peores enfrentamientos de los últimos dieciséis años entre el GFT y la UTI, que han causado más de 1600 víctimas mortales desde febrero. La comunidad internacional, lejos de propiciar acuerdos de paz, fue quien inició esta nueva escalada de violencia. Esta guerra se inició tras una propuesta de los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que teme que Somalia se convierta en un refugio para la organización terrorista Al Qaeda, y por ello apoyó la intervención del ejército etíope para salvaguardar al Gobierno y evitar que las milicias islámicas tomasen el control de todo el país. Después de que el GFT ganara terreno en un país sobre el que apenas tiene legitimidad puesto que cada vez más es visto como un representante de Etiopía, la comunidad internacional ha obligado al gobierno de transición a convocar una conferencia de reconciliación que fue pospuesta en dos ocasiones. Finalmente se celebró entre el 15 de julio y el 30 de agosto, y estuvo marcada por la ausencia de representantes de los tribunales islámicos y del clan Hawiye. Este proceso debía estar encaminado a lograr un gobierno de unidad nacional que incluyera a líderes de las áreas que apoyaban a los tribunales islámicos, pero la ausencia de estos ha provocado una nueva oportunidad perdida. BALANCE El resultado de este interminable conflicto es que el país tiene algunos de los peores índices sanitarios del mundo. Médicos sin fronteras denuncia que la esperanza de vida es de 47 años y que más de una cuarta parte de la población infantil muere antes de cumplir los cinco años. La malnutrición entre los menores de cinco años es del 26 por ciento. Las sucesivas guerras se han llevado por delante la vida de centenares de miles de personas, mientras que los cerca de 400.000 desplazados internos de larga duración son albergados en penosas condiciones. Amnistía Internacional denuncia que el acceso de las organizaciones humanitarias se ve dificultado por la inseguridad y las amenazas contra el personal. En una
superficie total superior a la de países como España o Francia tiene una
población de tan sólo 8,2 millones de habitantes. Además de sufrir
numerosos conflictos bélicos, el pueblo somalí ha visto como numerosos
desastres naturales han dificultado aún más si cabe las condiciones de
vida de los habitantes.
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