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CECILIO URGOITI


Con corrupción no hay libertad
 

Las convicciones políticas son como la virginidad:
Una vez perdidas, no vuelven a recobrarse
Pi y Margall

"Abogo de corazón por recuperar el buen hacer de informar con toda veracidad y ser notarios de lo que ocurre" (foto: A. Alejandre)

La corrupción de lo malo apenas se nota, la de lo que admitimos por humanitario se lamenta, pero contamos instintivamente de antemano con esa posibilidad y solemos decir con resignación, “es natural”. Admitido también es que la máxima podredumbre se da en lo perfecto, si lo perfecto es un ideal que llevamos como máxima suprema. Es la descomposición de lo perfecto, lo que por serlo creíamos incorruptible, lo que más nos desanima y es, lo que no “nos encoge de hombros”... Anda hoy de nuevo lo mismo de otro tiempo, con la religión católica y con sus acólitos, pero hoy ya no es como antes, porque los ignoramos o, al menos yo lo hago, aunque los exabruptos continúan hasta el extremo de quitarles la calle a los sindicalistas o admitir que los menores incitan a la homosexualidad. Empieza a suceder eso mismo con el periodismo o con algunos periodistas de los que la sociedad se está hartando también. Leía en el Anuario de Canarias 2007 un articulo de Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, que me alertó sobre la presente reflexión, decía: “son mayoría los profesionales y las empresas que funcionan con rigor y seriedad, pero nuestro periodismo no goza de la salud que le conviene: lejos de ser informativo e independiente se ha ideologizado y carga muchas veces con opiniones preconcebidas”.

Enumeramos ordinariamente la corrupción de políticos, constructores, abogados, policías, jueces... principalmente en hechos puntuales y más o menos aislados. Pero nos resistimos implacablemente a la corrupción de maestros, profesores o catedráticos en el ejercicio de sus funciones, y es que los paradigmas académicos los damos por sentado y basta. Los hechos relacionados con la corrupción de éstos últimos se nos antojan todavía más excepcionales. Y es, tanto porque no se desenvuelven en ámbitos poco propicios a la manipulación, y porque su previsible formación humanista unida a la grandeza del magisterio en sí, les sustrae más fácilmente a la sospecha. En todo caso, cualquiera de las actividades citadas, en una democracia donde la libertad "positiva" es el “señor”; donde la capacidad para arriesgarse cada vez es mayor, porque cada vez son más benévolas las leyes, o dicho de otra forma, se buscan muchos subterfugios para bordear las leyes, pues si no lo fueran, media población debería ir a prisión; donde el refreno psicológico que deviene de las religiones es cada vez más débil, y la ética civil no es sino un conglomerado de principios morales de éstas... En una democracia, apunto, las consecuencias de acciones corruptas de los profesionales y de las actividades, al menos del primer orden citado, en muchos aspectos son ellos mismos quienes las pagan, pues el ciudadano desconfiado y remiso acaba renunciando a ellos. El ciudadano puede no comprar, no consultar al médico e ir al curandero, puede renunciar al abogado y abstenerse de pleitear, puede dejar de confiarse al sindicalista... pero le va a ser mucho mas difícil renunciar a la información, necesita estar informado, necesita esa información para vivir en democracia. Aquí está la clave del magisterio del informador.

Pero esta profesión que se constituye en la clase ilustre de la modernidad y se sitúa al nivel de la clase política o por encima de ella, si se me permite, ésta es el Periodismo. Y lo hace en nombre de un tipo más de libertad entre las clases varias que hay de ella, luchado como pocos: el de "informar". Pues bien, la corrupción de la clase periodística que actualmente detectan sus propios profesionales entre sí, se extiende victoriosamente, como progresa el cáncer. La infección consiguientemente social derivada de una clase profesional tan influyente, que desestabiliza, convulsiona y deprime la convivencia y pone en grave riesgo a la propia democracia. Pues esa clase privilegiada quita y pone gobiernos, posibilita e imposibilita acuerdos y negociaciones, defenestra o encumbra empresarios. Y todo lo hace desde los “púlpitos” que en otro tiempo en España ocupaban los curas. Hoy es su santuario de información la COPE, ha alcanzado la cúspide de la manipulación y por ende la corrupción, con sus proclamas partidistas.

Un periodismo como el que nos cerca hoy, con medios radiofónicos y televisivos rimbombantes, de los que está pendiente la inmensa mayoría de la población, si está corrupto, atenta como ninguna otra profesión a los fundamentos de la democracia y de la ética civil más elemental, además de ir contra la inteligencia, como también en otro tiempo iba dirigida contra la inteligencia, la religión.

Apuntaba al principio que la corrupción de lo excelso es lo más abominable. Y es que este periodismo de la corrupción, potencialmente lo es. Por dos razones: porque así se considera como máximo protagonista de la suerte de la política y del llamado "control social", y porque la formación técnica y general del periodista es, al menos se supone, de las más completas en una sociedad que va por la pendiente en materia cultural. Aprovecharse de la indiferencia, de la tontería y de las pasiones de las grandes masas, en lugar de contribuir a que los valores sociales que no necesitan interpretarse se justiprecien más, es la esencia de la corrupción periodística. Al menos su corrupción ética empieza por ahí. Y a esa tentación que tienen de no respetar la verdad, es cada día más evidente, sucumbe con mayor regodeo, con mayor mancilla y desmoronamiento, en el que sin duda incurre ese periodismo al uso...

Señalaba antes, que el ciudadano “mosqueado” puede renunciar en muchos casos a relacionarse con determinados profesionales. También puede volver la espalda a los periodistas, y por ende a la información, no comprar ni leer los periódicos dominantes, no ver telediarios, no oír la radio; ni siquiera en general ver televisión. Y eso, me temo, en buena medida está sucediendo. Por eso, tal vez, OPINAR es el refugio, mi refugio, en el que escribo sin ninguna censura, sin que nadie me diga lo que tengo que hacer o decir. En realidad, en la vida social, como en la natural, nada se libra del enmohecimiento y del ultimátum de cardenillo. Hoy en día es patente el reconcomio que imbuye el periodismo entre los ciudadanos que no viven bajo el efecto de las religiones o de las nuevas somníferas homilías periodísticas. Pero es que va a más. Así es que, o el periodismo se transforma en otra cosa, y esta no es otra que contar la verdad, o terminará la sociedad por relegarlo y mandando a los periodistas a la maldición de no ser leídos. Abogo de corazón por recuperar el buen hacer de informar con toda veracidad y ser notarios de lo que ocurre aunque con ello nos encontremos más solos. Esa soledad es el mejor de los caminos para lograr una conspicua democracia. 16 febrero 2008   

 


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