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DIANA MORENO GARCÍA La guerra de la litrona
En nuestra sociedad el fenómeno del botellón es, por así decirlo, la última rebelión a la que unos jóvenes sin conciencia política, apáticos, hedonistas, ajenos a un contexto político represor, y que aún así desean en lo íntimo desmarcarse como rebeldes, pueden aspirar. Metro de Tribunal, un viernes a las diez de la noche. La parada del metro muta su uso cotidiano para convertirse en punto de reunión de cientos de jóvenes. La plaza del Dos de Mayo se va llenando poco a poco de grupos de amigos de edad entre los 13 y los 25 que planifican la noche, que reúnen contactos, que cargan con bolsas de plástico en las que disimulan botellas, vasos y hielo. De igual manera, Fuencarral, Moncloa, Malasaña, Huertas, Lavapiés y alrededores se transforman en un hervidero de gente que se prepara para una larga noche de fiesta. Son apenas las diez de la noche, y ya podemos pronosticar que unos 300.000 jóvenes se reunirán durante este fin de semana en las calles de Madrid, donde se consumirán unos dos mil litros de alcohol y se emborrachará uno de cada tres menores madrileños que salga. Que 120 personas serán atendidas por intoxicación etílica, de las cuales un 80% serán jóvenes, ya que la edad de inicio al alcohol en España es de 13 años. Que este fin de semana Tráfico “cazará” a 70 conductores bebidos, y que unas veinte personas de entre 16 y 35 años morirá en las carreteras por culpa del alcohol. Detrás de estas estadísticas hay una realidad que dista mucho de la frialdad de un número: cientos de “primeras veces”, cientos de “ocultarlo a los padres”, cientos de vomitonas, de resacas, cientos de noches de las que no se olvidan. En las calles del centro, la edad de los transeúntes se reduce; todo se llena de chicos y chicas jóvenes, ellos arreglados, ellas maquilladas y burlando el frío con sus minifaldas. Se asoman ya los elementos clásicos de la noche joven madrileña: “gorilas” en las puertas de los pubs; grupos de amigos aún sobrios que recolectan números de teléfono y buscan un plan que les alivie del estrés de la semana; los puestos de los “lateros”, limitados a una simple caja de cartón sobre la que colocan su mercancía (latas de cerveza, bocadillos y, en ocasiones, comida asiática). En Chueca, Malasaña y Huertas empiezan a llenarse los pubs, de los que asoma música de todo tipo. Los grupos de amigos que prefieren por cuestiones económicas emborracharse primero en la calle antes de entrar a un pub aprovechan los parques tranquilos o los rincones más ocultos para instalar su “reunión”; de vez en cuando algún coche de policía hace emprender la huída a más de uno, añadiendo más aventura a la fiesta. En definitiva: otra noche en la que diversión y autodestrucción irán de la mano. En medio de la marabunta de jóvenes que a simple vista parecen muy similares, encontramos historias realmente disímiles. Javi es un chaval de 16 años que se considera “anarquista y antisistema”; lleva la cabeza afeitada y una camiseta con un slogan antinazi. Bebe en la calle porque le sale más barato, porque le gusta el ambiente. “En los bares nos clavan por un trago, por eso bebemos aquí fuera”, dice. Javi es uno de los cientos de jóvenes que han tomado esta noche el Dos de Mayo para beber. Las tribus se reparten y mezclan por la plaza: anarquistas, punks, skins, góticos, sharperos, rastas, siniestros... Más de una vez es una “cuestión de tribus” la que ocasiona las peleas que pueden darse a lo largo de una noche de alcohol. “No venimos a armar follón, sino a pasárnoslo bien sin necesidad de dejarnos el sueldo”, dice una chica de minifalda. Empiezan a verse ya desperdicios por las esquinas, como botellas o bolsas; la gente intenta entrar en los servicios de los bares, y los que no lo consiguen acaban por buscar otros retretes: las esquinas de las calles. CONSUMIR ALCOHOL ES PARA LOS JÓVENES EL ÚNICO PLAN PREESTABLECIDO
Las pertinaces multas de tráfico no logran reducir las muertes en la carretera. Del mismo modo pasa con las sanciones impuestas a los practicantes del botellón: a pesar de su insistencia, no hacen que el fenómeno se reduzca. Mucha gente cuenta sus experiencias relacionadas con la policía y el alcohol en foros de internet, no sin cierta indignación. "Ayer estaba con un colega tomando una cerveza sentados en un parque”, cuenta uno, “y vinieron los policías de paisano pidiendo documentación y nos pusieron multa por hacer botellón, ¡por dos latas de cerveza!”. “Estaba con mis amigos en la Plaza Mayor de Cáceres cuando se presenta una patrulla de la Policía Local y nos amenaza con multarnos si no nos vamos de allí. Expliqué a los agentes que no estamos consumiendo bebidas alcohólicas en la vía pública, porque sólo estábamos bebiendo refrescos; los agentes de Policía sacaron sus porras y nos amenazaron con utilizarlas si continuamos allí. ¡Si esto es ley, que venga Dios y lo vea!”. Acertadas o no, la policía impuso 14.500 multas por botellón sólo en el primer semestre del año pasado. Hace poco cinco tiendas en Malasaña fueron multadas a más de 300.000 euros por vender alcohol a menores. La accesibilidad de los jóvenes a las bebidas alcohólicas es cada vez mayor, a pesar de las prohibiciones de su venta a menores. “Es muy fácil comprar donde los chinos”, dice Javi, aunque reconoce que depende mucho de los carnets. Es cierto que en las tiendas de alimentación el alcohol no está a la vista pero sí está a la venta para quien lo pida, que a esas horas suelen ser grupos de gente menor de edad. En los pubs, por otro lado, aunque también rige la política de los carnets a la hora de dejar pasar o no, se pretende compensar la archisabida carestía con descuentos de “dos por una”, “horas felices”, “barra libre” o “chupitos gratis”, estrategias que van dirigidas explícitamente al público joven. Irene es una
chica de 18 años que viste con estética punk-gótica: va de negro, con los
ojos y los labios pintados de oscuro, y colgantes con símbolos satánicos.
Todos los chicos del grupo con el que va visten casi igual. “No bebo mucho”,
reconoce. Pero está al corriente de las tenencias, ambientes y problemas de
la gente joven, y habla resuelta, con voz rotunda, de las preocupaciones
juveniles con la convicción de un metafísico hablando de la teoría de la
relatividad. “En un pub te cuesta dos minis cuatro euros”, dice, “y con esos
cuatro euros te compras en una tienda de chinos dos botellas de coca-cola y
dos cartones de vino”. Rosemarie es muy diferente a Irene, tiene 20 años y
es estudiante, y, como una cosa no contradice a la otra, le gusta por igual
disfrutar de su juventud y salir con los colegas. También opina que el
botellón es una consecuencia del elevado precio de los locales. “Si nos
saliera igual es evidente que iríamos a los bares directamente”, asegura,
sin vacilar. En definitiva, la noche acabará bien para muchos, y mal para muchos otros. Vómitos, desperdicios, alguna que otra pelea. Algún coche malparado, varios borrachos que despertarán en plena acera a la mañana siguiente. Nada que no haya sucedido ya antes. Quizás algunos no han oído nunca las estadísticas, pero seguro que todos las sospechan; aún así, la fiesta no para. EL BOTELLÓN PRODUCE 5.000 KILOS DE DESPERDICIOS CADA FIN DE SEMANA Domingo de resaca. Las calles del Centro amanecen entre basura de botellas y plásticos, y olor a orina. Parques enteros, portales y rincones almacenan basura post-botellón. Los operarios de limpieza comienzan su labor a las 6 de la madrugada, cuando aún no se han marchado los últimos juerguistas rezagados. Cada fin de semana recogen de media 5.000 kilos de desperdicios ocasionados por el botellón, sin incluir los contenedores volcados, que suelen ser frecuentes. En fechas especiales, como fiestas o celebraciones universitarias, la cifra de basura suele doblarse, lo cual hace que a veces haya incluso que aumentar la plantilla de limpiadores. En la pasada noche de Reyes se acumularon 225 toneladas de basura y la mayoría ocasionadas por el botellón (más que en la noche de Reyes del 2007). Para su labor de “lucha contra los rastros del botellón” los operarios de limpieza suelen utilizar barredoras de arrastre y de aspiración, máquinas fregadoras de aceras, máquinas sopladoras de aire a presión y camiones de baldeo, que a veces emplean más de 6.000 litros de agua. Todos los medios posibles para que los ciudadanos amanezcan en una ciudad limpia. Aunque está claro que eso no satisface a todo el mundo. Sebastián es un hombre de avanzada edad pero mucha energía, que vive por la zona de Tribunal desde hace catorce años. Se exaspera al hablar del botellón, que es una práctica “delictiva”, como él insiste en calificarla, que le afecta directamente. “Hay veces que no se puede ni dormir por el ruido. ¡Hasta las cinco o las seis de la mañana están los críos dado gritos por la calle!”, cuenta, indignado. Algo que le afecta también es la suciedad. “Los chicos que se juntan para beber ensucian mucho. Al día siguiente te encuentras por las calles no sólo las bolsas o los cristales, sino los vómitos, los meados... Es muy desagradable”. Daniel, que está de acuerdo con que la suciedad es excesiva, reconoce que “a la hora de mear, se hace en cualquier lado”, aunque también añade que él mismo muchas veces recoge los desperdicios, “por si los vecinos se quejan”. Los que viven en zonas elegidas como escenario para los bebedores han de sufrir, además, el ruido a altas horas de la madrugada. Los jóvenes ebrios no respetan a los durmientes, y los castigan con gritos, música u otros ruidos molestos durante toda la noche. Recientemente, los vecinos de las calles Bustos, Aire y Cabezas de Herrera han protestado por las "reiteradas molestias" de ruido que sufren fines de semana y vacaciones. Del mismo modo los residentes de Chueca, plaza del Dos de Mayo, Santa Ana, Justicia y Ópera han asegurado que están “más que hartos” de los ruidos, de la suciedad y de los conflictos que genera la práctica del botellón. Ni siquiera el anuncio del Gobierno regional de que va a tomar medidas en el asunto ha conseguido frenar sus reclamaciones, que, aseguran, van a llegar hasta el Parlamento Europeo. Aparte de la
suciedad y los ruidos, el botellón provoca otros problemas frecuentes. Está
claro que la falta de autocontrol de que dota el alcohol y la euforia
juvenil son en ocasiones mala mezcla. No hay más que atenerse a los hechos:
recientemente un botellón que tuvo lugar en la plaza del Dos de Mayo acabó
en un enfrentamiento entre más de 500 jóvenes y la policía que se saldó con
22 heridos, ya que los adolescentes arrojaron botellas, piedras y cascotes a
los policías y quemaron numerosas papeleras y contenedores. Toda la gente
joven que bebe reconoce haber tenido o presenciado accidentes leves o
altercados alguna vez durante alguna fiesta o botellón, en especial caídas,
discusiones, peleas... Algo más que la clásica borrachera. “Lo típico son
las caídas” dice Rosemarie, que cuenta que una vez ella misma se rompió un
diente durante una borrachera. “Los que se ponen más agresivos se dedican a
romper ventanas, a insultar a la gente, a pegar...”, reconoce Irene. Es
cierto que muchas veces estas aglomeraciones son una práctica peligrosa, en
tanto que conducen a gente peligrosa fuera del autocontrol. “Hay que saber
beber. Hay gente que se pone a beber como el más machote”, dice Daniel. Y no sólo la
permisividad o la disciplina estricta influyen, sino también la falta de
implicación paterna. La gran mayoría de los padres no saben a dónde va su
hijo ni con quién cuando éste sale, ni mantienen una comunicación abierta en
lo que respecta a ese tema. Muchos se muestran estrictos y prohibitivos en
lo que toca al asunto de la bebida, de modo que los jóvenes prefieren
ocultarlo, rechazando así toda ayuda o consejo. Muchos elementos influyen en
los futuros problemas de un joven con el alcohol: el ambiente familiar, la
incertidumbre relativa a la adolescencia, las compañías, traumas o
experiencias con la bebida, rechazo a la disciplina... En cuanto a qué papel
paterno puede influir más para que un joven beba, si el permisivo o el
estricto, hay diversidad de opiniones. Rosemarie opina que a estas alturas
es el niño el que decide, y pone como ejemplo su vivencia personal: “A mí
nadie me controlaba, y no bebí hasta acabar el instituto, porque quise”,
cuenta. "Mucha gente lo quiere probar antes y lo hace, y sus padres ya
pueden ser muy protectores que no se enteran”. Irene, por otro lado, habla
sobre la hora a la que vuelven los hijos a casa, opinando que los padres son
demasiado permisivos. “Vas a clase, sales por la noche y a tu casa casi no
vas”, dice. “La mayoría salimos jueves, viernes y sábado hasta las siete de
la mañana”. CUANTO MÁS BEBES TE ACOSTUMBRAS MÁS, Y BUSCAS ALGO MÁS FUERTE El Delegado para el Plan Nacional sobre Drogas, Gonzalo Robles, indicó también en su reciente estudio que uno de cada tres jóvenes que bebe fuma a la vez 'porros'. En Europa un 10% de los jóvenes mezcla alcohol con cannabis, éxtasis o cocaína, mientras que un 2,8% mezcla las cuatro drogas. Los jóvenes no suelen valorar el alcohol como una droga, por su mayor accesibilidad y por estar más normalizado en la sociedad, lo cual hace que lo tomen más. También influye a su consumo la bajada del precio de algunas drogas como el cannabis o la cocaína. Además del alcohol y la nicotina, las drogas más consumidas por los jóvenes españoles son las anfetaminas, la cocaína, el éxtasis, la heroína y la marihuana. Concretamente drogas como el éxtasis y las anfetaminas, junto con el alcohol, son muy populares en ambientes juveniles como discotecas o lugares de baile, ya que ayudan a mantenerse despiertos y a alcanzar un estado de energía y euforia. El consumo de cocaína, a pesar de su elevado precio, ha aumentado a un 300% de menores en la última década. Tres millones de jóvenes han probado el éxtasis, y para algunos ha sido mortal. Existen muchos
estudios que dicen que los jóvenes que fuman y consumen alcohol tienen más
riesgo de consumir otras drogas como las citadas. A pesar de que muchos
jóvenes no estén mentalizados de ello, es muy poco frecuente el uso de
cocaína o heroína, sin haber consumido anteriormente tabaco, alcohol o
cannabis. El consumo masivo de alcohol demasiado precoz a través del
botellón es a veces el primer paso para llegar a la adicción aunque, como
resulta obvio, no lo sea en todos los casos. “Hay gente que empieza con los
porros, otra con alcohol, o directamente con la coca”, dice Daniel, que
opina que el alcohol no es siempre el primer paso hacia una adicción. “No
siempre, pero creo que va relacionado”, opina, en cambio, Rosemarie. “Cuanto
más bebes te acostumbras más, y buscas algo más fuerte”. Ese acostumbrarse
tiene también que ver con determinados ambientes. Irene explica que donde
están los botellones o discotecas suele haber otro tipo de drogas, y que,
además, hay drogas que se toman mejor con el alcohol (por ejemplo, el “M” se
toma como una pastilla efervescente en la cerveza). “Hay veces incluso que
la gente no sabe que tiene eso en el vaso, y se lo bebe”, añade. HOY EXISTE UN VACÍO VITAL QUE DEBE LLENARSE DE ALGUNA MANERA: CON EL CONSUMISMO, CON EL ENTRETENIMIENTO, CON EL ALCOHOL Joaquín Sabina, Tom Waits, Charles Bukowsky... La lista de artistas que le dan al alcohol el estatus de elemento de autodestrucción y romanticismo es larga. En muchas ocasiones es el “ídolo” el que arrastra a probar el alcohol o las drogas al joven influenciable. Ocurre incluso de forma indirecta. Ha habido alguna ocasión en que una marca de cerveza haya patrocinado el campeonato de Eurobasket de Madrid y a la selección española de baloncesto, y del mismo modo pudo verse alguna vez a Fernando Alonso luciendo en el mono la publicidad de una marca de whisky. La religión del sexo, drogas y rock'n' roll que fascina a tantos jóvenes anula por superflua la prudencia con el alcohol y les arrastra a abrazar una rebeldía a menudo insana. Los ídolos de los adolescentes de hoy en día (actores, deportistas, cantantes... y otros rostros huecos con más fachada que ideología), actúan como los prescriptores juveniles más influyentes, y muchas veces sus modos de vida son poco recomendables. Melendi, Kurt Cobain, Homer Simpson, Eminem y un largo etcétera de iconos de los jóvenes, predican una rebeldía en la que la inmunidad, que subyace a las drogas y a la “mala vida”, es una losa con la que los jóvenes desean romper. Rafa, un hombre de 30 años, recuerda sus años de botellón (con unos 16 años) con cierta nostalgia: “Ni yo ni mis colegas teníamos un duro por aquel entonces, y si los fines de semana te querías pillar el pedo tenías que tirar de litrona y cartón de vino con coca cola del súper. Pero el hecho es que aparte del litroneo era todo un acontecimiento social, una válvula del escape frente al estrés de la tiranía de tus padres o la de los profesores”. Esa puede ser la historia que recordará cualquier chico de hoy en día dentro de una década. Aparte de verse influidos por sus amistades o ídolos, o empujados por traumas o indecisiones adolescentes, los jóvenes aseguran tener sus motivos para beber. Generalmente, la razón principal es verse atraído por las “consecuencias positivas” del alcohol: éste es un modo de ponerse alegre, de superar la timidez y retraimiento, de mejorar el estado de ánimo, de integrarse en un grupo en el que todos beben, de desinhibirse, de imitar una forma de vida adulta y alejarse de una vez del estado de sometimiento de la niñez... “Los jóvenes suelen ser tímidos y les gusta tener amigos; beber les ayuda a abrirse”, dice Irene. “Es una forma de mostrar su personalidad a otra gente”. Es, efectivamente, un buen desinhibidor a la hora de tener relaciones con el sexo opuesto, permite escapar de su celda a los tímidos, así como sentir sensaciones de hilaridad, afectividad y emoción profundas... “Hace que quieras más a todo el mundo”, dice Javi, “por eso lo mejor es juntarse con los amigos para beber”. He ahí porqué generalmente ningún bebedor aficionado en botellones bebe jamás en solitario. Definitivamente, parece que ningún joven consume alcohol por su sabor, propiamente dicho. A la
influencia mediática y al deseo de evasión habría que sumarle los valores de
los jóvenes actuales. En las constantes acusaciones de que son diana, de
falta de ideales e interés político, puede encontrarse algo de realidad si
miramos hacia atrás. De estos juerguistas del nuevo milenio, preocupados
únicamente por el coste de las copas, quedan ya muy lejos otros jóvenes que
distan sólo de contexto y lugar: los gritadores de eslóganes del mayo
francés, los seguidores del Che Guevara, los norteamericanos de los sesenta
que rechazaban la guerra de Vietnam, los protagonistas de la “Primavera de
Praga”, los universitarios que se enfrentaban a Franco con huelgas y
protestas. Y un largo etcétera. La juventud que tenía motivos para
levantarse desapareció hasta próximo aviso. En lugar de eso encontramos a
los jóvenes de hoy en día, la mayoría de vidas acomodadas, desinteresados en
temas políticos y alejados de las luchas sociales, con poca conciencia de la
problemática global y menos preocupados en construir un mundo mejor que en
alcanzar una buena posición social y económica para ellos mismos. Un vacío
vital de primermundistas que les viene heredado, que debe llenarse de alguna
manera: con el consumismo desmedido, con la búsqueda de entretenimiento
gratuito, con los amigos, con la aventura, con el alcohol. Puede
considerarse, en fin, la última batalla de esta juventud, autodestructiva y
apática: la batalla contra sí misma.
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