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CECILIO
URGOITI
Con corrupción no hay libertad
Las convicciones políticas son como la virginidad:
Una vez perdidas, no vuelven a recobrarse
Pi y Margall

La corrupción de lo malo apenas se nota, la de lo que admitimos por
humanitario se lamenta, pero contamos instintivamente de antemano con esa
posibilidad y solemos decir con resignación, “es natural”. Admitido también
es que la máxima podredumbre se da en lo perfecto, si lo perfecto es un
ideal que llevamos como máxima suprema. Es la descomposición de lo perfecto,
lo que por serlo creíamos incorruptible, lo que más nos desanima y es, lo
que no “nos encoge de hombros”... Anda hoy de nuevo lo mismo de otro tiempo,
con la religión católica y con sus acólitos, pero hoy ya no es como antes,
porque los ignoramos o, al menos yo lo hago, aunque los exabruptos continúan
hasta el extremo de quitarles la calle a los sindicalistas o admitir que los
menores incitan a la homosexualidad. Empieza a suceder eso mismo con el
periodismo o con algunos periodistas de los que la sociedad se está hartando
también. Leía en el Anuario de Canarias 2007 un articulo de Leopoldo
Fernández Cabeza de Vaca, que me alertó sobre la presente reflexión, decía:
“son mayoría los profesionales y las empresas que funcionan con rigor y
seriedad, pero nuestro periodismo no goza de la salud que le conviene: lejos
de ser informativo e independiente se ha ideologizado y carga muchas veces
con opiniones preconcebidas”.
Enumeramos ordinariamente la corrupción de políticos, constructores,
abogados, policías, jueces... principalmente en hechos puntuales y más o
menos aislados. Pero nos resistimos implacablemente a la corrupción de
maestros, profesores o catedráticos en el ejercicio de sus funciones, y es
que los paradigmas académicos los damos por sentado y basta. Los hechos
relacionados con la corrupción de éstos últimos se nos antojan todavía más
excepcionales. Y es, tanto porque no se desenvuelven en ámbitos poco
propicios a la manipulación, y porque su previsible formación humanista
unida a la grandeza del magisterio en sí, les sustrae más fácilmente a la
sospecha. En todo caso, cualquiera de las actividades citadas, en una
democracia donde la libertad "positiva" es el “señor”; donde la capacidad
para arriesgarse cada vez es mayor, porque cada vez son más benévolas las
leyes, o dicho de otra forma, se buscan muchos subterfugios para bordear las
leyes, pues si no lo fueran, media población debería ir a prisión; donde el
refreno psicológico que deviene de las religiones es cada vez más débil, y
la ética civil no es sino un conglomerado de principios morales de éstas...
En una democracia, apunto, las consecuencias de acciones corruptas de los
profesionales y de las actividades, al menos del primer orden citado, en
muchos aspectos son ellos mismos quienes las pagan, pues el ciudadano
desconfiado y remiso acaba renunciando a ellos. El ciudadano puede no
comprar, no consultar al médico e ir al curandero, puede renunciar al
abogado y abstenerse de pleitear, puede dejar de confiarse al
sindicalista... pero le va a ser mucho mas difícil renunciar a la
información, necesita estar informado, necesita esa información para vivir
en democracia. Aquí está la clave del magisterio del informador.
Pero esta profesión que se constituye en la clase ilustre de la modernidad y
se sitúa al nivel de la clase política o por encima de ella, si se me
permite, ésta es el Periodismo. Y lo hace en nombre de un tipo más de
libertad entre las clases varias que hay de ella, luchado como pocos: el de
"informar". Pues bien, la corrupción de la clase periodística que actualmente detectan sus propios profesionales entre sí, se extiende
victoriosamente, como progresa el cáncer. La infección consiguientemente
social derivada de una clase profesional tan influyente, que desestabiliza,
convulsiona y deprime la convivencia y pone en grave riesgo a la propia
democracia. Pues esa clase privilegiada quita y pone gobiernos, posibilita e
imposibilita acuerdos y negociaciones, defenestra o encumbra empresarios. Y
todo lo hace desde los “púlpitos” que en otro tiempo en España ocupaban los
curas. Hoy es su santuario de información la COPE, ha alcanzado la cúspide
de la manipulación y por ende la corrupción, con sus proclamas partidistas.
Un periodismo como el que nos cerca hoy, con medios radiofónicos y
televisivos rimbombantes, de los que está pendiente la inmensa mayoría de la
población, si está corrupto, atenta como ninguna otra profesión a los
fundamentos de la democracia y de la ética civil más elemental, además de ir
contra la inteligencia, como también en otro tiempo iba dirigida contra la
inteligencia, la religión.
Apuntaba al principio que la corrupción de lo excelso es lo más abominable.
Y es que este periodismo de la corrupción, potencialmente lo es. Por dos
razones: porque así se considera como máximo protagonista de la suerte de la
política y del llamado "control social", y porque la formación técnica y
general del periodista es, al menos se supone, de las más completas en una
sociedad que va por la pendiente en materia cultural. Aprovecharse de la
indiferencia, de la tontería y de las pasiones de las grandes masas, en
lugar de contribuir a que los valores sociales que no necesitan
interpretarse se justiprecien más, es la esencia de la corrupción
periodística. Al menos su corrupción ética empieza por ahí. Y a esa
tentación que tienen de no respetar la verdad, es cada día más evidente,
sucumbe con mayor regodeo, con mayor mancilla y desmoronamiento, en el que
sin duda incurre ese periodismo al uso...
Señalaba antes, que el ciudadano “mosqueado” puede renunciar en muchos casos
a relacionarse con determinados profesionales. También puede volver la
espalda a los periodistas, y por ende a la información, no comprar ni leer
los periódicos dominantes, no ver telediarios, no oír la radio; ni siquiera
en general ver televisión. Y eso, me temo, en buena medida está sucediendo.
Por eso, tal vez, OPINAR es el refugio, mi refugio, en el que escribo sin
ninguna censura, sin que nadie me diga lo que tengo que hacer o decir. En
realidad, en la vida social, como en la natural, nada se libra del
enmohecimiento y del ultimátum de cardenillo. Hoy en día es patente el
reconcomio que imbuye el periodismo entre los ciudadanos que no viven bajo
el efecto de las religiones o de las nuevas somníferas homilías
periodísticas. Pero es que va a más. Así es que, o el periodismo se
transforma en otra cosa, y esta no es otra que contar la verdad, o terminará
la sociedad por relegarlo y mandando a los periodistas a la maldición de no
ser leídos. Abogo de corazón por recuperar el buen hacer de informar con
toda veracidad y ser notarios de lo que ocurre aunque con ello nos
encontremos más solos. Esa soledad es el mejor de los caminos para lograr
una conspicua democracia.
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