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JAIME
GARCÍA GARCÍA
Palestina, ejemplo claro de la parcialidad del gobierno estadounidense
El día 29 de
noviembre de 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas debía votar la
propuesta hecha por un comité especial integrado por 11 países de crear un
Estado árabe independiente, un Estado judío independiente y establecer que
la ciudad de Jerusalén sería administrada por un Consejo de Administración
Fiduciaria de la ONU, en un intento por resolver los conflictos entre
palestinos e israelíes. Para ello era necesaria una mayoría de dos tercios;
se debía llegar a un total de 32 votos a favor de la resolución. Sin
embargo, no estaba muy claro que se pudiera llegar a dicha cifra; países
como Liberia, Filipinas o Haití iban a votar en contra. Finalmente, la
resolución 181 fue aprobada el 29 de noviembre con un total de 33 votos a
favor frente a 13 votos en contra y 10 abstenciones. Estados Unidos
desarrolló una intensa actividad diplomática para cambiar el voto de
Filipinas, Liberia y Haití: cablegrafiaron al presidente de Filipinas con un
mensaje que decía que su país “corría el riesgo de perder millones de amigos
y partidarios americanos si mantenían su decisión de votar en contra del
reparto”; el fabricante de neumáticos Harvey Firestone hizo cambiar la
opinión de Liberia tras ser amenazado con el boicot de sus producciones;
Haití recibió un crédito norteamericano de cinco millones de dólares. El
Gobierno norteamericano reconoció a Israel once minutos después de su
proclamación.
El 26, 27 y 28 de noviembre de 2007 se reunían en la llamada Conferencia de
Annápolis representantes de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), el
Gobierno de Israel y 44 países invitados para tratar de buscar una salida a
un conflicto que con los años no hace más que alargarse y que trae de cabeza
a los diplomáticos ante la posibilidad de dividir el territorio en dos
estados.
Entre ambas fechas, árabes e israelíes han protagonizado un total de ocho
guerras. Tras la aprobación de la resolución 181 por la Asamblea General de
la ONU, tropas de Egipto, Líbano, Siria, Irak y la Legión Árabe de
Transjordania iniciaban una guerra que se prolongó hasta 1949. Con los
acuerdos de Rodas, Israel obtuvo alrededor de 5.000 kilómetros cuadrados más
de lo que fijaban las Naciones Unidas y Jerusalén quedó dividida, mientras
que únicamente la Franja de Gaza y Cisjordania quedaban en manos árabes. El
saldo de esta guerra fueron 726.000 refugiados palestinos. En 1956 tuvo
lugar la Crisis de Suez, que significó que Estados Unidos pasaba a ocupar el
poder hegemónico en Oriente Medio en detrimento de Gran Bretaña. El tercer
conflicto bélico es la Guerra de los Seis Días, en 1967, por la que Israel
ocupó los Altos del Golán, Cisjordania, Jerusalén Este, la Franja de Gaza y
la península del Sinaí. Cuarenta años después, Israel aún controla
Cisjordania, Jerusalén Este y el Golán. En 1973, la Guerra del Yom Kippur se
llevaba por delante la vida de 2.569 israelíes, número que superaba cuatro
veces las bajas de la guerra de 1967, y dejaba cerca de 6.000 heridos. La
quinta guerra árabe-israelí se desarrolló en 1982, cuando el entonces
titular del Ministerio de Defensa de Israel, Ariel Sharon, invadió Líbano
para deshacerse de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). El
ejército israelí asesinó a 3.000 refugiados palestinos en los campos de
Chabra y Chatila. En 1987 estalló la primera intifada contra la ocupación
israelí y se prolongó hasta 1993 provocando la muerte de 4.732 palestinos y
de 1.113 israelíes. La segunda intifada, en el año 2000, fue un
levantamiento contra Israel y contra la corrupción del Gobierno de Arafat y
se desarrolló como una guerra de desgaste, entre los atentados suicidas
palestinos y la acción del Ejército israelí. En 2006 se produjo la octava
guerra, Israel invadía Líbano provocando una guerra que se dilató durante
casi cinco semanas.
Con la Conferencia de Annápolis se conseguía un compromiso por parte una
parte de los representantes de los palestinos y del Gobierno israelí, de
llegar a una solución definitiva. Esa solución pasaría por el reconocimiento
del Estado palestino y la creación de dos estados. Otra de los puntos del
acuerdo era el compromiso de la lucha contra el terrorismo y unas
negociaciones encaminadas a lograr la paz basadas en negociaciones
bilaterales, por las que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) se situaba en
contra de una parte de los palestinos, Hamás, el gran ausente en la cumbre
que declaró que no se sentía vinculada por la declaración. Estados Unidos
era quien se presentaba como mediador, los acuerdos de Annápolis fijaban que
las conversaciones tendrían como árbitro únicamente a Estados Unidos, y no
el cuarteto formado por EE.UU, la Unión Europea, Naciones Unidas y Rusia.
Quien se postula como intermediario en absoluto es imparcial: los sucesivos
presidentes norteamericanos, ya sean republicanos o demócratas han
pretendido desempeñar el papel de árbitro imparcial al tiempo que han
apoyado la política israelí de colonización. Estados Unidos ha ido dejando
actuar a Israel en los territorios ocupados a su antojo antes que favorecer
una solución global del conflicto. En contra de la postura oficial
estadounidense por la que han sostenido que la actitud de Israel suponía un
“obstáculo para la paz”, ha asegurado la impunidad de Israel mediante las
ayudas destinadas a que el potencial militar hebreo superase al de todos los
países árabes juntos –Israel ha recibido más de 140.000 millones de dólares
en ayuda económica y militar directa. Cerca de 3.000 millones en ayuda
directa al año, lo que supone aproximadamente una quinta parte de la ayuda
exterior norteamericana– e impidiendo que las Naciones Unidas obligaran a
Israel a respetar sus obligaciones –en más de cincuenta ocasiones Estados
Unidos ha impuesto su veto ante resoluciones del Consejo de Seguridad
críticas con Israel–. Además, se niega a hacer cumplir las resoluciones del
Consejo de Seguridad pidiendo la retirada de los territorios ocupados que
afirma apoyar. Asimismo, el lobby israelí ha adquirido tal poder en el
sistema político estadounidense que ningún candidato a la presidencia se
atreve a desafiarlo. La parcialidad del Gabinete norteamericano en el
conflicto palestino se plantea como una de las principales razones del
rechazo hacia los norteamericanos por parte del mundo árabe-musulmán, lo que
constituye una de las principales causas de la propagación del terrorismo.
En el escenario actual, parece que hay un acuerdo entre los distintos
actores internacionales en torno a la mejor solución para el conflicto, que
pasaría por el establecimiento de dos estados, un Estado palestino, creado
al lado de Israel; Jerusalén como capital para los dos Estados y unas
fronteras basadas en la Línea Verde. Un único Estado no sería la mejor
solución, la posibilidad de esta idea podría empujar a los israelíes a hacer
resurgir la alargada sombra de la limpieza étnica. También hay quien
sostiene que la idea de los dos estados no se acerca en lo más mínimo a lo
que sería una solución justa. Este tipo de solución otorgaría un 80 por
ciento del territorio para el ocupante y despojador y un 20 por ciento para
el pueblo ocupado, el palestino, en la situación que se antojaría más ideal;
la más realista les otorgaría un 10 por ciento dividido y disgregado.
Independientemente de cuál sea la mejor solución, lo cierto es que el pueblo
palestino se encuentra desde hace muchos años en una situación crítica. La
cifra de refugiados palestinos no ha parado de crecer desde 1950 y conforman
casi una cuarta parte del total de refugiados de todo el mundo. En total son
casi 4 millones y medio repartidos por Jordania (42% del total, casi 1,9
millones), Gaza (23%, un millón de refugiados), Cisjordania (16%, 722.300),
Siria (10%, 440.000) y Líbano (9%, poco más de 400.000). El desempleo va en
aumento y unos 100.000 trabajadores no buscan ya trabajo debido a que la
economía interna no puede absorberlos, mientras que la fuerza laboral
aumenta cada año con 30.000 nuevos trabajadores. El pueblo palestino es cada
vez más dependiente de la caridad internacional, pero estas ayudas no se
traducen en mejoras socioeconómicas puesto que las donaciones
internacionales no van provistas de un marco o proceso económico. Son
alrededor de 2,4 millones de palestinos los que viven hoy por debajo del
umbral de pobreza: el 80%
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