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GUSTAVO DE ARÍSTEGUI, DIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR Y DIPLOMÁTICO DE CARRERA

“Mucha gente piensa que el poder es el fin, cuando el poder es el medio para hacer cosas”

Gustavo de Arístegui, diputado del Partido Popular y diplomático de carrera (foto: A. Diez)

“En el siglo XXI hay perfectos anormales que se atreven a decir que han muerto las ideologías”
 

“El Estado tiene que estar a cargo de todo lo que afecta a los derechos y libertades fundamentales”
 

“Hoy en día las izquierdas ya han aceptado claramente los derechos y libertades individuales”
 

“El encumbramiento siempre tiene remedio; la destrucción, no”


 Por ALFONSO DIEZ

Asegura Gustavo de Arístegui, diputado que cambiará de circunscripción en la próxima legislatura pasando del País Vasco a Zamora, que el PP es un partido de la derecha europea moderna, del centro derecha europeo. Diplomático de profesión, tiene fama de correcto, amable y educado. O sea, de ejemplo de político de derechas perfectamente homologable con sus colegas europeos de larga tradición democrática. No pierde las formas y no considera despreciables a los que no piensan como él, aunque sí es muy vehemente en la defensa de sus convicciones.   

Yo soy una persona que, dentro de la política, cree en un pentálogo muy claro y que no admite ningún tipo de cambio…”, nos dice.

Para empezar, da Arístegui con esta afirmación una falsa idea de inflexibilidad, de cerrazón autocontemplativa con sus propias opiniones. No es lo que nos habían contado y lo que nos había parecido su trayectoria. Él mismo se da cuenta y aclara: “No es que yo sea una persona inflexible, ni mucho menos, no lo soy en absoluto, pero creo que ese pentálogo debe regir la inspiración y la vocación política de las personas. Y los grandes principios no pueden estar modificándose o reajustándose permanentemente”. 

PREGUNTA.– ¿El pentálogo? 

RESPUESTA.– A eso iba: 

1. En primer lugar, España y los españoles. La política es un servicio público. Uno está en la política para servir, no para ser servido. En consecuencia, debe saber que si entra en la política ésta es una actividad apasionante, no una profesión.

2. Principios y valores en los que uno cree: la democracia, la libertad, el pluralismo, el respeto a los demás, los derechos humanos… No puede caber ninguna duda a este respecto. Los principios son un instrumento para servir a España y a los españoles, pero son también un fin en sí mismos. 

3. El partido en el que militas con lealtad desde tu independencia individual y teniendo en cuenta que el partido no es el fin, es un instrumento, un medio, para los principios y los valores. 

4. El líder del partido, porque es quien los militantes hemos elegido para llevar esa nave en la que están nuestros principios y valores para España y los españoles.

5. Y, por último, las ambiciones personales y legítimas de cada uno.

Lo lamentable es que hay muchas personas que reducen al quinto los cuatro primeros puntos: Yo, yo, yo y yo, y el quinto su camarilla… Eso no lo puedo entender, aunque sabemos que no es privativo de la derecha, ni de la izquierda. Mucha gente piensa que el poder es el fin, cuando el poder es el medio para hacer cosas.

P.– Entonces, y sabiendo que esos arribistas son legión en los partidos, ¿qué hace una persona como usted en la política?

R.– Yo tengo vocación de servicio público. Soy funcionario del Estado a mucha honra, porque estoy orgulloso de ello, ahora que se le quiere dar una imagen vergonzante. Me metí en política porque me pareció que tenía un pequeño plus en posibilidades de hacer cosas. Y sigo teniendo la misma ilusión. Y ahora más ilusión por que España tenga un Gobierno que lo haga mejor.

P.– ¿Por encima y por debajo de qué está un partido político?

R.– Por debajo del Estado. Por encima de sus líderes, por encima de los individuos que lo integran… Por debajo de los valores y principios. Y, por supuesto, por debajo de la Ley… El pentálogo, claramente. Sobre todo, nadie puede estar por encima de la Ley.

P.– ¿No cree que ahora está todo muy personalizado, muy basado en figuras, y que los partidos con opciones de gobierno pescan –ideológicamente hablando y en sus propuestas– en los caladeros del otro?

R.– En el siglo XXI hay perfectos anormales que se atreven a decir que han muerto las ideologías. Que me expliquen cómo es posible que siendo la base económica del siglo las ideas viables, las ideas posibles, las realizables, puedan haber muerto las ideologías que representan a las ideas en estado puro. ¡Es un perfecto disparate! 

Sí es cierto que entre partidos de centro derecha y de centro izquierda cada vez hay, o debería haber, menos diferencias en muchas cuestiones fundamentales: política económica, política antiterrorista, derechos y libertades fundamentales, política exterior… La diferencia clave entre centro derecha y centro izquierda ha sido el Estado del bienestar. Y sigue siéndolo fuera de Europa, pero en Europa no. De hecho, el centro derecha lo ha asumido, desarrollado y reformado, convirtiéndolo en más eficiente. Eso ha desconcertado al centro izquierda, que lo consideraba terreno suyo. 

La izquierda europea se siente despistada, desplazada, porque no tiene un elemento central de diferencia con el centro derecha. La izquierda que se ha ido moderando, ha tenido que aceptar la política económica del centro derecha, abandonando criterios dogmáticos que eran de todo punto irrenunciables, como por ejemplo lo del colectivo absolutamente por encima del individuo. Hoy en día las izquierdas ya han aceptado claramente los derechos y libertades individuales (a veces el PSOE da la impresión contraria, pero eso es otra historia). 

Las personas forman las organizaciones. Hay que hacer realidades como individuos, porque la realidad es subjetiva y aun así hay cosas que son percibidas por diferentes personas de la misma manera. Esto es importante… Los individuos hacen a los partidos y hay quienes aciertan más y quienes aciertan menos. Para eso están las elecciones y las elecciones internas. Y para eso está la opinión pública, que a veces lo que hace es depurar aquellas personas que están quemadas o que ya no están tan volcadas en el proyecto y, por tanto, no tienen eficacia a su servicio…

P.– ¿Lo de que los electores no se equivocan…?

R.– De algunas personas quiero decir que a veces se puede no exactamente engañar a la opinión pública, pero sí dar una impresión distinta… La frase de Abraham Lincoln, tantas veces atribuida a Winston Churchill: “Se puede engañar a algunos todo el tiempo, a todos algún tiempo, pero no a todos todo el tiempo”, se aplica a la política a la perfección. Y eso hace que, tarde o temprano, incluso las mejores o peores percepciones pueden acabar cambiando. En este mundo de “cortes” de radio y “totales” de televisión, de pocos segundos para condensar una idea, cuando se destruye la imagen de una persona, ¡a ver cómo la arreglas otra vez! El encumbramiento siempre tiene remedio; la destrucción, no.

P.– Alguien me decía de usted que era una especie de Gallardón con más talla intelectual, menos capacidad de maniobra y hasta ahora menos oportunidades…

R.– Lo tomaré como un elogio. A mí me parece que Alberto Ruiz-Gallardón tiene una cabeza muy bien amueblada y es un hombre extraordinariamente eficaz en su tarea política. De mí se ha dicho que soy un espíritu libre y yo creo que eso deberíamos serlo todos, estemos donde estemos. Yo asumo el ideario, el proyecto y el programa de mi partido, pero no necesariamente la opinión de todo el mundo de mi partido, porque eso es una cosa bien distinta. Muchas veces alguna gente de mi partido, con la que yo no estoy de acuerdo, es precisamente la que no asume el ideario del PP. Quienes se han salido de la raya son ellos, no yo. El problema lo tienen ellos. 

Capacidad de maniobra… Yo soy un político que va bastante por delante y acepto bien la crítica. Creo que no me han ido mal las cosas. Soy una persona bastante conocida y reconocida por la sociedad española. 

Además, soy hombre de consensos. Me gustaría que los hubiera en temas fundamentales, pero es complicado. La oposición no rompe el consenso. Lo rompe el Gobierno. Porque la oposición no tiene con qué hacerlo, no está al timón de la nave.

P.– Le han tocado a usted, sin embargo, algunos marrones de gran calado, como lo de dar la cara por el partido en lo de la guerra de Iraq con Aznar…

R.– Traté de poner racionalidad y argumentos a algunos temas que la sociedad española estaba entendiendo desde el sentimiento. Si nosotros hubiésemos tenido la información que acabó saliendo, lógicamente nuestra posición habría sido mucho más matizada.

En política no siempre estás apareciendo en los medios para lo bonito.

(No se deja el diputado Arístegui salvar, por la campana, de la pregunta incomoda y eso que la secretaria del Grupo Parlamentario le reclama precisamente en este momento para una entrevista con Al-Yazira. Ni se escapa del fondo de la cuestión: la utilización, a veces discutible, de los políticos por parte de sus partidos)

R.– Cuando un líder distribuye a sus huestes, y porque alguien le cae bien le pide que vaya a la tele A, menganito a la B y, sin embargo, zutanito –que comunica magníficamente– no va a ninguna, es que algo falla. Hay que utilizar a todos en función de lo que hacen bien, no de cómo te caen. Hay que usar a la gente. La fila de a dos de la caballería va bien para viajar pero no para atacar, que es cuando hay que abrir el abanico.

P.– ¿Y dónde está el enemigo, en el partido o fuera?

R.– Hay dos anécdotas respecto a los compañeros de partido. La más reciente de Andreotti, quien decía que hay adversarios, rivales, enemigos y compañeros de partido, en ese orden. Y la de Churchill. En una sesión de control del Gobierno, un joven ministro debutante le dijo: “No sabía que los enemigos estaban tan cerca” (en el parlamento británico están muy próximos, a la distancia de dos espadas). Y él le respondió: “No se equivoque, esos son los adversarios: los enemigos los tiene sentados a su espalda”. 

(“Sr. Arístegui, Al-Yazira a las cinco. ¿De acuerdo? ¡Perfecto!”. Eso sí, la secretaria ha negociado con éxito el aplazamiento. Su leve interrupción nos coloca en la posibilidad de un cambio de tercio)

P.– ¿Por qué el Partido Popular da la sensación de querer privatizarlo todo?

R.– Hay cosas que no son privatizables, como por ejemplo la infraestructura ferroviaria. Eso digan lo que digan ciertos liberales, de los que yo discrepo profundamente. No se puede privatizar nada que toque directamente a los derechos y libertades fundamentales, sería un disparate. No se puede, por ejemplo, privatizar una cárcel, aunque lo hayan hecho los norteamericanos, ¡es una barbaridad! El Estado tiene que estar a cargo de todo lo que afecta a los derechos y libertades fundamentales, porque solo él tiene mecanismos de control que son muy importantes y claros. Y no me refiero sólo a los judiciales, también a la opinión pública, al ejercicio del voto. El ciudadano decide si una gestión está bien o mal hecha. Y si un señor lo ha hecho mal, pues a la calle y que venga otro. Así funciona la democracia.

Un policía o un funcionario de prisiones tienen una formación específica y saben que son servidores del Estado. Un concepto moderno de la seguridad es que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, los servicios de inteligencia y los funcionarios de prisiones no tienen finalidad represora, sino garantista. ¿Qué es lo que hace la seguridad en una democracia? Garantizar los derechos y libertades fundamentales de los individuos, defenderlos. 

P.– Vivimos un mundo en plena polémica libertad frente a seguridad…

R.– Está mal planteada, no es una regla donde el punto medio es el de equilibrio y si te vas a un lado hay más de una y menos de la otra. Es un triangulo invertido: aquí está el máximo de libertad/seguridad, si uno baja va perdiendo de las dos. Lo único cierto es que no hay libertad sin seguridad, ni seguridad sin libertad. 

P.– ¿Ese triángulo, cómo anda en el País Vasco? 

R.– Esta bastante por abajo, porque hay muy poca libertad y muy poca seguridad… Tendiendo a cero. Hay falta de seguridad política para quien no es nacionalista, hay falta de seguridad física para quien no es nacionalista, hay amenaza real para quien ejerce de no nacionalista. En consecuencia, como no tienen seguridad, no tienen libertad. En el País Vasco no hay democracia real. ¡Explíqueme qué libertad hay en el País Vasco…! 

P.– También les ha llegado a los nacionalistas…

R.– Muchísimo menos. Cuando el nacionalismo se dé cuenta de que el ocho por ciento no se puede imponer al resto de los votantes, cuando entiendan que ETA no es el primo de zumosol, cuando entiendan que es un cáncer que va a invadir a la sociedad vasca… No estoy diciendo que haya una connivencia operativa con el terrorismo, ni mucho menos. Estoy convencido de que cuando dicen que condenan el terrorismo lo dicen en serio. Seguro. Pero no ponen los medios para hacer el aislamiento social necesario para que el terrorismo muera. Al terrorismo se le combate no sólo con policía y medidas judiciales, sino atacando sus fuentes de financiación y sus fuentes de apoyo social. Es decir, demonizando y no ensalzando lo que apoya y alimenta el terrorismo. 

P.– ¿No debería desaparecer de cualquier debate político este asunto?

R.– Cuando se ha tratado desde el área de consenso fundamental del Estado, ha funcionado y ha sido el arma más eficaz contra el terror. Cuando el Gobierno rompe el consenso, vira la nave hacia otro sitio, le avisamos de que iba al abismo. Abismo que daba al terrorismo armas para seguir, darle la impresión de que ha dividido a los demócratas y darle también la impresión de que se ha renunciado a derrotarles. Por tanto el objetivo del terrorismo, que era obtener un precio político, se ha aceptado por parte de la sociedad, por pequeño o grande que sea. El problema no era si iba o no a haber precio político, sino cuándo se iba a pagar. 

El tema estrella para Gustavo de Arístegui es la política exterior, pero eso da para otra entrevista entera, que le haremos si se deja. En esta ocasión queríamos constatar que, aunque no lo parezca en estos tiempos de pragmatismo puro y duro en política, todavía quedan algunos políticos con ideología, capaces de explicar sus convicciones y hablar de ellas sin considerarlo un acto inútil o una pérdida de tiempo. Pese a todo, no puede evitar cerrar la entrevista sin referirse al presidente del Gobierno. 

R.– Lo que uno no puede hacer, y es lo que le pasa a Zapatero, es ser una estructura y una cáscara radical, vacía por dentro. No tiene ideología real, tiene actitudes radicales y se guía por el olfato y las encuestas. Y Rajoy es un señor inteligente, con experiencia, previsible, sensato, equilibrado y moderado. Y el equipo que va a formar, como presidente del Gobierno, será igual: el que mejor convenga a España. 6 marzo 2008  

El tema estrella para Gustavo de Arístegui es la política exterior, pero eso da para otra entrevista entera, que le haremos si se deja (foto: A. Diez)

 


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