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BRUNO TOLEDANO VARGAS
En la escuela de hoy en día se enseña que España es una Monarquía Parlamentaria según la Constitución de 1978, en la cual se reconoce la separación de las funciones del Estado en tres poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La división de poderes clásica que teorizó Montesquieu durante la Ilustración y que se constituyó como uno de los pilares del liberalismo, ha quedado desfasada en nuestra sociedad actual. O por lo menos, eso es lo que parece. El caso de un joven de La Rioja, Enaitz Iriondo, atropellado y muerto en 2004, se ha catapultado en los medios de comunicación durante los últimos días gracias a que sus padres han denunciado que el conductor, Tomás Delgado, que arrolló a su hijo y que quedó impune en su momento, les ha pedido una indemnización de 20.000 € como compensación para reparar su automóvil. Según los informes de peritaje, el informe del caso se halla lleno de contradicciones y errores. Por ejemplo, el conductor no fue sometido a la prueba de alcoholemia hasta una hora después del choque con el muchacho, quien, según el informe policial, fue el culpable del accidente, algo que en estos momentos se está poniendo en entredicho. Por todo esto, el fiscal del Tribunal Superior de La Rioja, Juan Calparsoro, ha reabierto el caso y ha tenido lugar el juicio, que se ha saldado con la retirada de la demanda. Sin embargo, esta oleada de revisiones de informes y de aparición de otros nuevos, de indignación de la opinión pública, de renovado apoyo por parte de la fiscalía, viene dada porque el matrimonio Iriondo apareció en televisión en busca de ayuda. Su motivo es tal vez de los más justificados que se pueden ver en la televisión, plagada de personajes que constantemente aparecen regurgitando su vida privada o la de otros sobre un micro. Todo esto hace que me asalte una duda: ¿es que la Justicia no funciona por sí sola y necesita que la fustiguen para que trabaje bien? Parece impensable que no se llevara a cabo una investigación profunda –y llegado el caso, un juicio sobre la muerte de Enaitz Iriondo a la luz de los nuevos datos– hasta que todo ha saltado a las autopistas de la información. Está claro que los medios de comunicación modernos son tremendamente poderosos. El inglés Edward Burke, esteta y pensador político, en un gesto casi profético, habló allá por los años de la Revolución Francesa ante el Parlamento inglés sobre la influencia de la prensa en el pueblo y de cómo podría llevarle a movilizarse por una causa concreta. Sus ideas eran más que acertadas. El periodismo se ha colado como un nuevo miembro en la familia de los poderes, ocupando un puesto muy influyente. Si bien no está reconocido como tal en nuestra Carta Magna, este “hijo bastardo” consigue influir poderosamente en los otros tres hermanos. Por suerte para la familia de Enaitz, la televisión ha supuesto un apoyo y una gran ayuda. Pero los medios de comunicación están sujetos a demasiados intereses, que poco o nada tienen que ver con la información y que pueden perjudicar seriamente a los implicados. Aunque no
supone ninguna novedad decir que el periodismo es un aliado poderoso y un
enemigo temible que puede inclinar la balanza de la Justicia, es bueno
recordar la necesidad de mantenerse alerta y un punto escépticos ante la
información que nos llega, que está siempre sujeta a ideas y personas
concretas que nos pueden inocular percepciones o criterios erróneos.
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