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ALMUDENA ÁVILA
¿Misiles para todos?
Irán anunció el pasado 9 de julio la prueba con éxito de un misil Shabab-3
con un alcance de 2000 kilómetros suficiente para que, cargados con
cabezas nucleares, pudiesen alcanzar Israel y las bases estadounidenses
en el golfo Pérsico. Tarde o temprano podía pasar. Y más temprano que
tarde iba a haber una reacción por parte de aquellos amenazados por
estas armas. Los israelitas, apoyados por el presidente estadounidense
George Bush, plantean la destrucción de las instalaciones donde
supuestamente Irán está desarrollando sus programas nucleares.
En respuesta a este ataque, posiblemente se desencadenaría una reacción
por parte de Irán, que incluiría misiles contra Israel y contra navíos y
bases americanas que estuviesen a su alcance. Además, dos grupos
extremistas soportados desde Irán, Hezbollah y Hamas, atacarían
poblaciones de Israel desde sus bases en Líbano y la franja de Gaza con
misiles de corto alcance.
Finalmente, un posible cierre del estrecho de Hormuz, por el que pasa el
40 por ciento de la producción mundial de crudo, ocasionaría un alza en el precio
del mismo que dispararía la inflación y provocaría una crisis de
imprevisibles consecuencias en la economía occidental.
Ante este escenario de acontecimientos existen dos puntos de vista
contrapuestos: el de EEUU e Israel, y el de los países árabes. Los
primeros opinan que países con un régimen como el de Irán, dictatorial y
extremista en cuanto a política y religión, no pueden ni deben tener en
su poder armas atómicas ya que resultan un peligro extremo para
Occidente. Por otra parte y al igual que otros países, Irán se siente
con pleno derecho de desarrollar un plan nuclear, que denomina pacífico,
ya que posee la capacidad científica y económica para ello.
Dos opiniones obvias por parte de cada bando y nada lejos de lo que
cualquier persona mínimamente informada sobre el conflicto pudiera
esperar. Sin embargo, ambas posiciones únicamente conducen al incremento
de la inestabilidad en la zona, y mundial por extensión, así como a una
escalada de la violencia, poniendo en peligro un gran número de vidas
humanas y, en el mejor de los casos, provocando un aumento de la actual
crisis económica.
Ante la postura policial de Estados Unidos, creyéndose capaz de
controlar y dictar quién es bueno y malo, quién puede tener armas
nucleares y quién no, se crea en el mundo árabe un sentimiento de
amenaza que hace que se rebele y salgan de su papel de víctimas,
fomentando el extremismo en estos países para luchar contra la idea que
esto genera de Occidente. Este efecto acción reacción incrementa los
niveles de tensión globales que pueden llegar a hacerse inmanejables.
Dado el riesgo que todo ello conlleva para todos los países, hay que
encontrar soluciones que disminuyan la tensión. Para que esto ocurra,
hay que dejar de enfocar la situación desde el punto de vista de
policías y ladrones, vigilantes y vigilados, “buenos” y “malos” en suma.
Hay que intentar que ningún país tenga argumentos que le lleve a
desarrollar capacidad nuclear militar nueva y que los países que ya la
poseen sean capaces de llegar a un compromiso de desarme progresivo.
Utópico, quizás. Pero esperemos que en algún momento el mundo sea capaz
de darse cuenta de que este tipo de amenaza sólo genera una respuesta
agresiva por parte del contrario, sobre todo si se trata de un país
gobernado por regímenes radicales. El mundo sólo puede ir bien si todos
los países disfrutamos de los mismos derechos y tenemos los mismos
deberes. Los países policía deben desaparecer, países como Estados
Unidos e Israel, que se creen poseedores de la verdad y del bien
absoluto, de poder controlar el mundo, fijando las normas para la marcha
de éste.
Los organismos internacionales deberían tener en su mano los mecanismos
para resolver este tipo de problemas. El Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas se creó tras la Segunda Guerra Mundial como un
instrumento para tratar estos casos. Ha funcionado en contada ocasiones,
por ejemplo, el apoyo a Kuwait al ser invadido por Irak. Sin embargo,
este organismo sufre un problema de base, hay cinco países (los
vencedores de la última guerra mundial) que pueden vetar cualquier
resolución por justa que parezca. Este nudo hace dudar de la utilidad de
esta vía para resolver este conflicto.
Sólo nos queda esperar que en algún momento se recurra a la lógica y
miremos atrás para darnos cuenta de que ya que la tenencia de armas
nucleares en la historia no ha traído ningún resultado positivo para la
humanidad, provocando únicamente caos, muerte y sufrimiento a su
alrededor, caminemos hacia un desarme general.
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