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ANDRÉS GARRIDO


El Festival de Jazz de San Javier logra fusionar la elegancia y el Caribe, en una noche memorable posibilitada por los estilos de Sara Lazarus y Arturo Sandoval

Sara Lazarus y el trío que lidera el pianista Alain Jean-Marie (foto: Andrés Garrido)
 

La conocida frase “por fin, ya es viernes”, se puede aplicar al anhelo que sienten los aficionados y seguidores del Festival de Jazz de San Javier ante la espera de la siguiente jornada programada. Y es que acercarse hasta el auditorio del Parque Almansa de esta población murciana a orillas del Mar Menor, y disfrutar de los múltiples y variados sonidos que nos proporcionan los músicos cada noche, provoca esa especie de “ansiedad” en el auditorio. 

Durante la jornada de este viernes se pudo disfrutar de una maravillosa voz femenina: la de Sara Lazarus. Una norteamericana que tiene su base de operaciones en Francia, desde donde suele realizar pequeñas giras por el viejo continente sin olvidarse de su país. El repertorio que desarrolló en el Jazz San Javier estuvo bien seleccionado y el público así lo reconoció desde las primeras notas del primer tema. 

Arropada por un trío de músicos galos que lidera el pianista Alain Jean-Marie, con Nicolas Regeau al contrabajo y el baterista Philippe Soirat, Sara Lazarus llevó a cabo un concierto precioso, en el que dio muestras inequívocas de por qué ganó el primer premio del concurso internacional “Thelonious Monk”, en 1994. Esa escogida selección pasaba por creaciones de Kenny Barron, Cole Porter, Antonio Carlos Jobim o Michel Legrand, entre otros. Temas a los que Sara Lazarus y sus músicos supieron impregnar su toque personal, que dio como resultado que el auditorio en pleno se entregara totalmente cuando la cantante pidió la participación del respetable y éste contestó al unísono y a la primera: parecía que casi lo estaban deseando y, ciertamente, la comunicación músicos y auditorio se consagró definitivamente, a lo que Sara y sus compañeros respondieron con un bis. 

Concierto, pues, excelente, elegante y apropiado para dejarse llevar por la libertad que proporcionan los sentidos, a los que Sara Lazarus y el trío de Alain Jean-Marie supieron estimular con maestría y delicadeza. Delicioso. 

La segunda parte de esta jornada de viernes fue muy diferente. El trompetista cubano Arturo Sandoval, que ya visitó el auditorio del Parque Almansa durante la segunda edición del Festival de Jazz de San Javier, puso el contrapunto “alegre y festivo” en el marco de esos contrastes de que gustan los organizadores de esta cita musical. Ritmos del Caribe y esquemas variados del jazz se fusionaban continuamente, como ya pronosticara el desaparecido Dizzy Gillespie –el padre musical, aunque mejor podríamos decir “padrino” de Sandoval– cuando el mítico trompetista norteamericano visitó Cuba en 1977 para conocer qué hacían los músicos de aquel país. 

Arturo Sandoval posee una muy dilatada trayectoria en la música desde aquel entonces, como dejan constancia sus 39 álbumes discográficos, amén de una larguísima lista de grandes maestros con los que ha tocado y aprendido. 

Su último trabajo en estudio, “Rumba Palace”, obtuvo un premio Grammy, refrendando así toda esa larga caminata por la música de este trompetista discípulo de Gillespie, que ya peina canas y que se ha convertido, además, en un entusiasta promotor de músicos en el Club de Jazz que lleva su nombre, ubicado en Miami Beach.

Su actuación en el Jazz San Javier dejó esa impronta caribeña que Sandoval sabe mezclar –y magníficamente bien, por cierto– con otros ritmos y tendencias. Arturo Sandoval fusiona boleros, salsa, jazz o rap, y utiliza todo instrumento de percusión a su alcance para enriquecer el total de su fusión y regalar a quien con él y sus músicos disfruta esos momentos “nescafé” de la música.

El auditorio del Jazz San Javier –por cierto, una noche más abultadísimo– no paró tampoco de animarles y la interacción músicos-público fue constante. Eso es lo que se debe dar en un concierto o, al menos, eso es lo que un músico busca aunque en ocasiones no se logre. Que no es el caso de San Javier, donde el público es uno de los pilares imprescindibles del éxito ascendente de estos once años de música.

Uno de los momentos “cumbres” del concierto se registró cuando Arturo Sandoval dejó su trompeta y percusiones para sentarse ante el piano y ejecutarnos una pieza increíble, dedicada a sus abuelos, de aires cubanos y españoles fusionados, una vez más, con la impronta del jazz. El auditorio, cuando acabó la interpretación, reconoció su rico bagaje musical con un larguísimo aplauso y gritos de “¡bravo!” que animaron al sexteto aún más. Fue el delirio, el disfrute musical. En suma, la fusión (también aquí) de músicos y auditorio que colocaron el termómetro en valores muy altos; mucho más de los que se está acostumbrado a soportar por estas zonas del Levante español.

Cuando Sandoval dijo que “ahí va la última”, los aficionados contestaron con un “¡No!” rotundo. A continuación Arturo presentó a su banda, de la que dijo “gracias a Dios, es una banda cubana”: Felipe Lamoglia, al saxo; Antonio Pérez, en el piano; el bajo eléctrico a cargo de Armando Gola; Alexis Arce, en la batería; y las percusiones –magníficas– a cargo de Philbert Armenteros. Demasiado para el cuerpo, sin contar con un solo de auténtico maestro que Arturo Sandoval “nos regaló”, a modo de introducción, a esa última pieza anunciada. Rítmo del Caribe auténtico, sin conservantes ni colorantes. Durante dos minutos, el auditorio coreó “¡otra, otra!”, hasta que Sandoval y su Banda Cubana reaparecieron en el escenario y tocaron “Sandunga”. El delirio, en definitiva, con un foso “a reventar” porque los pies de los que allí nos dimos cita no podían parar. ¡Dios mío, qué gozada! Y hoy sábado nos espera el ciclón nipón de Hiromi, junto al Golden Gate Quartet con la organista Lavelle. Se lo contaremos, aunque aún no nos hayamos repuesto de lo de Sandoval. 5 julio 2008   

El trompetista cubano Arturo Sandoval y su grupo en Jazz San Javier (foto: Andrés Garrido)

 


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