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CARLOS ABRAHAM VALVERDE De Los Simpson a
los Sin Son: una década de programación infantil Cuando
pienso en mi infancia, en lo que veía en la televisión, sólo tengo buenos
recuerdos. Y, como a muchos, me vienen a la cabeza aquellas míticas
sintonías que cuando en una reunión empiezas a cantarlas provoca que el
resto las canten contigo. Pero lo que caracterizó a esta década fue la llegada de las series norteamericanas para adolescentes, como por ejemplo Sensación de Vivir, Salvados por la Campana o California Dream. La premisa de estas series era mostrar una supuesta realidad adolescente, obviamente estadounidense, con los típicos problemas amorosos, con los matones de instituto, el sistema de clases de los institutos: las animadoras, los deportistas y los inadaptados, objeto de burla y abuso por parte de los primeros, así como problemas más graves como las drogas o las violaciones. Sensación de Vivir fue el paradigma de esto, y estuvo en antena toda una década. A partir de estas series se crearían otras de diversos países de similares temáticas. En el caso de España surgieron las series Compañeros y Al Salir de Clase, que trataban esos temas pero desde la perspectiva de los adolescentes españoles, que por aquella época era bien distinta a la de los norteamericanos, pero que hoy en día no se diferencian tanto como creen ellos. Las que empezaron a diferenciarse fueron las series japonesas, que en décadas anteriores trajeron a España Heidi, Marco, Banner y Flappy o La abeja Maya. Las dos primeras eran adaptaciones de libros homónimos, y ofrecían la realidad de los lugares y las épocas en las que se desarrollaban las historias de los que, posiblemente, sean los dos niños más famosos de la historia de los dibujos animados. Las otras dos eran la historia de unas ardillas y de una abeja que vivían situaciones similares a las de cualquier niño, pero desde su visión como animales. Todas ellas se parecían en que eran productos destinados claramente a países occidentales, pero a partir de finales de los ochenta comienza la que podría denominarse “fiebre” anime. Las series puramente japonesas llegaban con fuerza con Los Caballeros del Zodiaco y Bola de Dragón, cambiando así la forma de ver y entender los dibujos. Ninguna de ellas sufrió censura alguna, a pesar de su violencia explícita, e incluso la primera estuvo dentro del programa infantil Superguay presentado por “Miliki” y Rita Irasema. Por último estaban las series norteamericanas, como los Tiny Toon (la versión infantil de los personajes de los Looney Toons: Bugs Bunny, Lucas, el Demonio de Tasmania y el resto de personajes creados por la Warner). Warner también dejó a los Animaniacs y su “spin off” Pinky y Cerebro y la versión animada de Batman. Y, por supuesto, también estaban las reposiciones de las ya clásicas Los Picapiedra, Los Supersónicos y Los Autos Locos. Pero sin duda la que causó mayor furor fue Los Simpson. Fue la serie revelación y comenzó siendo emitida en La 2 por la noche, por su temática más bien adulta y su mordaz crítica a la sociedad norteamericana, que se caracterizaba por unos guiones inteligentes y de una gran imaginación y creatividad, aunque pocos años después se la consideraría una serie más para la programación infantil y pasaría a la parrilla de Antena 3. Es probable que se pregunte qué tenían estas series de especial. Si bien no todas ellas eran de calidad, principalmente las series de adolescentes, el resto sí que lo eran y lo bueno de ellas era que trataban a los niños de tú a tú, no los trataba como a seres inferiores, idiotas e ignorantes. Eran series muy cuidadas, hechas a mano, sin tanto artificio informático como el que hay hoy en día. Porque, ¿qué encuentran hoy los niños en la televisión? El niño de hoy se encuentra con menos programas infantiles, básicamente porque no funcionaban, no tenían audiencia, pues a los niños no les gusta ver a veinteañeros haciendo idioteces y tratándoles como tontos. Ellos quieren ver sus series. Ya no hay Megatrix, ya no hay Club Disney ni Cyberclub porque no vendían. Ahora sólo están Los Lunnis y Comecaminos en TVE, porque al ser una cadena pública no se fija demasiado en la audiencia ni en el share, sino en ofrecer los mejores programas posibles, si bien no siempre lo consigue, pero al menos lo intenta. El resto de cadenas, las privadas, van a obtener audiencia e ingresos, y se han dado cuenta de que la programación infantil no les reporta tanta audiencia como un programa de sociedad. De ahí que ahora Telecinco apenas ofrezca series infantiles y a horas muy tempranas que, la verdad, no creo que puedan ver los niños, por muy temprano que se acuesten. Hoy en día son pocas las series que merezcan la pena. Con el fin de Digimon (serie que todo adolescente debería ver) llegó el adiós a los buenos animes para jóvenes, pues Pokemon es un programa absurdo que idiotiza a los niños y hace que le pidan a sus padres los juegos y demás “merchandising”. Juegos que han provocado más de un problema, como se pudo ver en los telediarios hace algunos años, cuando comenzó el fenómeno Pokemon. Los animes se han ido por el camino más serio. Si bien están en su punto álgido, ya no ofrecen tantas series destinadas específicamente a adolescentes como antes. Sé que les vendrá a la cabeza Shin Chan. Pero no es una serie para niños, por más que Telemadrid y Antena 3 nos lo hayan querido vender como tal. Y no me parece correcto que la emitan por las mañanas, aunque siempre está la opción de que los padres no les permitan verla a sus hijos. Por su parte, las series occidentales han adoptado un claro grafismo oriental, pero no llegan ni por asomo a la originalidad y creatividad de las series japonesas. Y hasta han caído en lo más bajo: versionar series antiguas como, por ejemplo, Las Tortugas Ninja o Batman, sin lograr ni de lejos la calidad de sus originales. No transmiten nada, no enseñan nada, no entretienen, de ahí que no hayan funcionado. Hay una cosa
que me afectó (bueno, creo que a todos los de mi generación) con la
llegada del nuevo siglo: el cambio de Los Simpson de serie adulta a serie
comercial, burda e insípida. Aún así, continúan estando en antena las que
bebieron de los buenos años de esta serie, South Park y Padre de Familia.
Pero lo que no son es series que deban ver los niños, aunque lo hacen
gracias a la falta de respeto hacia ellos por parte de Antena 3 y La
Sexta. Aunque hay excepciones: siempre (o eso espero por el bien de mis
hijos) hay series que se desmarcan, que salen del camino seguido por otras
empresas. Buenos ejemplos son Bob Esponja (a pesar de que se ha dicho de
él que es gay) y Pocoyó. Estas dos series harán historia, yo ya canto sus
sintonías y sé que no soy el único, porque veo en las tiendas a gente de
mi edad, de veintitantos, que miran los productos de estas series y que
hasta se emocionan al verlos. |
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