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FRANCISCO VAÑÓ FERRE, PRIMER DIPUTADO ESPAÑOL EN SILLA DE RUEDAS Y AUTOR DEL LIBRO PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

“La sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de tanta gente válida”

Para Vañó, “la sociedad está en deuda con nosotros, y hay que recordárselo continuamente para que no se olvide de ello” (foto: A. Alejandre)

“No hay nadie que valga para todo, y todos valemos para algo”

Portada del libro “Perdonen que no me levante”, del que es autor el entrevistado


Por ANGELINO ALEJANDRE

Estábamos citados en su despacho del Congreso veinticuatro horas después de la presentación de su libro. Era previsible que nuestro entrevistado tuviese una agenda un tanto apretada por ese motivo, así que creía ir mentalizado para exprimir al máximo el poco tiempo disponible con un cuestionario breve e intenso, que adaptaría sobre la marcha al fluir de la conversación. Llegó puntual y sonriente a la cita. Nos saludamos, contentos de volver a vernos. Empecé a fotografiarle mientras firmaba la dedicatoria de cuatro libros, uno de ellos para José Ignacio Echániz, el recién estrenado consejero de Sanidad y Asuntos Sociales de Castilla-La Mancha bajo la presidencia de María Dolores Cospedal, atendía a Borja, joven y eficaz asistente que también se mueve en silla de ruedas, y efectuaba o atendía unas cuantas llamadas urgentes. Mientras se dedicaba a la multitarea, no pude evitar acordarme del título de una estupenda película dirigida por John Ford y protagonizada por Maureen O’Hara y John Wayne, “El hombre tranquilo”: donde otros se acelerarían sin remedio, Francisco Vañó mantenía imperturbable la calma mientras no dejaba de hacer una cosa tras otra, todas bajo control y en perfecto estado de revista. 

Cuando por fin terminó con lo urgente e íbamos a comenzar “lo importante”, me advirtió –también sin despeinarse– que tendríamos que trabajar con alguna premura, porque estaba pendiente de una llamada de la Cope, para entrar en directo en el programa, como así sucedió media hora después, y le esperaban para comer en Toledo, su circunscripción y la ciudad de la que fue hace unos años teniente de alcalde y concejal de Movilidad desde su silla de ruedas, con competencias y mando en plaza en tráfico, transporte público, accesibilidad y seguridad ciudadana (esto es, policía local, bomberos y protección civil). 

Y, sin embargo, pese a la implacable presión del cronómetro, la que sigue ha sido la entrevista más relajada y divertida que he mantenido en más de treinta años como periodista, con continuos guiños de complicidad, juegos de palabras, buen humor a raudales y frecuentes carcajadas compartidas. Un “crack”, este Vañó…  

PREGUNTA.– Perdone mi perplejidad, pero yo venía a entrevistar a todo un señor diputado que acaba de publicar un libro y, sin embargo, leo en la portada que usted firma la obra como Paco Vañó… 

RESPUESTA.– Tiene su explicación, y es que soy el autor de un libro que quiere acercarse a la gente con la intención declarada de tratar de desmitificar la discapacidad, de acercar al público la figura –quizás un tanto chocante aún– de una persona que se mueve en silla de ruedas. Me pareció que Paco era mucho más cercano y coloquial que Francisco para empezar a intimar con mis lectores. 

P.–  Con silla de ruedas y todo, no sólo ha respondido usted a mi primera pregunta sino que se ha anticipado también a la siguiente cuestión que pensaba formularle. Conocida ya cuál era su intención al escribir este libro, ¿podría explicarnos la clave del mismo? 

R.– Pues la clave del libro, y disculpe si me acelero más de la cuenta (y lo dice con sonrisa pícara), es la silla de ruedas. La silla de ruedas como símbolo de mi propia rehabilitación: tras el accidente de coche que sufrí con 21 años, y que cuento en el propio libro, conseguí sacármela de la cabeza y ponerla en el culo, con perdón de la expresión.  

P.– ¿La silla como símbolo...?  

R.– Yo tengo una notoria deficiencia, y es que no puedo caminar. Esta deficiencia se palía y se compensa con una silla de ruedas. Si por ejemplo usted tiene dificultades para oír bien, seguramente necesitará uno o quizás dos audífonos para desenvolverse. Por supuesto, eso no le va a solucionar el problema, que va a seguir estando ahí, pero le va a mejorar la audición y con ello le va a facilitar la vida. 

La silla o el audífono no es un enemigo, sino una ayuda técnica. Pero uno tiene que elaborar su relación con ese aparato, lo que supone un esfuerzo y conlleva un proceso. No darle preponderancia en la vida lleva su tiempo. Pero llega un momento en que lo ves claro: es una ayuda valiosa, pero no es el centro de mi vida.  

P.– ¿Y cuál es, entonces, el centro de su vida? 

R.– Como el resto de los seres humanos: disfrutar la vida, salir adelante, tener paz y alegría... 

P.– ¿A qué público se dirige con este libro, a la sociedad que le rodea o a las personas con alguna discapacidad?  

R.– Las anécdotas y experiencias que he volcado en este libro tienen un doble propósito: ayudar a otras personas a asumir de la mejor manera posible su propia discapacidad, y mostrar a la sociedad que no somos unos bichos raros, porque somos capaces de tomarnos las cosas como vienen y hasta con buen humor. El libro es una especie de “manual de instrucciones” para afrontar de modo natural la discapacidad. Por parte de todos. 

Lo que trato de decir, a partir de mis propias vivencias y las aportadas por mis amigos, es que uno es frágil y está expuesto a sufrir un accidente en el momento más inopinado. Y este hecho fortuito te obliga a cambiar. La primera reacción es de negación, pero no te queda más remedio que asumir la realidad. Luego te hundes, se te viene el mundo encima. Pero también se sale de ahí y te activas de nuevo. Se trata de explotar las capacidades residuales que tenemos y que ahora necesitamos, completamente ignotas hasta ese momento. 

Luego vuelves a la sociedad y te percatas que no es mala, al contrario. Simplemente, a las personas no nos preocupa lo que no nos afecta. Ignoramos que haya un determinado problema y nos quedamos tan tranquilos. Por eso es necesaria una proyección social de la discapacidad, para que la sociedad tome conciencia de su existencia. Y hacerlo de una manera positiva, que es como mejor se consigue que los demás nos perciban y nos hagan caso. Se trata de proyectar una imagen de normalidad y, a la vez, normalizar la situación. 

Lo cierto es que hemos irrumpido en los diversos ámbitos sociales. Ahora, en la calle, no me escrutan al pasar, como sucedía antes. Ya formamos parte del paisaje y ese es un buen síntoma. 

P.– ¿Qué pueden aportar a la sociedad las personas con discapacidad? ¿Ejemplo, coraje, disciplina, constancia, creatividad, superación...? 

R.– La sociedad española no puede permitirse el lujo de prescindir de tanta gente válida. No puede desaprovechar esa inmensa fuerza laboral, ese potencial enorme, ese empuje, esa capacidad, ese sentido del humor… 

Estamos hablando de cerca de cuatro millones de personas, que se dice pronto. Vamos a buscar el hueco de cada uno, que no es tan difícil si todos ponemos buena voluntad y el empeño necesario. 

Yo siempre digo que no hay nadie que valga para todo, y que todos valemos para algo. Como cualquiera tiene sus propias limitaciones y barreras, porque no somos perfectos, acostumbro a decir que están las personas “normales” y las “extraordinarias” (risa cómplice).  

P.– Sin embargo, con la crisis, corren malos tiempos para la lírica. Por lo que vamos viendo en los ayuntamientos y las comunidades autónomas salidos de los comicios de mayo, donde gobierna ampliamente el Partido Popular, todo son sustos y anuncios de drásticos recortes. CiU, como gobierna la Generalitat de Cataluña desde meses antes, ha iniciado ya la poda de servicios sanitarios y asistenciales. Y en medio de este panorama inquietante, tenemos unas elecciones generales a la vuelta de la esquina que los sondeos vaticinan favorables al señor Rajoy. ¿Qué va a suceder el día después? 

R.– Mucha labor de atención depende de los presupuestos públicos. Y éstos, a su vez, del tipo de Administración y de cómo se ejecuten. Es verdad que la crisis, con su extensión, profundidad y persistencia, nos está poniendo a todos los niveles las cosas muy, muy difíciles. Sin duda, comprendo el temor de que se resientan también los capítulos sociales. En medio de esta situación, con continuos vaivenes y numerosas incertidumbres, resulta imposible predecir cómo va a evolucionar la economía y con ella los presupuestos. Pero estoy seguro de que no le va a afectar a los más débiles. De lo que tengo absoluta confianza y seguridad es de la sensibilidad del Partido Popular con los más indefensos: si claramente ha demostrado algo en este ámbito, es la vocación de compensar a los que tienen más necesidades y más perentorias. 

Confío en el buen sentido de los dirigentes de mi partido y en su manera de afrontar la crisis, procurando que sus efectos no penalicen todavía más a las personas con discapacidad. 

Por las palabras y la seria expresión del semblante del diputado Vañó, que la legislatura ahora concluida ha sido portavoz del PP en la Comisión de Discapacidad y vocal de las Comisiones de Trabajo y Asuntos Sociales y de Sanidad y Consumo del Congreso, las tiene todas consigo en este peliagudo tema y, además, está dispuesto a dar todas las batallas que hagan falta, grandes y pequeñas, a favor de que impere la sensatez en la toma de decisiones que afecten a la población discapacitada y sus familias.  

P.– Lo que parece probable, al menos a corto plazo, es que la crisis hará más difícil la consecución de nuevos logros. ¿Cómo evitar quedarse estancados, con todo lo que hay por hacer, y seguir avanzando en una situación tan adversa? 

R.– Pues me parece que estamos obligados a escoger las batallas más fáciles, para que no nos detengamos y sigan cambiando cosas que, a su vez, nos permitan afrontar nuevas metas en mejores condiciones. Hay que plantearse objetivos realistas, que sean factibles. Creo que este es el proceso lógico, incluso en ausencia de crisis. 

Me estoy refiriendo, por ejemplo, a favorecer la integración y la normalización en la legislación. Hay cuestiones que no cuestan dinero, que no dependen de los presupuestos. Que son cuestiones de sensibilidad, de voluntad política, de echarle imaginación, de elaborar y tener presentes unos criterios que favorezcan la accesibilidad universal…

Eso sí: manteniendo vivos los oportunos capítulos presupuestarios en las instituciones, porque no podemos conformarnos únicamente con esa infinidad de cosas “que no tienen precio” (ríe).  

P.– ¿Y no se corre el riesgo de ser demasiado antipático, demasiado…? 

R.– Sí, pedigüeño (me interrumpe, enérgico, anticipándose a mi pensamiento). Sí, se nos debe mucho. La sociedad está en deuda con nosotros, y hay que recordárselo continuamente para que no se olvide de ello. Puede parecer antipático, sí, pero tiene que responder de la única forma posible a nuestros esfuerzos personales y colectivos por integrarnos socialmente: integrándonos.  

P.– Volviendo a su libro, cuyos beneficios se destinarán a la Fundación del Hospital de Parapléjicos de Toledo, y por tanto podemos publicitar abiertamente y hasta recomendar sin ambages a nuestros amables lectores, está construido como una divertida sucesión de anécdotas que lo hacen muy entretenido y didáctico... 

R.– Hombre, le agradezco mucho lo que me dice, porque toda promoción del libro siempre será poca (ríe divertido). 

Veamos. ¿Por qué las “pelis” que a todos nos gustan son las que acaban bien? O sea, el bueno vence al malísimo y mientras tanto la chica se enamora del chico y todo termina de maravilla. No sé exactamente cuál es el motivo, pero así funcionan las cosas. Y claro, no nos vamos a montar una película de ésas cuando queremos abordar un tema que se sale de ese esquema.  

¿Entonces, cómo lo contamos? Pues con humor. Porque el humor sirve, como en la vida misma, para digerir situaciones. Con el humor es más agradable entrar. Y había que entrar. Porque la discapacidad no es que tenga “mala prensa”, lo que tiene es “poca prensa”.  

P.– ¿Alguna anécdota en especial? 

R.Quizás la que seleccionó Alfonso Ussía en la presentación que hicimos ayer aquí, en el Congreso. Estoy con mi mujer en un restaurante y el camarero, muy amablemente y muy profesional, le pregunta primero a ella qué va a querer. Cuando termina de tomarle nota, el hombre vuelve a dirigírsele para saber lo que voy a pedir yo. Entonces, mi mujer le contesta que me lo pregunte a mí, porque además de saber mejor que ella lo que me apetecía en ese momento, lo podía expresar perfectamente y sin intérprete (no puede evitar reírse una vez más de la situación). 

 Esta anécdota representa toda una evolución, porque anda que antes pasaba cada cosa... (en efecto, vuelve a reírse de forma contagiosa). Demuestra que ahora nos movemos, salimos, hacemos vida social, pero hay quien todavía hoy se queda bloqueado al vernos y no sabe muy bien cómo tratarnos.  Nada que no pueda solucionarse con buena voluntad y entrenamiento.  

P.– Lo que está claro es que, pase lo que pase, usted no piensa levantarse de su asiento. Lo digo por el título que le ha puesto al libro… 

R.– Es un título que va en la línea de lo que estamos hablando. Ante la cara de póker de algún que otro interlocutor, que no sabe muy bien qué hacer ante mi presencia, trato de romper el hielo con esta ocurrencia o con cualquier otra que venga a cuento. Lo que intento es que se dirijan a mí, no a la silla que llevo...  

P.– Como usted tuvo un accidente, conoce las dos situaciones: la vida anterior... 

R.– La vida “ordinaria”...

(¡Jajaja, es imposible no estallar al unísono en una carcajada ante la ocurrencia y el doble sentido de la palabra, pronunciada con énfasis teatral!).  

P.– En fin, la vida anterior decía, con salud y feliz despreocupación por lo que ésta representa, y la vida limitada físicamente pero con plena consciencia del valor que tienen las cosas, incluso las que aparentemente carecen de importancia, como una brisa, un aroma...  

R.– Que conste que prefiero la otra (reímos). Pero, vamos... Se trata de afrontar la vida que uno tiene en clave de presente, ser capaz de aprovecharla y disfrutarla pese a las limitaciones que se tengan, y de aprender a vencer las dificultades según nos vayan saliendo al paso. Sí, la actitud debe ser afrontar y vencer.  

P.– ¿Qué importancia tiene para usted la cuestión de la visibilidad? 

R.– Definitiva. En el periodismo, en la política, en la universidad, en la empresa, en el teatro… En todos los ámbitos, en todos sin excepción, es preciso que se nos vea a gente con distintas discapacidades haciendo vida normal.

P.– ¿Qué se consigue con ello? 

R.– Que la sociedad se acostumbre a ver que, con la ayuda adecuada, conseguimos desenvolvernos con la mayor normalidad. Así ya no nos considerarán como a gente rara. Haciéndonos presentes y visibles, conseguimos mostrar que somos personas exactamente como las demás, con la única y exclusiva particularidad de la discapacidad concreta que se tenga. 

Como todos barremos un poco para casa cuando podemos y nos dejan, le diré que el PP es la formación política que más cargos públicos con discapacidad tiene, aunque también es verdad que somos un partido con mayor amplitud y respaldo que otras siglas igual de respetables. Esto transmite un mensaje de progresiva normalidad que me llena de satisfacción. Sobre todo, porque uno sabe lo que cuesta abrir brecha al principio. “Ficharme a mí, no a mi silla de ruedas”, o “somos personas, no discapacidad”, tuve que insistir para que contasen conmigo por derecho propio.  

P.– Para la inminente legislatura, supongo que repetirá… 

R.– Si suspendo, sí; pero si apruebo no pienso repetir. ¡Ah!, perdone, ¿se refiere a repetir de diputado…? (risas, una vez más).  

P.– De acuerdo, aún no lo sabe o no quiere anunciarlo todavía. Pero se lo pregunto porque me parece una cuestión importante, que va más allá de lo personal. Para que progrese una causa larga y dificultosa se necesita siempre savia nueva, gente que le aporte constantemente nuevo impulso, pero tampoco puede prescindirse de gente que aporte conocimiento y experiencia, como usted… 

R.– Está comprobado que para saber desenvolverse con eficacia en cualquier terreno de la vida hacen falta mundología, vivencias... Y todo esto cuesta su tiempo y su esfuerzo, no es cosa de un par de días. Pero cuando por fin lo tienes, cuando has conseguido aprender algo que resulte valioso, a base de tropiezos y de volver a intentarlo de nuevo, entonces te das cuenta de que te has convertido en una persona de edad provecta y de que eso, como la paraplejia, tampoco tiene remedio (risas).  

P.– Pero con su edad se tiene cuerda para rato y seguro que multitud de proyectos que tiran de uno… 

R.– Sí, eso es muy cierto. Cuando me accidenté, el pronóstico de vida que entonces me dieron, lo que era el promedio de supervivencia con una paraplejia allá por 1971, fueron diez años escasos. Llevo cuarenta años en silla de ruedas y aquí me tiene, contra todo pronóstico, más vivo y más motivado cada día que pasa. 

P.– Es increíble lo que han avanzado los conocimientos, las terapias y la tecnología en este corto lapso de tiempo, para prolongar de esta forma tan impensable la expectativas y la calidad de vida en multitud de afecciones. Pero también tendrá algo que ver el carácter de la persona, su empatía y capacidad de encaje... 

R.– El contacto con la gente, el hecho de ser sociable, ayuda muchísimo. A quien es de carácter introvertido le cuesta, pero una persona necesita exteriorizar la energía que lleva dentro para que ésta no acabe dañándole. Por eso aconsejo a quien le cuesta, porque es introvertido, que haga un esfuerzo y lo intente de cuando en cuando. Cuesta, pero hablar las cosas supone un verdadero alivio. No queda otra opción que superar las propias limitaciones a base de vivir. 

Ayer tuve la satisfacción de juntar a más de 250 personas en la presentación del libro. No cabía un alfiler y muchas personas debieron permanecer de pié. Junté a una de las mejores colecciones de amigos del mundo, y por ello me siento agradecido y feliz. 6 octubre 2011  

Vañó, un “hombre tranquilo” en plena multitarea (foto: A. Alejandre)

 


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