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CECILIO URGOITI
Vendrán, somos
un país de acogida
El Estado debe hacer saber clara y firmemente lo que espera de las nuevas poblaciones y los inmigrantes deben asumir que cumplir con sus deberes es la condición sine qua non de la integración y la única vía de acceso a la ciudadanía. La inmigración es un contrato.
Sami Naïr
En ningún tiempo se había escrito, hablado, informado, comentado o discutido tanto de la inmigración. Se ha expuesto y desarrollado de tantas formas que resulta complejo embozar argumentos para una conclusión que pueda aspirar a definitiva. Cuando no se calcula el número de llegadas se calcula el número de repatriaciones, cuando no son los informes de especialistas de toda índole social, los que nos invaden con abultados tomos. Después de los años 80 la intensidad de la información se ha elevado a tal magnitud que los titulares de los Medios de Comunicación siempre tienen que ver con las migraciones o sus consecuencias. Los últimos años las inmigraciones clandestinas se han acercado a muestro país, es por eso que ahora sean nuestros Medios los que se ocupen del fenómeno.
Con tal motivo son también muchos los artículos, tesis, discursos, películas, documentales o reportajes, sobre la inmigración o sobre los extranjeros. Pienso que tanto esfuerzo se ha podido generar como consecuencia de la obsesión y los miedos, que las inmigraciones produce en las sociedades de acogida, más que el propio fenómeno de la llegada de estos buscadores del bienestar. Bienestar este, que se ha ido produciendo como consecuencia, entre otras, de las diferencias acaecidas y provocadas por los países ricos al ir mermando de riqueza a los países pobres. El número de inmigrantes de hoy no es mayor que el de ayer. Lo que si ha ocurrido es que ha aumentado en los nuevos países de acogida (España, Italia, Portugal o Grecia), países estos ahora de acogida, ayer sus sociedades autenticas poblaciones de emigrantes en el exterior y también en el interior, más concretamente migraciones del sur al norte.
Como primordial solución, es esencial distinguir claramente entre las migraciones de repoblación, que deben ser ordenadas, organizadas en contingentes, dado su impacto sobre los equilibrios demográficos, políticos y sociales y, sobre todo deben estar condicionadas por una obligación de asimilación. Y las migraciones temporales, que entre país de acogida y país de origen tendrán que valorar positivamente, animar y favorecer. Los países de acogida siempre trataran de alejar del arraigo a las corrientes migratorias. Aprovecharán esas corrientes en uso propio, teniendo mano de obra más barata, ingresos en las arcas de su Hacienda o en su Seguridad Social. Asimismo, tanto los inmigrantes de repoblación como los temporales, son gente joven y cada vez con mayor nivel de conocimientos y formación, lo que hace que ocupe empleos de más alta responsabilidad. Por otro lado, se suele tener en cuenta por los países de acogida, los estudiantes extranjeros, pues su formación ha corrido a cargo de estas personas o de sus países, con lo que su coste como trabajador es más barato que el mismo oriundo, ya que sus estudios ha sido costeado, por estos, en ese país de acogida u otro. Cuando la inmigración no esta debidamente ordenada no suelen existir convenios entre las Seguridades Sociales, de tal forma que si el inmigrante se convierte en retornado pierde sus cotizaciones. La picaresca aflora por todos lados y de cualquier manera.
Para que los sistemas de integración, en los países de acogida, de los inmigrantes de repoblación y sus descendientes no formen parte de las listas del paro o entren en los índices de pobreza, tendrá, anticipadamente, que reconocerse el carácter sistemático de sus desplazamientos transfronterizos , y de manera muy especial a los no autorizados (llamados comúnmente, sin papeles, indocumentados, clandestinos, espaldas mojadas...). Uno de los delicados temas a tratar con el fin de ayudar a dicha superación son las políticas de seguridad en las fronteras, aplicadas cada vez con tendencia a “criminalizar” a los inmigrantes, definiendo sus desplazamientos como un “mal” que hay que erradicar.
La política europea en materia de inmigración es lánguida y totalmente defraudarte. Bien es verdad que es reflejo de los intereses de los Estados miembros y su voraz política económica y mundializadora, así como su negativa a aplicar políticas poblacionales en consonancia con los flujos migratorios. El fracaso es patente en todos los ámbitos: tanto si analizamos su política de gestión de fronteras, como si lo hacemos en la gestión de los “Centros de Acogida” o “Campos de Extranjeros” como gusta llamar la UE a estos centros. Tampoco es buena la reagrupación familiar dentro de la UE, la de visados, sin posibilidad del retorno una vez quedas en paro y abandonas la Europa comunitaria en espera de tiempos mejores. Tampoco hay una política clara en materia de integración cultural, y mucho menos en inmigración laboral. La tendencia que hoy persigue la UE, es una clara inclinación a unirse a las políticas más represivas de los Estados más conservadores. Hay una forma sutil de hacer la “vista gorda” al respeto de los derechos humanos y a sus violaciones. La política sobre las migraciones en la Unión Europea está por venir, es indispensable y necesaria para un funcionamiento vital y dinámico, no ya solo de los mercados comerciales sino de su expansión natural al Mediterráneo.
“Occidente” no puede ignorar los derechos fundamentales de sus refugiados, de sus peticionarios de asilo o de los inmigrantes, ya sean clandestinos o no. Lo que no se puede hacer es desviar a terceros países (Marruecos, Libia) flujos de refugiados amparados en la “ayuda al desarrollo”, convirtiendo a esos terceros países en custodios y guardianes de estas criaturas. Seria mucho más aceptable que se hiciera dentro de los Estados Desarrollados, Centros sometidos a vigilancia internacional y, mientras esto ocurre, exigir la aplicación de la Conversión de Ginebra a esos Estados de dudosa democracia o carentes de ella. La “cara amable” para la recepción de estas personas deben tener la formación adecuada a las circunstancias y ser conocedores de todas, y cada una, de las garantías jurídicas, que el Derecho Internacional proporciona en esta materia. La implicación de la ONU y La Comisión de Derechos Humanos serán los garantes para el control de la legalidad, tanto de las detenciones como de las expulsiones, si las hubiera. Aunque no se pueda suprimir la miseria de un plumazo lo que si debemos es velas por el estricto cumplimiento de los Derechos Humanos.
Al amparo de la globalización ha ido perfilándose una cultura que, engañosamente internacional, responde, sin embargo a una clara matriz “Occidental” y se manifiesta a través de un hecho palpablemente ostensible. En casi todos los rincones del planeta se manejan las mismas informaciones, se ven las mismas películas, se conducen los mismos automóviles y se anuncian los mismos productos. El desarrollo de esa “cultura internacional” se halla estrechamente relacionado con las nuevas tecnologías de la información cuyo control cae sobre los ejes arraigados con el poder.
Los procesos de globalización de la cultura no son nuevos, la expansión de las grandes religiones y el asentamiento de los imperios coloniales llevaron aparejados otras tantas oleadas de globalización de cuños culturales. En más de un sentido, la gestación de los estados nacionales supuso un freno en los esfuerzos de globalización cultural, contrarrestado, eso sí, por la fusión operada entre alguno de esos estados y las lógicas coloniales de las que hablamos. El resultado fue un nuevo impulso de globalización cultural que tuvo como núcleo el mundo occidental y que hizo que las ideologías, casi siempre diversas, que habían cobrado cuerpo en aquel se extendieran por todo el planeta.
La globalización multiplica, las posibilidades de manifestación y expansión de las culturas y obliga a estas a adaptarse a escenarios dispares. En un sentido distinto, la globalización provoca una reacción desde las culturas locales (glocalización) que no deja de tener una dimensión lozana. En último término, y destacando algunos de los efectos más benefactores de la globalización mediática, puede producir fórmulas de hibridación entre culturas.
Pese a lo anterior, son muchos y graves los inconvenientes para la mayoría de los legados culturales de los estados tradicionales o como hoy les conocemos. Aunque no faltan elementos de positivo mestizaje, estos son circunstanciales en comparación con un flujo general en que se imponen las formas culturales propias de los “dueños del poder”.
El hecho de que algunos autores hayan subrayado que “no existen cimientos en los que asentar una cultura que merezca el adjetivo de global” ha venido a justificar que el papel correspondiente sea asumido por una cultura “nacional” como, al fin y al cabo, es la de los países occidentales, y ello en virtud de un proceso que no se asienta sobre la unión y el mestizaje, si no sobre la imposición. Los procesos de mundialización, han acabado con lo que hasta hace bien poco era una regla universal, la cultura había precedido siempre al mercado.
Al respecto del papel que corresponde a los medios en la articulación de la globalización neoliberal, señalaremos una de las estimaciones más significativas, en los países industrializados, sólo el trabajo exige de la población más tiempo que el que reclama el consumo mediático.
Los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo en la articulación ideológica de la globalización neoliberal. El modelo correspondiente, se impone no tanto por la coherencia de su lógica interna o por la brillantez de sus resultados sino por las presiones de grupos interesados que podemos agrupar bajo la conveniente etiqueta de “capital financiero internacional.” Los medios desarrollan al respecto una misión vital en la promoción de las virtudes del mercado y en la venta de sus productos.
No deja de ser paradójico que el desarrollo de nuevas tecnologías en el terreno de la comunicación haya llevado aparejado un formidable recorte en la pluralidad de los mensajes transmitidos por los medios. A ello no es ajena la creación de auténticos emporios. Los efectos de ese proceso de concentración se aprecian de forma sencilla en el hecho de que en poco tiempo se han reducido a trescientos los periódicos independientes existentes en EEUU. Aparte, los magnates de la prensa o de la televisión ya no son personas que han crecido en el ámbito del periodismo o de los medios de comunicación; son, más bien, hombres de negocios cuya voluntad de servicio público es la mayoría de las veces nula.
El principal resultado de todo lo anterior adopta la forma de graves distensiones en la descripción de lo que realmente ocurre en el planeta, inevitable consecuencia de la realidad afirmada por Madeleine Albright cuando era embajadora de Estados Unidos en la Naciones Unidas: “La CNN es el sexto miembro permanente del Consejo de Seguridad”. Frase que nunca me pasó por alto y que me ha llevado a pensar en la opinión que los políticos y los gobiernos tienen de los Medios de Comunicación.
Los medios de comunicación desempeñan funciones decisivas en el ocultamiento del caos general y de la desorganización que, pese al optimismo que impregna la tesis de Fukuyama sobre el presunto “fin de la historia”, impregnan al orden liberal. También tienen mucho que ver los medios de comunicación con la aniquilación de los sueños colectivos en provecho de una invitación al consumo y de la repetición de mensajes instalados en el juego del “pensamiento único”.
Aquí resaltare un pensamiento alegado anteriormente: “la existencia de una sociedad dividida en muchas subculturas como la nuestra, caracterizada, además, por el pluralismo cultural popular, sugiere que los medios de comunicación no son tan poderosos como creyeron alguna vez los teóricos de las comunicaciones. Por el contrario, los medios sólo reflejan los cambios que van ocurriendo en la sociedad en un momento dado. Pueden agregar impulso y acelerar las cosas, pueden incrementar el conocimiento y mostrar cosas que a muchos no nos gustan, pero nunca tendrán la capacidad de “uniformarnos”... Cuando hablamos de uniformar nos referimos a igualar y, por resultante, el hombre tiene la suficiente capacidad de raciocinio para discernir en que medida un medio influye en él”.
Los mensajes que hoy lanzan los Medios de Comunicación de Masas sobre las migraciones o de cualquier otro asunto de su propio interés, ya sean ventas o compras, ya, derrocar un presidente o sustituirlo por otro..., no debe hacernos olvidar que, “somos víctimas de constantes influencias, pruebas, con un solo objetivo: la acción de controlar los deseos de las personas para obtener de algún modo remuneraciones económicas. Porque no olvidemos que todos estos medios masivos de comunicación son empresas y deben funcionar como tales. Pero tampoco podemos poner en duda que las grandes multinacionales son las propietarias de esos medios, con lo que pueden influir decisivamente en su propio favor. Lo que de verdad me ha preocupado es que los Medios Públicos han entrado en ese engranaje y ya son los políticos elegidos los que tratan de influir sobre nuestras decisiones. Tratar de impedirlo está en nuestras manos y, para ello, hemos de exigir la compatibilidad de la libertad, la igualdad, el pluralismo y el individualismo”.
Volviendo a la inmigración, uno de los objetivos de este estudio. No podemos pasar por alto que la integración afecta a los ámbitos políticos, culturales, sociales y confesionales. Sin embargo, para que se pueda llevar a cabo una identificación con la sociedad anfitriona la condición étnica no puede jugar un papel diferenciador en ninguna sociedad democrática, aquí si hay que exigirle a los Medios de Comunicación su rol vertebrador de la comunidad, y de forma muy enérgica a los de titularidad pública. Si nos basamos, que hoy más que nunca, por definición, la sociedad es multiétnica. Esto, que a lo largo del siglo XX y de un modo continuo, ha ido ocurriendo hasta hoy, ha sido lo que sin proponérnoslo nos ha llevado a la mundialización. Así, o mejor dicho, visto así, no podemos caer en el error que el perfil multiétnico de las sociedades avanzadas es equivalente a la pluriculturalidad, con lo que una condición no implica a la otra. La percepción que tiene la sociedad de sí misma, es homogénea con los vecinos cercanos que le rodean, sin mirar más allá de sus movimientos concéntricos en los que se desenvuelve. Las grandes sociedades, de las actuales urbes, son multisociedades donde cada barrio es un núcleo cerrado de étnicismo y cultura diferente pero compacta en su conjunto. Aquí es donde los mecanismos históricos y, más aún, societarios, se relacionan con la formación de identidades culturales que ocupan los territorios comunes o contiguos. Cada comunidad va hacer que prevalezcan sus costumbres culturales e imponer su modelo cultural, no solo sobre el resto de las culturas, sino sobre las demás situaciones étnicas. El logro a conseguir, difícil por supuesto, ha de ser transformar a la sociedad de tal forma que se logre aunar las culturas de diferencia étnica y que esa tendencia mantenga un pluriculturalismo homogéneo y perdurable. No debe ser esto un pretexto para la no aceptación de un extranjero o inmigrante, ni mucho menos para su integración.
Miremos hacia las economías de los Estados emisores de migraciones, y veremos, por ejemplo, que en el Informe del año 2000, el FMI calculó las remesas de los inmigrantes en más de 100.000 millones de dólares equivalente al Producto Interior Bruto (PIB) de Portugal (lo de Portugal lo digo yo). Del mismo informe se desprende que las remesas de los inmigrantes, de los países pobres son superiores a las ayudas al desarrollo que reciben de organizaciones como la UE. Otro punto de vista a tener en cuenta es el de los estudios de la Escuela de Chicago, donde manifiestan: “que cada dólar que transfieren los emigrantes mexicanos integrados en EE UU equivale a tres dólares del Producto Nacional Bruto (terminología que utiliza este Organismo) de su país”. Estos apuntes nos deben hacer pensar y mucho en la titánica diferencia entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste.
Los flujos migratorios seguirán buscando rutas y caminaran hacia los lugares donde la vida les sea más fácil encontrar el sustento diario, no ya de ellos sino de los suyos, este ha de ser su objetivo; el nuestro ha de ser proporcionarles las vías de acercamiento a la ciudadanía que, como en todo “contrato”, son los derechos y los deberes que nos obligamos mutuamente. Vendrán y vendrán muchos, pero son necesarios, y esto me incumbe subrayarlo. Me quedaría el muy dudoso desconsuelo de haber culminado un estrambótico y baladí trabajo, sino repito que “vendrán”.
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