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ANTONIO
VIDAL
VIDAS EJEMPLARES
San Longinos
En el capítulo anterior, se rememoraba la vida de la Santa Patrona de la
profesión: Santa Apolonia, y en él se apuntaba la existencia de algunos
otros santos que podían tener tantos méritos, o más que ella, para ser
ejemplo en el santoral propio de los dentistas, (ya no odontólogos, ni
estomatólogos, ni siquiera odontoestomatólogos, que ya se las traía).
Entre estas otras santas personas merecedoras de nuestra devoción, destaca
con luz propia un hombre que es más conocido por otro episodio
importantísimo, que no es otro que la pasión de Nuestro Señor.
San Longinos, cuya fiesta se conmemora el día 15 de Marzo, aparece como
participante activo en los últimos momentos de la estancia material de
Jesús en La Tierra como el centurión que, al mando de algunos soldados y
por orden de Pilatos, hizo guardia ante los aquel día crucificados, nada
menos que nuestro Jesús y los dos ladrones o, según los nuevos estudiantes
de la LOGSE, los dos guardaespaldas, que, como se sabe, fueron Dimas (el
bueno) y Gestas, el malo.
Para mas “inri”, resulta que Longinos fue el romano que dio la lanzada en
el costado al expirante Jesús en la cruz y lo que sucedió, milagrosamente,
es que al ver el oscurecimiento del sol, el terremoto y todos los demás
fenómenos que ocurrieron en aquel momento, el, hasta ese momento, esbirro
(siempre según Jacobo de la Vorágine) se convirtió al cristianismo en un
pis pas. Otras fuentes propugnan que el lanzazo se le propinó para
demostrar a la Virgen y las otras mujeres que Jesús ya no sufría porque ya
había muerto. Sin embargo, esta versión no es demasiado fiable y,
personalmente, me inclino a pensar que es un añadido posterior para
justificar la santidad que se le concedió.
También se cuenta que al clavar su lanza en el costado de Jesús, algunas
gotas de sangre le cayeron en los ojos y, siendo Longinos bastante cegato,
no sabemos si présbita, miope o hipermétrope, (según las crónicas
coetáneas, por eso era el hazmerreír de su clase cuando era pequeño) en
ese momento, oh prodigio, gracias a esas gotas de sangre divinas, que
actuaron cual colirio ‘Óculos’ milagrosas, recetadas por oftalmólogo
privado, que no del seguro, (entonces, igual que ahora, los que curaban
bien eran los de pago, no como los profesionales de la Seguridad Social,
ahora flamante Servicio Murciano de Salud, que no curamos nada), le
sanaron. Nuestro esbirro, desde entonces santo, cual operado con láser o
así, adquirió una visión estupenda. Ya no tenía presbicia (parece que era
mayor), ni miopía, ni nada que le impidiera ver, por lo que decidió
convertirse a la fe cristiana sin pensarlo más.
No está muy claro qué fue lo primero en este caso, como en lo del huevo o
la gallina, si lo que le curó y le convirtió fue el arrepentimiento de la
lanzada en el costado a un inocente moribundo, o lo de las gotas de
sangre, “colirio”, en los ojos.
El caso es que se hizo cristiano para los restos.
Renunció a la milicia, a pesar de ser centurión y amigo de Pilatos (el
cual también es santo, curiosamente, y de lo cual podemos saber más en
próximos capítulos de estas Vidas Ejemplares) y, con un par, se fue a
Cesárea de Capadocia después de ser instruido por los apóstoles (se supone
que por aquellos que todavía no habían salido corriendo, huyendo para que
no les pasara lo mismo que aquel a quien habían asegurado ser fieles y
leales: Jesús).
El caso es que no sabemos qué apóstoles le instruyeron, pero viajó a
Capadocia y allí parece ser que permaneció durante veintiocho años, más o
menos, haciendo vida monástica y convirtiendo a muchos a la fe de Cristo,
lo que desde el punto de vista actual parece difícilmente compatible (unir
la vida monástica y lo de convertir al personal), pero así es relatado
según la principal fuente de estas crónicas acerca de los santos que en
estas Vidas Ejemplares se relacionan con la profesión de los dientes: “La
Leyenda Dorada”, de Jacobo de la Vorágine, de la que se extraen todos los
datos aquí expuestos, salvo algunas digresiones, un tanto frívolas quizá,
que me permito añadir sin faltar a la exactitud de lo que el cronista
relata en esa magnífica e instructiva obra.
Y después de lo milagrosamente oftalmológico, viene lo verdaderamente
milagroso “dentísticamente” hablando, según la última reforma de los
Ilustres Colegios.
El gobernador de aquella lejana provincia, que debía estar harto de que
convirtiese a la fe de Cristo a la gente, le detuvo y, como siempre pasaba
entonces con los santos, trató de obligarle a que ofreciera sacrificios a
los ídolos, lo cual era costumbre arraigada en la época entre los
gobernadores romanos de cualquier sitio, como se irá viendo. El
protagonista de nuestra historia, naturalmente, se negó. Y ahora viene lo
interesante, o sea, cuando matan a la chica en las películas: el
gobernador, investido de la autoridad que le confería su cargo y vista la
negativa de nuestro protagonista a hacer lo que le pedía, mandó que le
arrancasen todos los dientes y le cortasen la lengua.
Este hecho nos informa de que, aunque la patrona de los dentistas sea
Santa Apolonia, hay otros santos, como éste, que también merecerían ser
reconocidos por nosotros porque, ¡ojo!, hay más cosas. San Longinos, a
pesar de esas terribles mutilaciones, no perdió la facultad del habla, y
siguió combatiendo la idolatría. El que, a pesar de faltarle todos los
dientes y la lengua, con lo que eso supone para el aparato
estomatognático, siguiera convirtiendo a la fe y, lo que es mas
importante, viviendo, nos hace pensar en lo poco probable que parece el
que pudiera seguir combatiendo la idolatría, salvo que ya se utilizase el
idioma de las manos y hubiera un traductor a su lado, como lo hay en
algunos programas de televisión.
Parece extraño según la mentalidad del siglo XXI, pero es que entonces, en
aquellos primeros años del cristianismo, ésto y otras cosas parecidas (si
no más raras) eran habituales, según todas las crónicas. Que lo creamos o
no, ya es cosa de la fe, o sea creer en lo que no vemos, ni sentimos, ni
racionalmente somos capaces de pensar como posible, pero esa es otra
historia.
El gobernador debía ser un alma cándida, porque Longinos, que siempre
según las referencias aludidas y sin saber cómo ni de qué forma había
escapado de la persecución a la que había sido sometido por el dirigente
romano, siguió combatiendo la idolatría. Es más, en cierta ocasión, con un
hacha, destrozó las imágenes de aquellas supuestas falsas divinidades, lo
que me parece que ya es rizar el rizo, caramba. Lo que sigue puede parecer
increíble, pero el caso es que San Longinos, a la voz de “ahora veremos si
estas estatuas representan a dioses verdaderos” se lió a hachazos con
ellas, y lo mejor del cuento es que los demonios que se albergaban en
ellas salieron de las mismas para alojarse en el cuerpo del gobernador y
de sus secuaces. Éstos, con el juicio trastornado (lo cual no es nada
extraño dadas las circunstancias en que los hechos se desarrollan),
acudieron a postrarse ante Longinos, el cual preguntó a los demonios, tal
cual se lee en las crónicas contemporáneas suyas: “¿por qué moráis dentro
de los ídolos?”.
Muy apropiada pregunta a fe mía, si es que la tengo, pues ¿cómo, desde el
punto de vista de un cristiano, puede haber algo, malo o bueno, dentro de
un ídolo? Pues bien, hete aquí que los demonios contestaron que ellos
solían refugiarse en sitios donde nunca se pronunciase el nombre de
Cristo, lo que también es, por lo menos, curioso pues, dado el escaso
tiempo transcurrido desde la muerte de Jesús, no hubiera sido lógico que
mucha gente pronunciase su Santo Nombre, ni siquiera que lo conociese, por
lo que los demonios, se supone, tendrían una infinidad de alojamientos en
aquellos tiempos, y mucho más con anterioridad, cuando Jesús no había
aparecido públicamente, ni siquiera nacido.
Nuestra historia sigue con Longinos dirigiéndose al gobernador que,
naturalmente, desde que el demonio entró en su cuerpo, se había vuelto
loco y de propina ciego (no sabemos si con Parkinson además, pero se lo
merecía por tonto). San Longinos, caritativo él, como corresponde a
cualquier santo que se precie, le dijo: “Tu sanarás, pero después de que
me hayas dado muerte, porque me matarás. Mas en cuanto me mates rogaré por
ti y obtendré del Señor la salud de tu cuerpo y de tu alma”. No entiendo
por qué, pero así fue. El gobernador vio entonces el cielo abierto pues,
de una tacada, se libraba de él y de paso se curaba, así que sin más
dilación dio orden de que lo degollaran, que era el mejor método para
librarse en aquellos tiempos de los que después serían santos.
En cuanto la cabeza de Longinos se separó del cuerpo, gracias a un hachazo
certero de algún romano que no creía en esas cosas, el gobernador se
postró ante su cuerpo (no se sabe si abrazando la cabeza o no, eso no se
relata) y, llorando copiosamente, hizo penitencia, ignorándose de qué
clase y por cuánto tiempo. Así, recobró la vista, dejó de estar loco, se
convirtió y se dedicó a hacer buenas obras el resto de su vida. No me ha
sido posible comprobar la veracidad de la historia de este santo, pero hay
que reconocer que bonita sí es y, además, nos hermana en patrón con los
oftalmólogos (¿u oculistas?).
Un camino diferente siguió la lanza de este santo, que ha sido objeto de
veneración a lo largo de los siglos. Incluso se ha llegado a considerar
como objeto de poder. Hitler, muy aficionado al esoterismo, lo primero que
hizo al anexionarse Austria fue ir al museo de aquel país donde se
guardaba el arma y hacerse con ella.
Existen varias “verdaderas” lanzas, representándose aquí una de las más
conocidas, la llamada lanza de los Habsburgo.
No sólo estos santos están relacionados con la profesión. Hay varios más
y, si ellos y los demás lo permiten, nos ocuparemos de sus interesantes
peripecias en siguientes capítulos de estas Vidas tan Ejemplares.
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