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MOHAMED ABDELKEFI ¿Dónde está
España? ¡En efecto! ¿Dónde está la España que conocí? ¿Aquella España de la segunda mitad de los años setenta y ochenta? No paro de hacerme esta pregunta sin encontrarle una buena respuesta. Porque miro a mi alrededor y no encuentro lo que me entusiasmó en aquellos tiempos y me llenó de expectación, curiosidad y admiración. Sabía que estaba en un país con un pasado glorioso, que fue un imperio donde no se ponía el sol, mosaico de riquezas materiales, espirituales y culturales, fruto de varias civilizaciones que se desarrollaron encima de su fértil tierra, que engendró hijos ilustres que en todas las épocas, –romana, visigoda, islámica y contemporánea– habían dejado gloriosas huellas en todos los campos: del descubrimiento, de la creación, de la cultura y también de las guerras, incluidos los golpes de Estado y los desórdenes de toda índole. Sabía también que estaba en un país herido y dolido de una de las más cruentas guerras civiles, que había terminado con una dictadura difícil y larga. Pero me encontraba, a pesar de todo lo positivo y negativo, en una sociedad, unos pueblos llenos de esperanzas, atentos a todo lo que ocurría a su alrededor, armados con una voluntad de cambio, de salida del túnel, de respirar aire nuevo, limpio de cualquier extremismo, revanchismo o violencia, para empezar a construir un futuro lleno de libertad, justicia y fraternidad, a fin de re-ocupar su digno asiento en el concierto de las naciones. Todo esto y mucho más se leía en los ojos de todos, se tocaba en los aspectos de todos, y se reflejaba en la actitud de todos, especialmente de la juventud. El país vivía una fase de su historia poco alegre, pero llena de movimientos silenciosos y con mucha expectación. Por donde me llevaban mis pasos, en los autobuses o en el tren, me encontraba con la prueba de que todos los españoles estaban atentos, en alerta continua, preparándose a lo que se presentía que iba a ser el desenlace de una pesadilla de más de un siglo de duración. En las universidades, nidos y centros de acción, las y los estudiantes discutían, comentaban y escribían octavillas para luego repartirlas clandestina o casi clandestinamente. Otros cantaban a la libertad. Los profesores, algunos de ellos clara y francamente, trazaban líneas de acción, programas de futuro, fundaban publicaciones con el afán de enseñar el camino a emprender, el lenguaje a usar y, sobre todo, a saber dialogar. Por donde iba a través del amplio territorio español no escuchaba ni veía más que esperanza, decisión, voluntad y atención. Hasta dentro de los cuarteles, jóvenes oficiales y tropa se formaban en grupitos inquietos y con ganas de participar en la marcha popular. En cuanto a los periodistas, casi todos siguieron el camino de los ciudadanos y algunos cumplieron misiones difíciles y arriesgadas; cito sólo dos porque viajaron a mejor mundo: José Antonio Nováis y José Mario Armero. Todo aquello me parecía, como en las películas, similar a un gran ejército en el campo de batalla, listo, nervioso, preparado al ataque. Un ejército de casi cuarenta millones de alistados que no esperaban más que el grito de su general para empezar su marcha, su avance, su ataque. No tardó aquel grito en llegar. Era un grito sin palabras, silencioso, pero que los pueblos españoles oyeron y, como un solo hombre, se pusieron en marcha hacia lo que anhelaban, hacia la libertad, el derecho, la fraternidad, la convivencia; hacia la paz y el trabajo, que iba a ser largo y duro pero necesario y obligatorio para alcanzar el concierto de las naciones dentro del progreso y la prosperidad, pero con dignidad. Estoy recordando aquellos días de tensión y acción, de voluntad y esperanza seguidos por otros de construcción y edificación. Y todo con esfuerzo unánime y colectivo, porque cada persona quería y anhelaba lo mismo: reedificar en unión, convivencia y paz. Recuerdo aquello porque, mirando a mi alrededor estos días, no encuentro más que lo contrario de lo que se grabó en mi mente de aquellos históricos momentos: hoy encuentro la desunión, la discordia, la ausencia de diálogo, las peleas verbales, la defensa del interés propio o partidario antes del interés general. Y todo esto, que no es todo, está coronado por una negligencia, desidia, dejadez casi generalizada de parte de los ciudadanos. Cuando pregunto el por qué, recibo una respuesta más dolorosa y desoladora que la situación misma: todos son iguales. Entonces echo de menos a un príncipe en acción, determinado a salir del conservadurismo, a devolver al pueblo sus derechos y su soberanía. Al no poder realizar sus planes solo, trajo y supo traer al adecuado timonel (Adolfo Suárez) para hacer navegar el barco y hacerle cruzar la borrasca, la fuerte tempestad hasta amarrar en el puerto de salvación; y lo hizo a pesar de las dificultades, de algunos reticentes y a costa de su salud. Echo de menos a un Fraga (derecha) y a un Carrillo (izquierda) avanzando mano a mano para sellar el ataúd del pasado en el Club Siglo XXI. Echo de menos a un Nicolás Redondo (UGT) y a un Marcelino Camacho (CC.OO.) cogiendo por las manos a un Carlos Ferrer Salat (CEOE) para sostener al Gobierno y hacer frente, juntos, a la crisis económica, la larga sequía y el alza del precio de los carburantes. Echo de menos a un Tierno Galván que prefirió ¨disolverse¨ en otro partido que enfrentarse con él. Echo de menos a un Ruiz Giménez, a un Solé Tura, a un Roca, a un Peces Barba y a tantos otros que, con realismo y racionalismo pusieron al interés del país por encima de todo y realizaron, así, lo que quedó como ejemplar en los anales de la historia. Echo de menos aquella preocupación unánime e interés generalizado por todo lo que necesitaba España. Echo de menos aquella disciplina, paciencia y determinación que vi en las caras de casi un millón de personas en la inolvidable marcha cívica de Atocha, con todos los que acabo de mencionar arriba y otros más en la cabecera de dicha manifestación. Echo de menos lo mucho que tuve la ocasión –la suerte diría yo– de vivir y constatar. Despierta esta casi nostalgia hacia aquellos gloriosos e históricos tiempos la triste desilusión que viven España y los españoles, y el aspecto poco prometedor que ofrecen sus así llamados representantes. Pero lo que me deja realmente perplejo, espero que en esto esté equivocado, es que veo el fantasma de las dos Españas, enterrado en el Club Siglo XXI y otros lugares de la época que recordaba anteriormente, que empieza a mostrar sus diabólicos manejos. En realidad, no debería extrañarme ni asustarme hoy, puesto que mucho tiempo atrás lo había previsto, o por lo menos intuido su posible aparición. Fue cuando, bajo dictámenes más importados que nacionales, se emplearon todos los medios, incluida la ley electoral, para apartar o por lo menos paralizar a la mayoría de los partidos, borrar del mapa político todo pluralismo real y efectivo, y consagrar –para hacer como los otros– el sistema del bipartidismo. Si por alguna razón no se consigue eliminar a los concurrentes, bastaría dejarlos reducidos, vegetando alrededor sin representar ningún peligro a la bicefalia. El resultado está a la vista: duelos continuos entre dos protagonistas cuyas acciones y discursos parten y terminan en el resultado de las elecciones o en el de la intención de voto. ¿Sería cierto el dicho de un gobernante que existe también la dictadura de los partidos? No lo sé. Pero si sé esto: como sois, seréis gobernados. La clave, la salvación, el cambio está entonces en manos de los ciudadanos, de los votantes, de los contribuyentes. Sólo con un papelito –o quizás sin ello, es decir, con su abstención– pueden cambiar el panorama, rectificar el rumbo, sanear los ánimos y devolver a su país aquella fama, aquella extraordinaria reputación conseguida con la sinceridad, el realismo, el racionalismo y dejar el interés personal, individual, por detrás del general, del nacional, porque el primero está incluido en el segundo. Estoy seguro, según mi experiencia anterior y basándome en lo ya expresado arriba, que se puede salir del desvío y tomar el buen camino. Porque cuando el pueblo está despierto y quiere vivir, es capaz de todo; porque bastaría saber que la voluntad del pueblo emana de la voluntad del Señor. Escuché hace poco, en una de tantas emisoras de radio que sigo diariamente, un oyente participando en el programa que se emitía. Recuerdo lo que dijo: “El pueblo no es tonto; pero no queremos peleas ni guerra; queremos vivir en paz”. Esas pocas palabras demuestran, a quien no cree, que el pueblo está enterado de todo y sabe dónde están los errores y los que los cometen; por eso hay esperanza si el pueblo de verdad la quisiera y se decidiera a mejorar. ¿Tendría razón
en mi optimismo o es que tendría que seguir buscando… dónde está España?
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