PATRICIA PÉREZ CÁMARA España es el segundo país de la Unión Europea con mayor índice de obesidad infantil
EL 40 POR CIENTO DE LOS NIÑOS Y JÓVENES DE 2 A 24 AÑOS SUFRE EXCESO DE
PESO. DE ELLOS, EL 14 POR CIENTO PADECE OBESIDAD Y EL 26 POR CIENTO
PROBLEMAS DE SOBREPESO En comparación con el resto de países europeos, España se sitúa en segunda posición en el porcentaje de niños obesos, sólo superado por el Reino Unido. Sin embargo, esta situación es diferente en lo que se refiere al número de adultos obesos ya que nuestro país ocupa una posición intermedia. Mientras 4.000 niños mueren diariamente de hambre, 1.100 millones de personas en el mundo sufren sobrepeso y 312 millones son obesos. Pero de entre todos estos afectados, 115 millones son niños. Por eso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se refiere a la obesidad como “epidemia del siglo XXI” y asegura que es una de las grandes amenazas para la salud pública de este siglo, ya que reduce la esperanza de vida en cinco años. En los últimos años, la obesidad ha sufrido un incremento generalizado al triplicarse en los últimos veinte años la cifra de personas afectadas por esta enfermedad, es decir, por un exceso de grasa corporal producida por la ingestión excesiva de alimentos energéticos asociada a un estilo de vida sedentario. Y si nos referimos a los niños, en estos años, se ha pasado de un 25 por ciento de niños que la padecen a un 60 por ciento. En el caso de España si hace quince años el 5 por ciento de los críos españoles eran obesos, esta proporción es ahora del 16 por ciento. Los grandes cambios en el estilo de vida unido al reemplazo de las dietas tradicionales por otras en las que abundan los alimentos ricos en grasas y azucares, se encuentran en el origen de la obesidad infantil. Pero junto a ello, se debe añadir la tendencia que muestran niños y jóvenes a hacer menos actividad física. En la mayoría de los casos de obesidad la causa se centra en que se come más, en cantidad y variedad, de lo que el cuerpo necesita y es capaz de quemar. Sin embargo, aún persisten algunas creencias erróneas sobre la alimentación infantil. Entre ellas, muchas familias piensan que un niño gordito, con mofletes es más sano y fuerte que uno delgado. De hecho, muchos niños son sobre alimentados sistemáticamente en la infancia bajo esta creencia. Además, en numerosas ocasiones se desconoce cuáles son las cantidades de alimentos recomendadas para cada tramo de edad, desde el nacimiento hasta la adolescencia del niño. Los cambios laborales, de pautas de ocio, y de costumbres aparecen como las causas más importantes ante la falta de ejercicio físico. Los trabajos implican cada vez un menor desgaste, y en cuanto al ocio, los niños han sustituido las carreras, la bici y otros juegos al aire libre por la televisión, el ordenador y las consolas. Los medios de comunicación y las modas, por su parte, ejercen una influencia en el comportamiento a la hora de comprar y en el padrón de consumo de alimentos de los consumidores, sea cual sea su edad. Concretamente, en los anuncios dirigidos al usuario infantil se presentan mensajes que suelen apoyarse en personajes famosos o premios, con el único fin de llamar su atención. Mensajes como “cereales que te convertirán en un deportista de élite” o “comer galletas es divertido y estarás a la última” son muy comunes. Además de las causas externas, la genética tiene una gran influencia en la posibilidad de padecer obesidad por parte de una persona. Cuando los padres son obesos o uno de ellos lo es, la probabilidad de que sus hijos lo sean aumenta. Se estima que los hijos tienen entre un 50 por ciento, cuando uno de los padres es obeso, y un 80 por ciento, cuando ambos lo son, de probabilidades de serlo también. Pero a pesar de la predisposición a sufrir esta enfermedad, si a ello no se añaden factores como la falta de ejercicio o una dieta rica en grasas o azúcares, en la mayoría de los casos la obesidad no se desarrollará. Otro elemento a considerar en el origen de la obesidad es el perfil genético de cada persona. Está demostrado que los genes intervienen en el centro del hambre, en la regulación del peso y en la distribución del tejido graso en diferentes partes del cuerpo, así como en el gasto energético. Además se intuye que el balance energético de una persona puede estar influenciado hasta en un 40 por ciento por su herencia genética, afectando tanto a su apetito como a su metabolismo y composición corporal. Todas estas causas dan lugar a una de las epidemias más peligrosas en la actualidad ya que los riesgos son muchos. En primer lugar, la obesidad acarrea al niño un mayor índice de posibilidades de sufrir diversas patologías entre ellas diabetes tipo II, hipertensión, triglicéridos y colesterol, enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer. Pero además esta enfermedad puede tener repercusiones sobre la salud física del niño provocándole problemas motrices, dificultad para respirar o trastornos cutáneos. La obesidad infantil también puede inducirle inseguridad, baja autoestima, aislamiento social, discriminación e incluso patrones anormales de la conducta que le pueden facilitar el desarrollo de una bulimia o una anorexia nerviosa. Sin embargo, la peor consecuencia es la posibilidad de sufrir la enfermedad cuando se es adulto, si la obesidad del niño no ha sido tratada a tiempo. Además algunos estudios señalan que este problema de salud está relacionado con seis de cada diez muertes causadas por diversas enfermedades y reduce la esperanza de vida. La solución más razonable sigue siendo la alimentación y el ejercicio físico, mediante una modificación de las costumbres. La infancia es la etapa de la vida en la que comienzan a establecerse los hábitos alimentarios y a partir de la adolescencia, estas prácticas adquiridas son más resistentes al cambio. Por lo que es esencial actuar durante este período, la infancia, sobre la conducta alimentaria de los niños, ya que las rutinas que adquieran en esta etapa serán determinantes de su estado de salud cuando sean adultos.
La alimentación saludable de un niño debe cumplir los parámetros de
variación, ser sana, equilibrada, nutritiva, apetecible, divertida,
sorprendente, ordenada, consistente y sobre todo educativa. Todo ello
forma el decálogo de una buena alimentación. Pero si el niño sufre
obesidad, debemos saber que es una enfermedad crónica cuya clave para
superarla se centra en “comer mejor y moverse más”. |
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