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JAIME GARCÍA GARCÍA


La desaparición de los límites morales
 

La publicación del libro de la mujer del juez Bermúdez, La soledad del juzgador y el asesinato de una mujer rusa a manos de su ex pareja tras pasar por un programa de televisión son dos temas que han provocado debate entre la opinión pública durante los últimos días.  

En el primer caso, Elisa Beni, mujer de Gómez Bermúdez, ha aprovechado su condición para elaborar un documento que parte de las confesiones de su marido. Argumenta que como periodista era una oportunidad que no podía dejar pasar, pero lo cierto es que la publicación del libro ha suscitado críticas de algunas personas cuyas conversaciones con el juez Bermúdez aparecen reproducidas en el escrito. La presidenta de la Asociación de Víctimas del 11-M, ha llegado a denunciar que ciertos datos que revela la autora ponen en peligro su integridad física.

La cuestión de Svetlana se sitúa dentro de la lamentable lacra de la violencia machista, pero presenta una novedad en relación con los demás casos que azotan la sociedad española día sí y día también. El presunto asesino había acudido días antes a un programa de televisión para pedir perdón a quien después mataría. La víctima acudía al programa engañada y maldita la gracia que le haría encontrarse con semejante sorpresa.

Parecen casos muy distintos, pero ambos tienen en común el concurrido tema de la libertad de expresión y sus límites éticos. Los límites morales hacen referencia a la conciencia y a la calidad ética. Cuanto más desarrollada se encuentra la sensibilidad moral de una persona, más se retrae de ofender a los demás. Eso es algo que no parecen tener Elisa Beni, ni los responsables de Antena 3. En ambos se pone de manifiesto el oportunismo y la codicia que arrastran.

¿Qué sentido tiene un libro sobre el lado más personal de Gómez Bermúdez? Para una vez que nos habíamos puesto todos de acuerdo en que habíamos hecho las cosas bien, y nos las dábamos de listos frente a Estados Unidos, por ejemplo, por la madurez mostrada ante aquel terrible atentado y cómo se ha conseguido procesar a los responsables en contraposición a su manera de actuar después del 11-S, volvemos a la realidad: llega Beni y por interés meramente económico, afán de notoriedad tal vez, o simplemente imprudencia nos deja bien clarito que en España las cosas no se pueden hacer bien. Suponemos que sí contaba con el consentimiento de su marido para publicar dichas memorias (es otro tema, pero deberíamos plantearnos qué tipo de libros que llegan a las librerías. Ya no nos sorprendemos con estas publicaciones, acostumbrados como estamos a que las interesantísimas e intensas biografías de deportistas de 18 años se vendan más que la última novela de Javier Marías), desde luego de quien no lo tenía era del resto de personas citadas en ellas. No es lícito que Elisa Beni se escude en la libertad de expresión y el interés periodístico para invadir la vida privada de terceros. Desde luego, Beni ha demostrado tener una laxitud moral al alcance de muy pocos.

La misma que demuestran tener los responsables de las cadenas de televisión al mantener en antena programas que hacen daño a la vista y que ayudan a crear una sociedad cada vez más idiotizada. El diario de Patricia es uno de ellos. Ahora es noticia por el lamentable suceso que ocurrió después de la emisión de uno de sus programas, pero lo de llevar a un invitado al programa engañado para darle una “sorpresa” es algo que llevan haciendo mucho tiempo. Se permiten el lujo de poner contra las cuerdas a una persona delante de los más de dos millones de personas que siguen el programa por mero interés económico. Cuanto más morbosa sea la situación planteada, más posibilidades tienen de conseguir audiencia (así somos) y, por lo tanto, de obtener mayores beneficios derivados de la publicidad. En este caso, la libertad de expresión se escuda en el espectáculo televisivo (“es que la audiencia es lo que quiere ver”). Qué más da que obliguen a una persona a afrontar una situación que no estaba pactada, qué más da que ese “arrepentido” amante que va a pedir perdón haya maltratado a Svetlana tiempo atrás, qué más da que unos días después la vaya a matar si así el programa consigue un punto más de share. El Gobierno ha pedido moderación a las cadenas privadas, pero me atrevo a decir que no va a cambiar nada, si es que no vamos a peor. ¿Para qué se van a molestar las televisiones en poner unos límites éticos a lo que difunden, si la audiencia no lo reclama y enciman obtienen mayores beneficios? Hasta los propios informativos caen en la tentación. Los informativos de Antena 3 decidieron no emitir las imágenes del programa para no darle un tratamiento morboso a la tragedia. Pero da igual, ya se encargaron los demás medios de emitir hasta la saciedad las imágenes. No hay nadie que no haya visto la evidente incomodidad de la víctima ante la ridícula y cobarde actitud de su maltratador.
Existen unos límites políticos a la libertad de expresión, regulados en el Código penal, existen unos límites sociales de manera que debido a las censuras de la vida social nos extralimitamos en nuestras manifestaciones; lo que no existe, o al menos son muy pocos los que demuestran tenerlos, son los límites morales. Estamos instalados en la cultura del todo vale y no parece que vaya a cambiar, no ya dentro de un corto período de tiempo sino a muchos años vista.
11 diciembre 2007

 


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