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CECILIO URGOITI El Muro de Berlín aún está presente
El 9 de noviembre de1989 es una fecha para no olvidar, ya que nos recuerda el cambio de la historia de Alemania, dejando ese día uno de los más importantes impactos en toda la sociedad democrática del mundo. Hace veinte años, el Muro de Berlín cayó para evitar que los ciudadanos de la denominada República Democrática Alemana abandonaran en masa el país. Debe tenerse en cuenta, por consiguiente, la gran paradoja de que la colocación y la caída del Muro sirvieron para lo mismo, puesto que fue levantado el 13 de agosto de 1961 con el certero propósito de evitar la huida de los ciudadanos de la RDA. Entre una fecha y otra, 28 años, hay 267 muertos acribillados al intentar atravesar la línea de 155 kilómetros de planchas de hormigón que en cuestión de escasos metros separaban dos ciudades, dos mundos, dos ideas antagónicas de un único Estado. Hace veinte años, las losas caídas del Muro sepultaron la Tercera Internacional en una fosa que alcanzaba a todos los países del este de Europa. “De inmediato, en el acto”. Fueron las palabras que aceleraron la historia. Eran las 18:53 horas del 9 de noviembre de 1989 cuando, al final de una rutinaria rueda de prensa, el secretario de Agitación y Propaganda del Partido Socialista Unificado (SED) de la RDA, Günter Schabowski, anunciaba como de pasada la aprobación de un decreto que permitía a los ciudadanos de la República Democrática viajar sin limitaciones fuera de sus fronteras. “Según tengo entendido, esto entra en vigor en el acto, de inmediato”, afirmaba un desconcertado Schabowski ante las preguntas de los periodistas mientras repasaba sus notas y el texto que le había entregado una hora antes Egon Krenz, secretario general del SED y máxima autoridad de la RDA. La realidad es que Günter había olvidado leer el documento y salió como mejor pudo ante la pregunta. Schabowski estaba cometiendo un grave error. Con las prisas, Krenz no le había advertido que en realidad el decreto llevaba fecha del día siguiente. De hecho, en un principio estaba programado anunciarlo a las 4 de la madrugada del día 10. Aún no se habían transmitido las órdenes oportunas a la guardia fronteriza, ni se habían puesto en marcha los mecanismos administrativos que los permisos de salida al extranjero requerían. Mientras Schabowski se trasladaba a su casa, desconocedor de la trascendencia de sus palabras, y el Comité Central del SED proseguía la reunión presidida por Krenz, ajeno a lo que estaba sucediendo, los teletipos de las agencias de noticias empezaban a transmitir a todo el mundo la apertura de fronteras de la RDA. “El Muro ha caído”, fue el titular que se fue abriendo paso entre las redacciones, en una imprevisible huida hacia delante de los acontecimientos, pues los más avispados redactores afirmaban que la consecuencia más directa era “el fin de la Guerra Fría”. Miles de berlineses, tanto del este como del oeste, se lanzaron a la calle. Berlín fue aquella noche una fiesta indescriptible. Pasadas las nueve de la noche, desbordados por la multitud, los guardas fronterizos acabaron levantando las barreras y renunciando al obligatorio control de pasaportes. Hileras de “trabis”, el popular coche de la RDA, se agolparon en todas las vías berlinesas del este para cruzar el puente de la Bornholmer Strasse, o atravesar el control de la Invalidenstrasse o el Chekpoint Charlie de la Friedrichtstrasse, los pasos más céntricos de la ciudad. Los “trabis” fueron acogidos al otro lado del Muro con vítores y balanceos, sin espacio apenas para circular. Sonaron los cláxones. La gente no paró de abrazarse y cantar. Desde el sector occidental los más osados se encaramaron al Muro, junto a la simbólica puerta de Brandemburgo. Allí apareció el primer pico. Dispuesto a abrir una brecha en el hormigón y de paso en la historia alemana. Cuando esto ocurría en Alemania, el resto de los países europeos vivían un escepticismo casi generalizado, si bien España sí sintonizó con la euforia de los berlineses y el canciller de la República Federal, Helmut Kohl, recibió el apoyo y el aliento de los españoles de la mano del presidente Felipe González. En honor a la verdad, fue TVE la primera televisión europea que grababa y transmitía a todo el orbe ese acontecimiento de la historia alemana. Las imágenes de la caída del Muro tienen la fuerza de aquellas otras que recogen su construcción. Es imposible contener el llanto ante ambas. En las primeras horas del 13 de agosto de 1961 cientos de soldados, “vopos” (los miembros de la policía popular) y colaboradores de la Stasi (servicio de seguridad del Estado) tendieron alambradas a lo largo de los 155Km. del perímetro de Berlín-oeste, de los cuales 43´1 correspondían a la línea de separación entre las dos partes de la ciudad. Cortaron calles, tapiaron ventanas y volaron casas. Familias enteras se vieron separadas y obligadas a vivir viéndose, pero sin tocarse. Sobre estas tragedias personales el Muro continuó su fortificación: fue reforzado cuatro veces y llegó a tener 302 torres de vigilancia, 20 búnkers, 259 zonas controladas por perros y miles de proyectores, tantos como personas trataron de huir a través de túneles, dobles fondos en maleteros de coches, reducidos submarinos de construcción casera, globos y otros imaginativos sistemas. Al menos 267 personas murieron al intentar atravesar el Muro, pero el total de víctimas llega a 949 si se cuentan los fugitivos que fueron abatidos a lo largo de los 1.400 kilómetros de la frontera interalemana. La celebración de la caída duró hasta bien entrada la madrugada, con el regreso a sus casas de muchos berlineses orientales que habían pasado unas horas en el centro occidental, en el admirado y caro Boulevard de la Ku’damm. Todo el mundo se había ido con lo puesto y al día siguiente tenía que trabajar. La medida aprobada por la RDA había logrado en última instancia su principal objeto: detener la hemorragia de la fuga de sus ciudadanos, unas 4.000 personas por día desde que unos meses atrás Hungría había perforado el telón de acero con la apertura de su frontera con Austria. La RDA evitaba así una huida masiva de su población, pero al precio de su propia desaparición como Estado. La vertiginosa evolución de los hechos de aquella noche resultó irreversible. La cuestión de la unidad alemana estaba de pronto sobre la mesa. En las manifestaciones de los últimos meses, los germano-orientales habían pasado del lema “nosotros somos el pueblo” a “nosotros somos un pueblo”, y la compleja reunificación de los dos países se realizaría en menos de un año. El 3 de octubre de 1990, el territorio de la RDA se integraba en la República Federal. “Nosotros éramos el pueblo” es la pancarta gigantesca que colgaba hace diez años de un alto edificio de las Alexander Platz, el centro de lo que era Berlín-este. Aquí fue donde miles de personas se manifestaron para pedir la reforma y la reunificación. ¿Quién derribó el Muro? De hecho, nadie. Durante años, fue occidente el que lo mantuvo en pie. Creímos que era la clave del equilibrio este-oeste, y que ese equilibrio era “sacrosanto”. Sin embargo, el Kremlin sabía que una guerra nuclear era suicida y que un conflicto convencional lo tenía perdido de antemano. La élite de su ejército, estacionada en la RDA, contaba con un material desastroso. Ellos lo sabían y nosotros no queríamos darnos cuenta (recuerdo haber visto a menudo, abandonados en la cuneta, sus camiones y tanques, en espera de que vinieran a repararlos o a llevárselos porque no tenían arreglo). Aquel noviembre de 1989 ocurrió lo mismo que cuando Hungría abrió su frontera. Cientos de alemanes orientales, que veraneaban allí, aprovecharon la oportunidad que se les brindaba para no regresar al país que se les impuso con el levantamiento del Muro. Los que pudieron, abarrotaron las embajadas de la RFA en Praga y en Varsovia. La RDA se vio forzada a cerrar su frontera checa, lo que creó una situación insostenible. El país quedo asfixiado, bloqueado. Todas las demás fronteras estaban cerradas, incluso la de Polonia. La presión fue tal que a los pocos días la volvieron a abrir. Hay que tener en cuenta que el régimen de la RDA, perdida toda su legitimidad, no supo enfrentarse a las dos revoluciones que se produjeron ese verano: una, del pueblo contra el partido, sintetizada en la pancarta “Wir sind das Volk” (nosotros somos el pueblo); y otra, de las bases del partido contra su propia cúpula. El Muro cayó por si solo y el mundo vio que la estructura del poder que lo sostenía desde 1962 había desaparecido. Sin embargo, veinte años después, ese muro existe todavía: una pared de incomprensión y de resentimiento, invisible pero real, que ya presentían los grafittis que abigarraban el hormigón, vendido luego en trozos a los turistas. Basta uno de muestra: “El muro más despreciable es el que construimos alrededor de cada uno de nosotros”. Aunque la lección sigue siendo válida hoy: miles de berlineses se lanzaron a la calle hasta lograr que, desbordados por la multitud, los guardias fronterizos acabasen levantando las barreras. Esta es la
historia de un Muro de la Vergüenza y de cómo cayó. Y este es un
presente en el que sigue habiendo división entre unos ciudadanos de primera
y otros de segunda. También a lo largo del mundo, y con las mismas
vergüenzas al descubierto, hay muros que oprimen la dignidad de las personas
y de los pueblos, muros donde tienen que sonar aún las campanas de la
libertad. |
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Portadilla Nº Febrero 2010
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