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LAURA
TORRADO
Paisajes de la
memoria
La Sierra Norte de Madrid nos
descubre un paisaje anclado en un pasado no tan lejano. Bellos enclaves
históricos sutilmente olvidados en nuestra memoria.
Si accedemos a la Sierra Norte desde el norte, desde la que en su día fue la
antigua carretera de Burgos (Madrid – Irún), a través del histórico puerto
de Somosierra, comprendemos la importancia de este paso tradicional desde el
que se domina la sierra más inmediata y desde el que se siente la cercanía a
la ciudad de Madrid.
Y así debió sentirlo Napoleón Bonaparte, cuando en noviembre de 1808, decide
enfrentarse a las tropas españolas con un ejército de jinetes polacos,
precisamente en este lugar concreto de la Sierra Norte, en el Puerto de
Somosierra, que separa las actuales provincias de Madrid y Segovia, con el
principal objetivo de ganar el paso que les llevaría directamente hacia
Madrid.
En Somosierra todavía quedan restos arqueológicos de la batalla, algunos
documentos históricos y numerosas crónicas que han servido para que este
lugar adquiera la declaración de “Sitio de Interés Cultural”.
Hoy en día Somosierra nos muestra su paisaje más natural, entre montañas,
valles, cascadas y un rico patrimonio botánico de abedules, acebos,
avellanos, arces, serbales, robledales y pinares. Un paisaje que además
debería permanecer siempre presente en nuestra memoria, como escenario único
de acontecimientos históricos relevantes y como testigo de vivencias y
hechos pasados que nunca deberían olvidarse.
El lugar de la batalla es recordado con una placa conmemorativa colocada por
la República de Polonia y por otra placa que recuerda a todos los caídos en
esta batalla, españoles y polacos, en la ermita que hoy se levanta en el
lugar donde concluyó la batalla con la clamorosa victoria polaca.
Aquel acontecimiento marcó un hito en la historia de Francia y España y
debería ser recordado por su importancia y relevancia política, así como por
el lugar estratégico que fue y sigue siendo y que en la actualidad sentimos
de forma muy distinta.
Esta primera aproximación a la Sierra Norte desde un hecho histórico
concreto y muy de actualidad, por la celebración del bicentenario de la
Guerra de la Independencia, me sirve para adentraros en un desconocido y
misterioso tema relacionado con otra contienda de interés, la Guerra Civil,
y con lo que yo he querido llamar “Paisajes de la Memoria”, en referencia a
una serie de elementos que he visto desde siempre dispersos por el paisaje
de algunos lugares de la Sierra Norte y que hasta hace muy poco tiempo no me
he parado a pensar que eran o que significado tenían.
Desde que tengo recuerdos he atravesado con mi familia la Sierra Norte de
Madrid, desde La Cabrera hacia lo que hoy conocemos como la Sierra del
Rincón, para llegar a un pequeño pueblecito de la provincia de Guadalajara.
En estos viajes siempre me fijaba en unas pequeñas y extrañas construcciones
de piedra ubicadas entre las poblaciones de Paredes de Buitrago y Serrada la
Fuente.
Alguien me comentó que eran antiguos “bunkers” o “fortines” de la Guerra
Civil y que había muchos y muy diferentes por toda la zona. Comencé entonces
a interesarme por ellos.
Curiosamente unos pocos meses antes tuve la oportunidad de leer un
interesante libro “Esclavos por la Patria” de Isaías Lafuente, que me sirvió
de base para comprender algunos acontecimientos claves de la cruel contienda
civil, y valorar los restos que aún se mantienen en el paisaje, en muchos
casos ocultos por la vegetación emergente y en todos los casos testigos de
un pasado oculto en nuestra memoria.
Por aquel entonces me hablaron de una Ruta, “Entre Paisajes y Trincheras”
que estaba organizando la Mancomunidad de Servicios Culturales de la Sierra
Norte, y en la cual tuve la oportunidad de participar, para descubrir restos
de la Guerra Civil de uno u otro bando.
Realizamos un recorrido con guías especializados desde Buitrago del Lozoya
hacia “La Peña del Alemán, Parapeto de la Muerte y el Cerro Piñúecar”, donde
se localizan algunos de los ejemplos más interesantes y emblemáticos de
fortines y trincheras de toda la Sierra Norte. Hoy en día todavía visibles e
incluso cuentan con pequeños paneles de interpretación del paisaje y
explicativos del lugar, como base estratégica de operaciones desde donde se
controlaba el paso de Somosierra y las presas y embalses encargadas del
abastecimiento de agua a Madrid.
Desde Piñúecar, nos trasladamos hacia Braojos, un pequeño pueblecito rural
localizado al otro lado de la Autovía de Burgos en cuyo término municipal en
un terreno forestal alejado del pueblo y hacia la montaña, se adivinan en el
paisaje más de cincuenta construcciones entre trincheras, parapetos,
edificios, refugios de personal, fortines o casamatas, nidos de
ametralladora...
Lo interesante de estos restos presentes en el paisaje rural y natural de
Braojos es que gran parte de los mismos se encuentran en perfecto estado de
conservación, y en la actualidad permanecen ocultos o tapizados por la rica
vegetación que ha cubierto el lugar.
Se mantienen atentos al paso del tiempo como testigos fieles de nuestra
historia más dolorosa y cercana y de un pasado que no debemos olvidar.
Tras la Guerra Civil, el régimen franquista inició una serie de
construcciones civiles de interés para el estado que fueron posibles gracias
a la mano de obra de presos republicanos condenados en las distintas
cárceles españolas, presos que eran explotados ya que cobraban al día dos
pesetas, y de éstas, una peseta y cincuenta céntimos era destinada a su
manutención.
Se creó entonces el “Patronato de Redención de Penas por el Trabajo” que
tenía como principal acometido seleccionar aquellos presos más fuertes y más
sanos para que trabajasen en los llamados “campos de concentración
franquista”. Aquellos que Isaías Lafuente llamó “Esclavos por la Patria” en
un libro que ha servido de referente para el análisis de esta desconocida
parte de la historia de España relativamente reciente en referencia al
periodo de posguerra.
Consultando diversas fuentes documentales pude comprobar que los presos tras
la Guerra Civil se agruparon en “destacamentos penales”, “colonias
penitenciarias”, “batallones disciplinarios”, así como en lo que se llamaron
“talleres penitenciarios” y “destinos” dentro de las propias cárceles.
“Esclavos por la Patria” que comienzan a servirle al Estado como fuente de
máxima riqueza ya que serán explotados a través de la realización de todo
tipo de construcciones civiles: hidráulicas (presas y embalses
fundamentalmente), ferroviarias...
En la recuperación de esos “Paisajes de la Memoria”, en el universo cercano
y desconocido de la Sierra Norte de Madrid, puedo intuir la continuidad de
la Guerra, primero en el “Destacamento Penal de Bustarviejo” y luego en
otros muchos lugares que poco a poco fui descubriendo leyendo y releyendo
crónicas y documentos que tenían como nexo común estar relacionados con lo
que se conoce comúnmente como “Ley de la Memoria Histórica”. Una ley
reciente que ha indemnizado por primera vez a los presos de los campos de
trabajo, excluidos en 1990 de otra ley que indemnizó solamente a los presos
recluidos en las cárceles.
En la Sierra Norte de Madrid, destacamos la obra del “Embalse de Riosequillo”
en las inmediaciones de la villa medieval de Buitrago del Lozoya, en un
entorno mágico marcado por las huellas de la historia donde el agua del río
Lozoya se mantiene impasible ante el paso del tiempo.
En este entorno natural y para contribuir y mejorar el abastecimiento de
agua potable a la inmensa ciudad de Madrid que aumentó su población tras la
Guerra Civil, trabajaron más de 200 presos, durante siete años.
En la actualidad el viajero se acerca al bello paisaje natural y cultural de
Buitrago del Lozoya y su “tierra”, y en pocas ocasiones es consciente de la
carga sentimental y humana que supuso la construcción de esta magna obra de
ingeniería. Así estos hechos han permanecido ocultos en la memoria colectiva
de los pueblos, olvidados en el recuerdo por tratarse de acontecimientos
dramáticos y dolorosos.
Otra construcción de gran magnitud fue sin lugar a dudas el remate y
finalización de la complicada línea de ferrocarril Madrid-Burgos, que se
había iniciado en 1930 y que fue definitivamente inaugurada por Franco en
1968 tras el duro trabajo de reclusos repartidos en seis destacamentos
acondicionados a lo largo de la línea.
Pude comprobar también que precisamente en el entorno granítico de la Sierra
de La Cabrera, se localizan varios destacamentos muy desconocidos como los
de Bustarviejo, Valdemanco y entre la Sierra de La Cabrera y el Valle del
Lozoya, el destacamento de Garganta de los Montes.
“Dentro del túnel teníamos que empujar vagonetas cargadas de piedras
mientras nos caía el agua que rezumaba de la bóveda excavada en la montaña.
Cuando ibas al barracón estabas empapado de agua y de sudor. No podías
secarte, la única forma de hacerlo era desnudarse, meterse en el camastro y
colgar la ropa para que se secara”, así se recoge el testimonio de Miguel
Rodríguez, que trabajó en el destacamento de Garganta de los Montes, en el
libro Esclavos por la Patria.
Estos últimos destacamentos a los que estoy haciendo referencia, son
prácticamente desconocidos, aunque existe diversa documentación al respecto,
e incluso hoy en día todavía viven algunos testigos de ese pasado no tan
lejano que nos han ayudado a comprender mejor el paisaje de nuestra sierra,
siempre desde una perspectiva diferente.
En la actualidad un equipo de arqueólogos está trabajando en un proyecto de
reconstrucción de la vida del destacamento penal de Bustarviejo analizando
los restos que aún perduran bajo los edificios y barracones que todavía
existen. El gobierno local del ayuntamiento apoya el proyecto con el posible
objetivo de la creación de un Museo de la Memoria.
Una de las personas que más ha contribuido desde su literatura al
conocimiento de estos “Paisajes de la Memoria”, ha sido Manuel Rico, como
periodista y escritor comprometido con la memoria histórica de nuestro
reciente pasado en general y con la memoria histórica de la Sierra Norte en
particular.
“He pasado muchas temporadas en el valle de Lozoya, así que me sorprendí
mucho cuando un alguacil de un pequeño pueblo de la Sierra me narró sus
recuerdos sobre el campo, cuya existencia yo desconocía. Ese fue el punto
inicial de la novela, ya que me di cuenta de que no se sabe apenas nada
sobre estos lugares”, explicó el periodista y crítico de poesía en el
suplemento Babelia de El País.
“Hubo 122 campos con más de 5.000 presos. Eran igual de horribles que los
nazis que coexistían en Europa y, sin embargo, apenas los conocemos”,
añadió. “La gran diferencia es que en los europeos estuvieron recluidos
muchos intelectuales que luego contaron al mundo su horror, mientras que
aquí eran casi todos gente muy humilde y con escasa formación, que luego no
escribieron su experiencia”.
SOBRE LA LITERATURA Y SU CONEXIÓN CON LA HISTORIA
PREGUNTA.– Como periodista, ¿qué significa para
Manuel Rico la literatura? ¿Entiende la literatura como una forma de vida,
como una búsqueda constante?
RESPUESTA.– Para mí, la literatura es una forma
de entender el mundo, de encontrar sentido a la existencia ante el acoso del
tiempo. Una forma de detenerlo quizá… El lenguaje como instrumento de
búsqueda en la trastienda de nuestra vida, de nuestros miedos. Desde ese
punto de vista, aunque mi labor profesional sea otra, lo cierto es que la
literatura no ha dejado de acompañarme desde mi adolescencia. Ha sido, en
buena parte, una forma de vida y ha sido una búsqueda permanente
P.– En casi todas sus obras, bien se trate de
narrativa, poesía o ensayo, la historia siempre parece estar presente.
¿Existe para Manuel Rico una conexión real entre Literatura e Historia?
R.– Decía Antonio Machado que la poesía “es
palabra en el tiempo”. Y el tiempo se compone de hechos, de experiencias
concretas, de sentimientos, es historia en el sentido más integral y
profundo de la palabra. Creo que la literatura, en la medida en que nos
sirve para explicarnos el mundo, está vinculada a la Historia. Nos ayuda a
ver y a sentir aquello que no puede explicarnos la economía, o la ciencia
histórica, o la sociología: las emociones, los misterios, la experiencia
humana más íntima, lo que está más allá de la Historia como suma de
acontecimientos, de nombres propios, de fechas. La literatura entra en el
núcleo de la vida…
P.– El hecho de que Manuel Rico dirija una
colección específica de poesía resulta significativo, ¿qué significa para
Manuel Rico la poesía? ¿Entiende la poesía como compromiso con la sociedad?
R.– Es la médula espinal de la literatura. Su
proteína. Para mí es la depuración de la experiencia a través de un lenguaje
revelador que transmite una emoción a veces inexplicable. Entiendo no sólo
la poesía, sino toda labor creativa como un compromiso con la sociedad.
También con la propia literatura. Aunque, todo hay que decirlo, su capacidad
para cambiar el mundo sea mínima.
P.– Narrativa, poesía, ensayo, crítica
literaria son algunos de los géneros que Manuel Rico domina. ¿Con cuál de
todos es con el que se siente más cómodo y más comprometido?
R.– Sobre todo, en todo lo que implica
creación. Es decir: en la narrativa y en la poesía. El ensayo y la crítica
son complementos necesarios con los que intentando analizar o indagar en la
obra de otros pretendo explicarme el sentido de la poesía, de mi propia
poesía. De mi propia literatura.
SOBRE LA MEMORIA HISTÓRICA
De alguna manera en gran parte de de la obra literaria de Manuel Rico
aparecen claras referencias a la Memoria Histórica, al conocimiento de
hechos y lugares relacionados con nuestro pasado más inmediato, con la Guerra
Civil y el periodo de la postguerra y con la necesidad desde su interior de
hablar del tema abiertamente, contribuyendo a la recuperación de un pasado
que no debe permanecer en el olvido. Los destacamentos penales de Bustarviejo y de Garganta de los Montes, son algunos ejemplos sobre los que
Manuel Rico ha trabajado y ha mostrado especial interés en contribuir a su
conocimiento.
P.– ¿Qué opina Manuel Rico de la Ley de la
Memoria Histórica?
R.– Que es una ley imprescindible que ha
tardado demasiado tiempo en aprobarse. Que, lamentablemente, se aplicará
lentamente y con contradicciones, que su concretará, en muchos lugares,
desafiando al miedo, al dolor y a un silencio que, el propio miedo acumulado
en la posguerra, ha hecho que, incluso en las familias de los vencidos en la
Guerra Civil, sea una constante de generación en generación. Por tanto, todo
debemos empeñarnos en que se aplique. Por supuesto, no con afán vengativo,
sino de reconciliación, de restitución de una memoria que ha sido enterrada
demasiado tiempo.
P.– ¿Cree que es necesario, de cara a la
conservación y preservación de los restos existentes, que la administración
lleve a cabo de forma urgente un catálogo de restos, acompañado de una
normativa específica de conservación de este patrimonio histórico?
R.– En Alemania o en Italia, sería inconcebible
que campos de trabajo o lugares en los que penaron miles de presos a causa
de una y otra dictadura, no contaran con una placa o con un símbolo de
homenaje a tanto sufrimiento por la libertad. Creo imprescindible ese
catálogo y creo imprescindible esa normativa. No es de recibo que haya
pueblos en los que las nuevas generaciones crezcan sin saber que en las
afueras o junto a una estación de ferrocarril, hubo cientos, cuando no miles
de presos sometidos a trabajos forzados, condenados a ser víctimas de
enfermedades y de hambre o a morir en accidente, o de frío, redimiendo penas
por el “delito” de defender la democracia o estar afiliado a un sindicato o
a un partido de izquierdas.
P.– ¿Cómo debería encauzarse la divulgación de
este tipo de lugares, con sus correspondientes explicaciones históricas, al
gran público? ¿Piensa que es interesante y necesaria la creación de museos,
centros de estudio e itinerarios históricos?
R.– Por supuesto. Creo que en municipios que
tuvieron, durante largos años, campos de trabajo, destacamentos penales o
parecidas “instalaciones”, debería existir esas dotaciones. No es de recibo
que hijos o nietos de ciudadanos que murieron o pasaron años de condena en
esos campos no tengan un lugar al que acudir para rendirles tributo o,
simplemente, para saber cómo fue su vida. Casi siempre, quien decide
recobrar esa memoria se encuentra ante unas ruinas en medio del campo, o
ante un descampado del que ha desaparecido todo vestigio o sobre el que se
han construido nuevos edificios enterrando cualquier asomo de aquella
memoria. Eso no ocurre en ningún lugar de Europa.
P.– Desde una perspectiva actual y ya pasado un
tiempo desde la Guerra Civil y los acontecimientos de la postguerra y en
medio de la polémica por la Memoria Histórica, ¿cree Manuel Rico que es
posible desvincular la iniciativa de la Ley de Memoria Histórica de
connotaciones políticas?¿Se puede contribuir a ello en todo caso desde la
literatura?
R.– Es muy difícil, no imposible. ¿Cuándo será
posible dejar de lado las connotaciones políticas? Pues cuando la derecha se
sienta tan comprometida con la democracia que llegue a asumir que las
víctimas republicanas de las posguerra, generadas por una dictadura feroz,
son también víctimas que les pertenecen. Al fin y al cabo defendieron una
democracia en la que cabrían todas las opciones políticas e ideológicas,
incluida la derecha. Es decir: lucharon por una sociedad como la que hoy
articula nuestra Constitución. Desde la literatura, claro que se puede
contribuir. Desenterrando lo que se enterró, indagando en la experiencia
colectiva, escribiendo novelas que vinculen nuestro presente con aquel
tiempo sombrío…. Eso sí: haciéndolo con un lenguaje revelador, literario.
Eso es lo que diferencia la literatura del periodismo, de la crónica, de la
historiografía…
LA SIERRA NORTE DE MADRID Y LOS PAISAJES DE LA MEMORIA
P.–
¿Es para Manuel Rico la naturaleza fuente
fundamental de inspiración para su obra literaria?
R.– Por supuesto. Creo que el ser humano
procede de la naturaleza, forma parte de ella y de ella recibe cuanto le
permite vivir. En mi caso, el paisaje, las experiencias vividas en lugares
que han marcado mi existencia son esenciales en mi obra. No sé si llamarlo
fuente de inspiración. Yo diría que es el telón de fondo que da vida, que
concreta la realidad de los personajes.
P.– En la obra de Manuel Rico Trenes en la
niebla, se combinan perfectamente realidad y ficción, ya que la trama gira
en torno a un campo de concentración franquista muy desconocido para la
mayoría, ubicado en el Valle del Lozoya, más concretamente en Garganta de
los Montes. ¿El hecho de localizar en la novela topónimos y lugares reales
es una forma de contribuir desde la narrativa al conocimiento de unos hechos
históricos que han permanecido en el olvido?
R.– Yo creo que contribuye a que el lector
tenga un referente claro en la realidad geográfica y en la realidad
histórica. En esa novela, hay dos pueblos (que, además, aparecen en otros
libros míos) que son Brezo y Fresneda que sirven de apoyo a la parte
imaginaria de la historia. Pero como no quiero evitar equívocos y quise
dejar constancia de que el campo de concentración (lo llamaban
“destacamento”) existió en ese pueblo, escribí un prólogo para contar la
parte de historia real, verídica que hay en la novela. Y en el epílogo doy
todo género de detalles sobre el campo y sobre la construcción del
ferrocarril a Burgos, la obra a la que los presos estaban condenados.
También en mi libro viajero Por la sierra del agua.
P.– En la última novela de Manuel Rico,
Verano, igualmente ambientada en un pueblecito rural del Valle del Lozoya,
las descripciones paisajísticas son según Ángel Luis Prieto de Paula en una
reciente crítica literaria aparecida en el suplemento Babelia de El País,
“de una belleza que le roba el alma a esta novela”. ¿Son las descripciones
paisajísticas de Verano fruto de la observación directa de la naturaleza o
fruto de la imaginación del autor? ¿Cree Manuel Rico que ciertos paisajes de
la Sierra Norte deben recuperarse desde el olvido y así conseguir una nueva
interpretación del paisaje desde la memoria?
R.– Los paisajes de Verano son fruto de la
observación, del viaje y la caminata por estas tierras y de la memoria que
he ido acopiando desde que dejé la adolescencia y descubrí, en compañía de
mi padre, el valle a principios de los años 70. Siempre me ha fascinado la
existencia, junto a una ciudad del siglo XXI como Madrid, de los paisajes
del Valle y de la Sierra Norte, con amplios territorios con una densidad de
población que no llega a los 5 habitantes por kilómetro cuadrado, con
pueblos semiabandonados en las zonas más recónditas de la montaña, con una
arquitectura que procede del pasado. Creo que no se trata sólo de
interpretar el paisaje desde la memoria. Se trata, también, de mirar al
futuro y proteger un espacio natural de primer orden, de salvarlo de la
especulación (gran parte de su territorio queda dentro de lo que será el
Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama), de que tenga un crecimiento
sostenible como corresponde a un ámbito natural sin parangón en España. Eso
será bueno para la literatura y lo será, sin duda, para la vida cotidiana.
De sus pueblos y, por derivación, de la Comunidad de Madrid.
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