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CECILIO URGOITI Subir los
impuestos es de izquierdas Yuxtapuesta al desempleo, la inflación era hasta ahora el otro gran problema económico del mundo occidental y de nuestro país, pues estamos embarcados en la misma nave. Me atrevería a decir que el timón es el mismo para todos y cada uno de los gobiernos. Uno de los mejores ejemplos está en la ampliación del G-20. Con ello quiero recordar que la globalización, con crisis o sin ella, sigue influyendo en todos los países del orbe conocido. La inflación ha sido durante muchos años la palabra más utilizada por los gobiernos, de uno u otro signo político, para negar las subidas salariales de sus funcionarios y no incrementar las pensiones de jubilación, viudedad u orfandad, y por “simpatía” ha sido aplicada por las patronales en la negociación de los convenios colectivos, con los mismos propósitos y objetivos. En esencia, y con el fin de entendernos, la inflación consiste en una baja en el valor del dinero, debido al alza de precios. “Es el accidente más fuerte del desarrollo”, si parafraseamos a cualquier economista de corte capitalista. O podemos decir que la inflación existe cuando hay un alza constante de dinero, debido a que no hay un equilibrio entre el dinero existente y la mercancía ofrecida. Dicho de otra manera, no hay equiparación entre la oferta y la demanda. Los precios pueden tener alzas por dos razones: a) porque la demanda es superior a la oferta (inflación por la demanda); y b) porque los costos de producción crecen y las empresas, para evitar que las utilidades disminuyan, suben los precios de venta (inflación por los costos). La inflación acarrea la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. Esto quiere decir que, cuando suben los precios, con la misma cantidad de dinero compras menos. Entonces podríamos decir que lo bueno sería la deflación, ya que compraríamos más con el mismo dinero. La realidad no es así, pues el coste de producción es mucho más caro, no ya tan sólo en las materias primas, sino además en todos los costes de producción. Pero lo peor es que cuando deja de haber beneficios la tendencia empresarial es el despido y, con el tiempo, el cambio de actividad empresarial –o aún peor, de país–, con el consiguiente cierre de la empresa. Aflorando el desempleo para todos. De ese modo volvemos al principio de este escrito, recordando la primera de las preocupaciones de la sociedad: el desempleo. La inflación es un fenómeno que perturba mucho debido a que, cuando los precios nacionales aumentan más rápidamente que los precios internacionales, el país deja de ser el antagonista frente a los protagonistas económicos del mundo interrelacionado, ya que si no hay inflación en el resto de naciones, el costo de producción y de los bienes es menor que el costo de los productos del lugar inflacionista. Como consecuencia de esto, en un país que se produzca la inflación, las importaciones aumentarán y las exportaciones disminuirán, por esa tendencia de búsqueda de abaratar los costes, basado en lo que Adams Smith llamo “esa mano invisible”. Las partidas del activo y del pasivo del balance de una sociedad pueden clasificarse como monetarias y no monetarias. Constituyen partidas monetarias los saldos líquidos y cualesquiera otros activos o pasivos, incluidas las partidas fuera de balance, a cobrar o pagar en importes líquidos fijos o que puedan determinarse. Todos los demás activos y pasivos son partidas no monetarias. Buscar el equilibrio monetario de un presupuesto debe de ser el buen hacer de un Ministerio de Economía. Este equilibrio se puede plantear anualmente o plurianualmente. El Gobierno español ha tomado esta segunda opción, conjuntamente con la mayoría de los países de Europa. Ahora bien, una subida de impuestos en época de crisis no es popular, pero si es socialista, pues el “Estado mínimo” lo plantea la filosofía liberal y los planteamientos socialistas nos llevan al “Estado máximo”, donde la asimilación del gasto social por el Estado es su mayor exponente. Las críticas que hoy se le hacen al Gobierno, por los planteamientos de subida de impuestos, son injustas y gratuitas. Más bien habría que haberle criticado cuando, en el año 2005 y en el Debate del Estado de la Nación, Zapatero dijo que “bajar impuestos es política de izquierda”, matizando la frase más tarde en un Comité Federal donde añadía: “a las rentas del trabajo más bajas”. Cuando los vientos son favorables, debería tenerse la prudencia de no caer en el populismo de la bajada de impuestos. Pero sigamos con nuestro relato de la inflación y la deflación. Nos llevamos una alegría cuando, al ir a comprar, vemos que los ordenadores portátiles y los televisores de pantalla plana bajan de precio, si es eso lo que tratamos de adquirir. La mayoría de nosotros no caemos en la cuenta de que esa rebaja de los precios puede conllevar pérdida de empleo y una deflación, lo que perjudica a más personas que a las que beneficia. Pero si vemos a la deflación real como lo que es, un descenso generalizado de los precios y por tanto de los ingresos, ya lo percibimos de manera menos grata. De hecho, la deflación fue uno de los desastres del crack de 1929. Han sido cuatro las crisis de “ciclo largo” que se han vivido durante la historia del liberalismo: la Gran Depresión de 1860, el Crack de 1929, la Crisis del Petróleo de 1973 y la actual, que yo llamaría Crisis Sistemática Global de 2008. Salir de las tres anteriores costó sudor y lágrimas, por decirlo lo más suave posible, pues fueron muchos los muertos que se llevaron consigo las crisis y muchas las empresas que desaparecieron. Esta actual crisis es la primera global, en un mundo globalizado y donde España ya es una potencia económica. Por consiguiente, las decisiones a tomar tienen que ser coordinadas con los socios europeos y con la habilidad de sentar cátedra, para no perder nuestro peso en la actual sociedad globalizada. A partir de que los expertos en economía descubrieron la mínima tendencia deflacionista en Estados Unidos, o en la mayoría de los países de Europa y también en algunos países de Asia, el término ha aparecido en diversas ocasiones como noticia. También han sido muchas las veces que se les ha preguntado a los responsables de los gobiernos si tendremos deflación. Y, caso de tenerla, si será realmente grave. Los expertos no acaban de ponerse de acuerdo en relación con la primera cuestión; algunos sostienen que la deflación podría ser generalizada, mientras otros insisten en que la recuperación económica y los programas de estímulo del Gobierno disipan prácticamente toda probabilidad de deflación. En nuestro país se suele unir a las respuestas de la deflación un ambiguo término de “ajuste coyuntural”, con lo que no sabemos si en España estamos en deflación como ajuste coyuntural y, por tanto, pasajero. Los datos de estos últimos meses parecen indicar una tendencia a la recuperación de la economía, pero con una lentitud muy superior a lo ocurrido en Europa. Capítulo aparte merece el empleo: una losa tan pesada necesita de una política social de muy largo recorrido. Considero muy necesario el esfuerzo extraordinario que, en materia fiscal, se plantea en los Presupuestos Generales del Estado para 2010, con el fin de potenciar la solidaridad y marcar las pautas de apertura hacia los nuevos impulsos; en definitiva, hacia el empleo. Sin olvidar las necesarias ayudas al desempleo y la inclusión social de todo necesitado. La valentía de practicar una subida de impuestos en tiempos de crisis no es sino la justa aplicación de una política socialista o de izquierda. Así que “menos lobos, caperucita”: esa ha sido la opción que la mayoría de los españoles votaron. Entre aquellos que afirman que la deflación ya ha llegado o está ahí, son pocos los que esperan que vaya a ser un problema realmente serio. Muchos de los escépticos economistas que afirmaban el mayor desastre deflacionista, admiten que sus predicciones podrían ser erróneas, concediendo excesiva importancia a las enormes incertidumbres sobre la situación económica actual; otros parecen estar menos preocupados por la deflación que por un posible repunte de la inflación. “Creo que vamos a evitar la deflación”, decía no hace mucho tiempo un profesor de Finanzas de la Escuela de Wharton, de Estados Unidos, centro pionero en la materia e investido de un reputado prestigio. Señalaba, asimismo, que “la caída en picado del precio del petróleo y otras materias primas (…) del pasado año ya ha finalizado, y hoy lo que debe preocuparnos es el empleo”. Empleo que en España tardará en recuperarse, pues el desmoronamiento de la construcción, unido a las demás consecuencias de la crisis mundial, hace aconsejable un cambio de orientación del empleo y el necesario impulso gubernamental, con el fin de afirmar la confianza en los empleadores y en la propia sociedad. Hay que permanecer vigilantes a la caída de los salarios, ya que es uno de los factores que podría provocar una mayor deflación y un frenazo en el consumo, con la paralización del comercio y vuelta a empezar: más caída de empleo. Tanto en España, como en Japón o en Estados Unidos, se han registrado recientemente ligeras caídas en los precios de los productos de consumo. Pero todos han sido descensos inferiores al 1 por ciento. Pero si analizamos lo ocurrido en Estados Unidos durante los años del crack de 1929, hasta 1933, los precios cayeron muy próximos al 25 por ciento. En mayo de este año, China informaba de una caída del 1,5 por ciento en su IPC del mes de abril, lo que suponía el tercer mes consecutivo de descenso en los precios de consumo. En la misma China, los precios al por mayor caían un 6,5 por ciento. Pero a la mayoría de los economistas no les asombran estas caídas de los precios y resaltan la existencia de otras señales de recuperación económica. Al mencionar a China, quiero recordar que durante mucho tiempo ha mantenido un crecimiento de su economía superior al 7 por ciento, auténtica potencia económica mundial y lugar de viaje de muchos mandatarios con el propósito de cosechar contratos para las empresas de sus respectivos países. Muchos expertos sostienen que los descensos eran esperados, porque las cifras del año anterior reflejan los altos costes del petróleo y los alimentos. Lo que trato de resaltar es que siendo ésta una crisis más potente que la de 1929, la experiencia adquirida de las anteriores crisis ha hecho posible que los gobernantes se impliquen desde un principio, inyectando liquidez a las entidades financieras y apoyando las industrias y el propio consumo. Asimismo, las ayudas al desempleo, no siendo suficientes, sí han paliado a segmentos sociales desfavorecidos. “La economía está empezando a recuperarse”, dicen esos mismos expertos, y yo añadiría que el bajo ritmo de crecimiento se ve afectado por las bajas prestaciones por desempleo, como evidencia de que la deflación no es una amenaza seria. La reciente caída del Producto Interior Bruto fue debida, principalmente, al recorte en la producción a medida que los suministradores echaban mano de sus inventarios. Con las existencias por los suelos, la demanda debería empujar de nuevo los precios al alza. Otros creen que la deflación es bastante probable. “Me sorprendería que Japón no experimentase ningún problema deflacionario”, dice el mismo profesor de Finanzas y Economía en Wharton. “Creo que es bastante probable en Europa y en Estados Unidos”, añadía citando la rápida caída de la inflación. De todas formas, aún no está todo dicho y debemos tener en cuenta “el rebote del gato muerto”, que es una de las expresiones de la jerga de Wall Street y que se utiliza para definir aquellos brotes alcistas que son falsos. Cuando una acción o un índice han tenido un movimiento a la baja, rápidamente es de esperar un pequeño salto que compense esa fuerte reacción. Pero si este rebote es del tipo que define esta expresión, será únicamente un descanso para tomar aire y continuar con las bajadas. Este tipo de rebotes atraen a aquellos inversores que piensan que lo peor ha pasado y se presenta una excelente oportunidad en el mercado. No obstante, estos inversores sentirán mucho miedo si finalmente las bajadas se reanudan y se unirán a las ventas si esto se produce. Con la caída de la demanda y debido al incremento del desempleo, la situación obligatoriamente debe tener una tendencia poco constructiva a la hora de valorar la posible salida de la crisis. Siendo muy prudente en la valoración, no debemos olvidar a la deflación como un serio problema en Estados Unidos y Europa, donde es más generalizada la tendencia al consumo. La caída de precios puede ser, hasta cierto punto, algo bueno. Pero cuando hablamos de una caída sistematizada de los precios, los ahorradores y las propias empresas pospondrán sus compras al dar tiempo al tiempo, en espera de inferiores precios, en un futuro no muy lejano. Al consumidor le preocupa un posible descenso de sus ingresos, o no quiere adquirir activos cuyo valor intuye que va a bajar. Una menor demanda obliga a su vez a los vendedores a bajar los precios, lo cual nos conduce a un círculo vicioso. Esto se retroalimenta y es muy difícil detenerlo. Una vez se pone en marcha, cuesta volver a generar una confianza en el ahorrador, en el consumidor e incluso en el ámbito empresarial y en los propios bancos. De ahí la vital importancia de la ayuda estatal a todos y cada uno de los segmentos provocadores de la riqueza; o sea, a los trabajadores y los empresarios. La deflación es fundamentalmente difícil para aquellos que están endeudados. No podemos olvidar que sus ingresos podrían empequeñecer, pero no va a ocurrir lo mismo con su deuda. El colapso de los precios de la vivienda en España constituye un excelente ejemplo: millones de propietarios han acabado debiendo más que el propio valor de sus viviendas. Incapaces de vender sus casas por una cuantía suficiente como para cancelar sus deudas, los propietarios que pierden su empleo tampoco pueden adquirir una nueva vivienda. Esa parte de la crisis ha sido muy aguda en España, donde habría que sumar todas y cada una de las connotaciones que esta Crisis Sistemática Global nos ha provocado. Unos
presupuestos de corte social, con el suficiente toque solidario, será una
apreciable ayuda a nuestra sociedad.
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Portada Portadilla
Nº Febrero 2010
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