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SALVADOR BEL CARALT


Londres, quién te ha visto y quién te ve

El autor del artículo, en el Londres de hace 42 años

A raíz de los violentos disturbios acaecidos en Londres en las últimas fechas, con un balance de 5 muertos, 1.600 detenidos y cuantiosos daños materiales, se nos ponen los pelos de punta. Parece que finalmente tanto Scotland Yard como el Gobierno del primer ministro David Cameron tienen bajo control la situación. Ante este cúmulo de desastres, vienen a mi mente episodios mucho más agradables de mi estancia en la capital británica. 

Corría la primavera de 1.969, tenía yo 21 años recién cumplidos y estaba en caja: debía incorporarme al servicio militar aquel mismo año, por lo que tuve que solicitar un permiso especial en el Gobierno Militar de Barcelona y firmar una declaración jurada de que iba a regresar a tiempo a España para cumplir los deberes con mi patria. Y evidentemente cumplí. Cuando regresé me mandaron primero a Almería, al campamento Álvarez de Sotomayor para realizar la instrucción, y después al África, a Melilla concretamente. No me mandaron ni a buenos ni a malos, sino a regulares, Regulares de Alhucemas nº 5. Pero está sería otra historia, volvamos a Londres y permítanme este nostálgico “divertimento” veraniego. 

Fui a Londres no como turista, sino a laborar. Por aquel entonces trabajaba en la industria del cine español como técnico, ayudante de cámara concretamente. Estábamos rodando una película en los estudios Balcázar de Barcelona, cuyo título provisional era “Rito en la oscuridad”. Nunca supe el nombre final de la película, ni si se llegó a estrenar. El director era un tal José Ramón Larraz, a quien no volví a ver más, y sólo supe que años después realizó algún que otro film en Madrid. El director de fotografía era Julio Pérez de Rozas, miembro de una saga de fotógrafos catalanes y colaboradores especialmente de La Vanguardia

Los exteriores de la película debían rodarse en Londres, ya que la acción transcurría en un antiguo caserón en la campiña inglesa, y allí que fuimos. Evidentemente entramos como turistas, ya que no teníamos permiso de trabajo. Las secuencias principales debían rodarse en un parque londinense, pero al no tener permiso debimos buscar un bello paraje, a ochenta kilómetros de la capital. Era una verde campiña, con prados y frondosos árboles y un pequeño lago en el centro. La secuencia principal era una bella señorita, totalmente desnuda, corriendo delante de un sádico que la perseguía con un cuchillo de grandes dimensiones. Finalmente la atrapaba, la recostaba en un sauce llorón inclinado en el lago y la fornicaba con fruición, mientras le iba asestando cuchilladas hasta matarla. Esto, en sí mismo, no era una secuencia complicada, pero como estábamos sin permiso cada vez que venía un “bobby”, normalmente en bicicleta, tapábamos a la chica con una gabardina, escondíamos el cuchillo y la cámara debajo de un mantel que teníamos preparado y fingíamos estar haciendo picnic. Menos mal que la esposa del director era inglesa y se entendía de maravilla con el agente, haciéndonos pasar por unos turistas españoles que disfrutaban de la campiña inglesa. 

Después de esto rodamos más secuencias en Londres, con gente vestida y dentro de automóviles. Pero eso sí, siempre escondiendo la cámara. Estábamos hospedados en el Majestic Hotel de Cromwell Road, en el distrito de Kensington, cerca de la zona residencial de Chelsea y del palacio de Kensington, que andando el tiempo sería la residencia oficial de Diana, la princesa de Gales. 

El rodaje de los exteriores de la película duró cuatro semanas, de lunes a viernes, por lo que tuvimos cuatro fines de semana para hacer turismo. Lo primero que me sorprendió fue el metro, Underground lo llaman allí, que circula a mucha profundidad. Era impresionante ver lo abigarrado y heterogéneo de sus pasajeros. Podías encontrar un auténtico lord inglés con bombín y paraguas, al lado de un hindú con su barba y turbante, y más allá un paquistaní o un zulú. Todos en franca armonía, nadie se preocupaba del vecino. Es más, llamábamos más la atención nosotros cuando nos oían hablar en español. Visitamos museos, vimos plazas como Trafalgar Square o Picadilly Circus, y siempre observamos una corrección exquisita en el comportamiento de los ciudadanos londinenses. Es más, en cuanto ponías el pie en un paso de cebra los automóviles te cedían el paso. Y en los “pubs”, donde aún existía en aquella época la prohibición de beber alcohol a según qué horas, la urbanidad era total: salían tostados, pero sin escándalos ni algarabías (vamos, todo lo contrario de la que organizan cada año en la Costa Brava catalana los jóvenes británicos que nos visitan). En resumen, que me llevé un buen recuerdo de la ciudad y de sus habitantes, por eso me han sorprendido los acontecimientos de estos días. 

La película llegó a su fin y tuve que regresar a España para incorporarme a filas. Hubiera preferido salir de la estación Victoria, vestido de oficial inglés, y dirigirme a cualquiera de las colonias del imperio británico, pero mi tren salía de la estación de Francia de Barcelona, su destino era Almería y yo todavía iba vestido de civil y con el petate a cuestas, un adminículo que muchos jóvenes de hoy en día no saben ni lo que es. En el andén, para despedirme, mi novia y mi mejor amigo. Cuarenta y dos años después, ella sigue siendo mi esposa y él mi mejor amigo. 18 agosto 2011   

 


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