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GABRIELA SÁNCHEZ


¿Un nuevo cisma de Occidente? La ordenación de mujeres y obispos homosexuales divide a la Iglesia Anglicana
 

La Iglesia Anglicana está viviendo uno de sus peores momentos. El seno de esta confesión religiosa alberga una profunda división entre liberales y conservadores que hace a muchos presagiar una disgregación definitiva. ¿El motivo? Las mujeres y la homosexualidad se introducen en el obispado.

El Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra autorizó, a principios de julio, la ordenación de mujeres obispos. Esta autorización ya tendría que haberse otorgado hace tiempo, concretamente hace veinte años cuando en la Conferencia de Lamberth los obispos aprobaron recomendar a las iglesias anglicanas de todos los países el acceso de la mujer al ministerio ordenado. En Inglaterra se fueron asumiendo las órdenes eclesiásticas de forma progresiva: se aprobó el diaconato y el presbiterado. Pero faltaba una: el obispado, la orden de la discordia.

Otro frente abierto que genera grandes divisiones es el debate sobre la homosexualidad en la Iglesia, intensificado tras la consagración en 2003 del primer obispo homosexual, Gene Robinson.

Algo tan lógico como la introducción de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres dentro de la Iglesia es el detonante de una gran indignación por parte del sector más conservador de ésta. ¿Realmente es la igualdad algo tan espeluznante? Parece que para ellos sí. Es difícil entender el porqué. Algunos tradicionalistas para explicar su oposición a la ordenación de mujeres obispos alegan que el carácter simbólico por el que se mueve la iglesia que busca representar el cuerpo de Cristo, lleva consigo que Jesús fue varón. Sí, algo tan superficial como el sexo es según muchos el obstáculo que impide que una persona no pueda ser obispo. No se refieren entonces a una transmisión de la fe, a una representación espiritual. Si fuera así cualquier persona -hombre o mujer, homosexual o heterosexual- que sintiese esa fe y que estuviese lo suficientemente preparado para ser obispo, podría llegar a serlo. Sin escándalos, sin discrepancias ni segregaciones. Pero según el sector tradicionalista parece que esto no es así. Jesús era hombre y por tanto sólo puede ser representado por hombres. Como continúen por este camino quizás el siguiente paso sea exigir que todos los obispos deban ser castaños, barbudos, nacidos en Belén y que se desplacen en burro.

Otro de los motivos por los que los conservadores no aceptan la autoridad de una mujer es, según ellos, la propia tradición. Siglos y siglos de tradición eclesiástica en los que nunca se hubiese planteado la posibilidad de que una mujer alcanzara el obispado. Pero la sociedad ha evolucionado y la Iglesia no se puede quedar atrás.

Otro de los asuntos que tiene divididos a los anglicanos es la ordenación de obispos homosexuales. En esta ocasión no intentan esconder una discriminación aportando ridículos argumentos, sino que la discriminación es admitida, pues el sector tradicionalista de la iglesia anglicana, al igual que la católica, concibe la homosexualidad como pecado. Por tanto, obviamente sería una contradicción que aceptasen su ordenación. El problema reside en esa concepción de pecado. En tiempos de Jesucristo se condenaba la homosexualidad, sí. Pero el problema es el empeño en comparar la sociedad actual con la existente hace ni más ni menos que veinte siglos. Este es el único problema cuya única solución se llama evolución.

Esta profunda división surgida en la Iglesia Anglicana entre los llamados liberales y los conservadores, provoca un gran temor entre sus fieles ante un posible cisma. Tal situación queda reflejada en una carta realizada por 1300 clérigos tradicionalistas dirigida al arzobispo de Canterbury. En ella amenazaban con abandonar esta Comunión si no se les garantizaba el derecho a no reconocer mujeres obispos. Por su parte, el sector más liberal, para evitar mayores enfrentamientos aprobó una moción que contempla la elaboración de un código de conducta que permita a las parroquias más conservadoras no tener contacto con estas mujeres. Es decir, ante la dificultad de alcanzar un acuerdo común proponen como solución alejar a las mujeres de los conservadores. Cuanto más lejos mejor.

Este debate surgido en la Iglesia Anglicana hace replantearse su repercusión en la Iglesia Católica. En la actualidad la fe occidental se tambalea. Una de las causas principales es su conservadurismo, la poca adaptación a la sociedad actual. Quizá esta polémica haga recapacitar y permita la introducción de este debate en el catolicismo. Un debate necesario. La no existencia de éste denota una mayor desigualdad. Pero por el momento, la iglesia católica, fiel a su tradicionalismo se opone de forma radical a todas estas reformas que la acercarían al tiempo actual.

Lo cierto es que la división que sufre la Iglesia Anglicana recuerda en gran medida al origen de ésta. ¿Estamos ante el inicio de un nuevo cisma occidental? Sólo el tiempo lo dirá.
19 agosto 2008  

 


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