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CECILIO URGOITI Consideraciones
a la modernidad y su crisis La “modernidad” fue un proceso que se inicia en la órbita europea, a partir del siglo XVI. Sobre todo, por querer desasirse de las creencias y del pensamiento medieval que, dentro de sus principales postulados, ponía a Dios en el centro de todo. Así comienzan a brotar diversos pensadores y teorías que obstruían o simplemente no se sometían a la idea de un “ser superior”. Más bien, ponían todo el interés en el ser humano, el cual, y a partir de su razón, era capaz de progresar y realizar lo que entendiera por sus propios medios. Es así como se inicia la razón instrumental, contraria a la cognición contemplativa: todo podía ser conocido a través de la matemática, es decir, todo podía ser entendido en lenguaje binario. Lo instrumental pone el énfasis en el valor operativo del proceso, le permite al hombre controlar y dominar, saber el coste y el patrocinio de las acciones. Pero no sólo en el campo religioso, con las 90 tesis de Lutero, se advierten los cambios. Estas transformaciones acontecen también en la ciencia, la tecnología, la política, la economía, en la sociedad y asimismo en la cultura. La modernidad se hizo presente, tratando de romper con todo lo establecido y además instituir algo completamente nuevo, que ponía esta vez al hombre en el centro de todo. De esta manera el hombre fue acaparando cada vez mayores conocimientos, de tal forma que se llegó a un punto que, en palabras de Max Weber, “se desencantaría del mundo”, es decir, que ya no tendría interés por conocer nada nuevo, puesto que ya no habría nada más que conocer. La razón acapara todos los ámbitos y así va dejando de lado lo mitológico, lo ficticio y lo oculto, cerrándole toda cabida en el conocimiento. Por tanto, todo se vuelve racional y surge también la idea del progreso ilimitado: el hombre, a través de la tecnología, jamás agotaría las posibilidades de progresar e ir creando cosas, que se le antojan infinitas. Igualmente, personajes como Rousseau, Voltaire, Montesquieu, etc., comienzan a ganar un lugar dentro del pensamiento europeo, principalmente por sus ideas de libertad e igualdad para todos los ciudadanos. Estas ideas ágilmente comienzan a trasladarse a otras partes del mundo, generando grandes cambios. Así, la independencia de las 13 colonias de Norteamérica tienen un gran contenido ideológico derivado de estas ideas. Y no sólo en Norteamérica, sino que también en nuestro propio continente estas ideologías fueron tomadas por sus pobladores y adaptadas a su propia realidad. La Revolución Industrial juega un papel significativo en este cambio, llamado modernidad. Las mutaciones que se producen a nivel industrial hacen brotar una nueva forma de concebir el trabajo y las relaciones laborales. Todo se revierte más mecanizado, puesto que la producción se hace en forma agrupada. También surgen distintas clases sociales, que en palabras de Marx, se dividen en una clase dominante (burguesía), que concentraba todo el capital, y una clase dominada (proletariado), integrada por los explotados de la clase todopoderosa. “El contenido de las transformaciones que la modernidad ha producido se traducen en los logros de la burguesía revolucionaria, que puso fin a todas las relaciones idílicas, patriarcales y feudales, y substituyó las relaciones personales por el nexo del dinero, que ahogó los fervores religiosos, los entusiasmos caballerescos y los sentimentalismos filisteos con el agua de los cálculos egoístas, que resolvió el valor de la persona en el valor de cambio, que en lugar de las numerosas libertades reconocidas públicamente estableció la libertad de comercio, que despojó de su halo a todas las ocupaciones honorables, que arrancó de la familia su velo sentimental y que no puede vivir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción”. A partir de esta explicación nos damos cuenta de cómo la modernidad trae, al parecer de Marx y Engels, una serie de consecuencias en las formas de relación social. Es así como se van imponiendo diversos sistemas económicos, en especial uno que ha prevalecido sobre los demás, a pesar de sus grandes crisis. Me refiero al capitalismo, que es un sistema que va a prevalecer durante toda la época moderna, donde el mercado es el que controla todo y el Estado es un simple observador, al menos en una primera fase, ya que a partir de la segunda década del siglo XX, cuando se vive una de las mayores crisis del capitalismo, se deja mayor intervención al Estado como regulador del mercado. Para no desplazarme del argumento, retomaré lo que aludía anteriormente con respecto a la permuta que se produce en el individuo. A partir de las ideas ilustradas, las personas fueron creando una autoconciencia que no existía anteriormente. El hombre se va volviendo cada vez más conciente de sí mismo y de sus capacidades para crear cosas nuevas y autodeterminarse. Va tornándose cada vez más confiado en su capacidad debido, entre otras circunstancias, a todo el descubrimiento científico que se va produciendo. El hombre va ensanchando su capacidad y se da cuenta que se diferencia de los demás seres de la naturaleza. Por ser el centro. Por gozar de razón. A pesar de todas estas cualidades, que señalaremos como positivas, la modernidad va cayendo en crisis cuanto más avanza el tiempo. Surgen diversos autores con ideas nuevas que van a contrariar ciertos aspectos que se fueron derivando a partir de este proceso. Un caso de esto es lo que señala Giddens, referido en el texto de Jorge Larraín, al decir que con “la modernidad se produce una separación entre el tiempo y el espacio”, destacando que la modernidad “tiene abiertos espacios ilimitados a nivel global, lo que permite que ahora nos podamos comunicar de diversas maneras con sujetos ausentes, sin necesidad de recurrir a la interacción cara a cara”, algo que de forma virtual ya hacemos. A la vez, este mismo autor se refiere a “la desarticulación que producen elementos como el dinero, el cual permite las transacciones entre agentes separados por el tiempo y el espacio”. Sin embargo, no se puede dejar de mencionar que a pesar de todo esto la sociedad moderna siempre está en continuo cambio, a diferencia de las sociedades premodernas, que siempre estaban ligadas a lo tradicional. Los avances logrados permiten que los nuevos conocimientos se vayan aplicando a la sociedad, al mismo tiempo que ésta los asimila y los aplica a su propia realidad. Un autor que es crucial para entender la crisis de la modernidad es Nietzsche, quien con su célebre frase “Dios ha muerto” muestra cómo, a partir del siglo XIX y XX, la gente va perdiendo la fe en esta supuesta modernidad y se da paso a un nuevo proceso que se llamó la postmodernidad. El progreso tan esperado fue perdiendo su dirección y los resultados que se pensaban de éste tampoco fueron los esperados. Es así como los filósofos que surgen con la postmodernidad fueron tan negativos en su pensamiento, para la religión y no para la ciencia. El hombre ya no creía en nada, con todos los procesos históricos que se fueron desarrollando a lo largo del siglo pasado: las dos guerras mundiales y sus cíclicas crisis económicas, por citar ejemplos de trascendencia planetaria. Los individuos fueron perdiendo la ingenuidad en los cambios. La modernidad había llegado a tal punto, que se comenzó a pensar en su fracaso y de paso llevó al desengaño del hombre. Esto es lo que Nietzsche llamó nihilismo. Cuestión destacable en Nietzsche es, asimismo, su concepción de lo “apolíneo” y lo “dionisíaco”; es decir, los dos extremos de la realidad. Por una parte lo bello, lo racional, el orden, la mesura, etc., representado por el dios griego Apolo. Y por otra parte, la otra cara de la moneda, representada por Dionisio, el cual personifica la mística, la embriaguez, la pasión, la euforia, etc. Así, pues, este último se acerca a aquello que se había perdido con la modernidad, e intenta rescatarlo a partir de que el hombre rompa con todas las barreras. Otro “prodigio” que aparece con la postmodernidad es la conocida globalización de hoy, un “asunto que se ha convertido en un proceso de intensidad creciente que induce causas de cambio más y más aceleradas de tipo global en variadas dimensiones”. Este proceso ha sido fuertemente criticado por algunos y alabados por otros. Pienso que la globalización es humana si fuera despojada de la coletilla económica, sin la cual –también es verdad– no seria “nada”. De la globalización destacaría, por ejemplo, las facilidades que proporciona en las relaciones con las demás partes del mundo y su permisividad para estar en constante unidad de conocimiento. Por tanto, la globalización ha aportado rasgos positivos. Pero en otros aspectos también han sido negativos. Y negativo es buscar a diario explicaciones que nada explican, tales como que no hay crisis económica, sino reajustes de la economía o, dicho en palabras de Zapatero, una “desaceleración profunda” ante la que “se van a tomar medidas para estimular la economía del país”. Hasta ahí podríamos llegar, que no se tomaran, puesto que Gobierno socialista tiene la obligación de intervenir. O como sostener que no se iba a hacer un trasvase, sino una "conducción" de agua del Ebro desde Tarragona a Barcelona cuando más apretaba la sequía. O como plantear que “el superávit de la economía española” en la anterior legislatura “permitirá que no notemos la crisis”, para a renglón seguido decir que “con los cuatrocientos euros” de la promesa electoral “se acabó el superávit”. Finalmente, sobre la crisis de la modernidad me referiré ahora a la ideología, entendida en un principio como “una noción que se usa para defender a la razón, para criticar todas aquellas ideas que no son progresistas, que no ayudan a controlar a la naturaleza en beneficio de los seres humanos”. Pero esta idea rápidamente se descartó. Y así, la ideología se transforma en el arma crítica de la razón, en un verdadero obstáculo, puesto que en un determinado momento la ideología se transformó en la antítesis del raciocinio. Por tanto, la “ideología ya no es una ciencia sino más bien un tipo especial de pensamiento falseado que, ocultando los problemas y contradicciones de la sociedad, pone obstáculos a las fuerzas emancipadoras”. Y junto al concepto de ideología surge el de hegemonía, desde la que se transmite la ideología dominante. Es decir, cuando el grupo que controla el poder intenta transmitir y mantener las relaciones de dominación social a través de formas simbólicas, tales como los actuales Medios de Comunicación de Masas. A partir de estas formas simbólicas se intenta llegar a la sociedad y así expandir y estabilizar los modelos sociales. En resumen, la idea de modernidad funcionó en su momento, pero llegó otro momento en que las cosas se escaparon de las manos. Y esto por varias razones: la sociedad fue evolucionando, los ideales que se tenían en un principio no dieron el fruto esperado, y el progreso finalmente siguió una dirección que tampoco se había considerado. Es así como los pensadores más contemporáneos tienen una visión cada vez más crítica de la modernidad, llegando incluso a afirmar que este proceso simplemente habría llegado a su fin con la postmodernidad. Y ésta a su vez tendrá su fin cuando nos concienciemos de que está adulterada y, por qué no decirlo, manipulada. Recordemos que la economía es una ciencia empírica y que, como tal, la solución a los problemas tenemos que buscarlos con la mirada puesta en el futuro, pero sin perder de vista el pasado. Aplicando viejas recetas a las nuevas dificultades, teniendo presente que la inflación y la deflación ni son buenas ni malas, son mecanismos aplicables a la hora de pensar en el bienestar. La globalización económica está inspirada en el neoliberalismo y esta ideología está imbuida por su implantación hegemónica, con lo que no va a parar en su intento. Que no es otro que más dinero para ellos, los de siempre. El
neoliberalismo se enmarca en la tendencia que considera el Estado como un
obstáculo a la libertad. Es la realización política de la apuesta por los
intercambios mercantiles, una creencia esencial en la libertad humana,
pero totalmente falseada, pues en realidad a lo que considera libre de
cualquier tipo de traba es al mercado, así como fundamento de lo social.
De ahí su sacralización. Pido al Gobierno que ponga cuidado y no actúe con
frivolidad. Frases como “el dato es grave, pero tampoco espectacular”, es
más de inspiración neoliberal que socialista.
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