Mohamed Abdelkefi Me niego Un refrán español que me gusta mucho dice: No es oro todo lo que reluce. Y yo digo: No es progreso todo lo nuevamente inventado. No es ni progreso, ni avance, ni modernidad todo lo que quieren hacernos “tragar” los publicistas, ayudados por o a través de los medios de comunicación para convencernos de que lo que nos ofrecen no es más que progreso, avance, modernidad, desarrollo y cambio que favorecerá o favorece nuestros intereses; creo que se equivocan en el empleo del pronombre porque deberían decir sus intereses de ellos. ¿O es que dicen nuestros y piensan en los suyos? Lo cierto es que todo lo que pretenden es llenar más y más las arcas –ya llenas– de las sin piedad, las grandes empresas convertidas en los dueños, los mandamás de este nuestro mundo, llamado “moderno”. Por eso me niego a creer en ese presunto progreso que elimina, borra o margina al factor más importante, creado a la imagen y semejanza del Ser Supremo para representarle en la tierra, para administrar y aprovechar lo que en ella se ofrece, quiero decir el ser humano, convertido con este pretendido progreso en un simple y sencillo número manejado a voluntad por los anteriormente mencionados promotores de su progreso, según ellos. Me niego, por eso, a contestar a las llamadas telefónicas que tienen por interlocutor en la otra extremidad de la línea a un aparato automático que me pide pulsar uno, para tal asunto, dos para otro y así sucesivamente. Me niego a responder por no tener por interlocutor un ser humano, como yo, con sus sentimientos, su inteligencia, su comprensión, su paciencia y hasta su mal genio, con quien puedo discutir, preguntar, informarme y encontrar, en caso de necesidad, solución a mi o mis problemas gracias a la bondad de mi semejante. Me niego además pensando que aquella máquina esta usurpando, por lo menos, un puesto de trabajo a una o uno de los miles de parados. Me niego a comprar carburante de una gasolinera automática o de “autoservicio”, como les gusta llamarla. Justo por eso me niego a abastecer mi coche en ella: porque no estoy dispuesto a trabajar gratuitamente para los que nos defraudan en tales estaciones; si por lo menos ofrecieran algún descuento por el servicio prestado, uno se consideraría pagado y que no hay fraude. Me niego también a ser esclavo de las llamadas grandes superficies, aquellos grandes mercados donde el cliente no es más que un número que sirve a gastar cuanto más números –de euros– posibles. Me niego además porque, contrariamente a lo que dicen que comprando allí se gana tiempo, en la realidad se pierde mucho más. Ganar tiempo es falso como la peluca de un calvo. Porque si se toma en cuenta la gran distancia entre el domicilio del cliente y el súper en cuestión se nota que es necesario un coche; pobre quien no lo tiene y pobre también la igualdad que se pretende por doquier; si se añade a esto el mucho tiempo que se pierde para encontrar un artículo o un producto, buscando la sección adecuada corriendo en los largos pasillos de cada sección, se comprueba fácilmente que el factor tiempo no es un argumento válido; aquí también hay que añadir el hecho de atenderse a sí mismo o autoservicio impagado y no compensado, por lo cual me niego. Me niego para no caer en el cebo de comprar más y otros artículos de lo que necesito. Así pues, me quedo con la tienda de la esquina de casa, rogando que no desaparezca, donde me saludan, me sonríen, me aconsejan y me consideran; donde me siento un ser humano entre sus parecidos y prójimos. Me niego a dejar el libro para el ordenador porque mi contacto con el primero no necesita otros medios, porque me acompaña por donde quiero: en el salón, en el parque, en el metro o en el autobús, en la playa o en mi cama, sin necesitar redes ni líneas eléctricas o telefónicas u otras para aprovechar de su sabiduría atenta y profunda, no superficialmente como sucede con el ordenador. Me niego a aceptar nuestra democracia, llamada “occidental”, mientras el país que se presenta como modelo de ella sigue dando la igualdad de oportunidades, pero solo a los ricos, a los más fuertes y mejor aún si son de una raza preferida. Me niego mientras muchos derechos son inalcanzables para los humildes o pobres; mientras los puestos de mando y de gobierno son, en el país modelo, monopolio de los ricos o los apoyados y avalados por los que tienen el dinero y sujetan sus grifos; me niego mientras el país considerado por todos modelo democrático no soluciona los problemas más que con la violencia, con víctimas, con destrucciones y hasta con tortura; y todo lo hace, en sus propios intereses, en nombre de la dicha democracia. Me niego mientras el pluralismo político se limita a dos partidos que, con los entresijos de las leyes electorales confeccionadas a medida, condenan a los otros partidos, cuando los haya, a decorar el escenario de la pluralidad. Me niego a aceptar nuestra democracia mientras no conozca, y ningún elector conoce, más que al cabeza de la lista de candidatos; esto cuando llega a conocerle más que de nombre. Me niego a aceptarla mientras mis supuestos representantes bajo la cúpula del parlamento no me conocen, ni saben cómo pienso, ni qué quiero o necesito, ni qué opino ni lo que opinan los otros electores. Me niego mientras mi supuesto representante, que no conozco de nada, cobra diez veces más que yo sólo para echar su cabezada en su cómodo asiento en el hemiciclo y ausentarse cuantas veces le da la gana sin que nadie pueda despedirle. Me niego a entrar en el juego de esta nuestra democracia, mientras su supuesta mayoría –matemáticamente es la mitad más uno, a veces tránsfuga “comprado”– dicta su voluntad a la otra mitad (menos uno) llamada minoría. ¡No! No puedo entrar en este juego llamado democracia. ¿No sería mejor llamarla dictadura de partidos? Mejor aún; llamarla dictadura del Dios Dinero, el Dios Oro. Me niego a creer en la pretendida igualdad, entre ella la igualdad de sexo, ni en los derechos de la mujer, mientras se abusa y se vende el cuerpo femenino para fines publicitarios y lucrativos entre otros.
Para terminar, aunque la lista es todavía muy larga, digo que me niego a creer en la libertad de prensa; porque todos los medios están circunscritos, dependientes de uno a otro monopolio de “orientación” o de formación de opiniones, medios sumisos a doctrinas, ideologías y otras corrientes, sin dejar de optar, en muchas ocasiones, por la parcialidad, la discriminación, la falsificación y todo esto lo hacen en nombre de la libertad de expresión. ¡Hombre! Esta sí que no la niego, porque estoy haciendo uso de ella para transmitir lo que aquí digo. Pero sé que hay gato encerrado. Esta libertad de expresión es como aquel embudo de la tetera, que sirve para dejar escapar el vapor a fin de evitar la explosión. En otras palabras: tú dices lo que quieras y yo hago lo que me parezca y me convenga. Por eso me
niego. |
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